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    jueves 18 de julio de 2024

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    Haciendo boca

    Donald Trump tiene todo lo que el Pit-Cnt puede soñar en un presidente: es antiglobalización, cree en el proteccionismo económico como solución a la mayoría de los problemas, maneja las conferencias de prensa como Chávez o Correa, razona como Maduro, tuitea desenfrenadamente como Cristina, y probablemente termine siendo destituido mediante un impeachment como Dilma. Si llega a cortarse un dedo, se cuelga un collar de ajos mientras asegura que la homosexualidad y la calvicie son el resultado de comer pollos con hormonas; declara que el tabaco mata mucho más gente en el mundo que cualquier guerra que pueda desatar, y enarbola discursos baratos de Facebook contra el consumismo en la ONU, al tiempo que él mismo se transforma en un objeto de consumo mundial. Sería el resumen completo de todos los presidentes de la izquierda latinoamericana del siglo XXI. Ninguna de estas proezas parece imposible para Trump. Puede ser que estemos ante el presidente de Estados Unidos más latinoamericanista de la historia. Qué pena que Galeano no lo haya podido ver.

    Volviendo al origen del planteo —Trump y su conexión ideológica con el Pit-Cnt—, es absurdamente asombroso lo parecido que leen la realidad ambas entidades (Donald Trump es un ente, sin discusión), lo entrelazados que están sus discursos esencialmente voluntaristas y la confianza infantil que tienen en Rusia, casi por reflejo, la promesa del paraíso terrenal en forma de fábricas que vuelven a EEUU la fobia a los tratados de libre comercio, la declamación contra Wall Street, la satanización de los medios de comunicación masivos tradicionales con el correspondiente entronamiento como el Enemigo que envenena al pueblo tergiversando la realidad en favor de intereses corporativos (que no son los suyos), y su discurso descalificativo ambivalente hacia esos medios: los denosta al tiempo que les atribuye propiedades casi mágicas en el impacto que producen sobre la conciencia del soberano, y en simultáneo él es el primero que no puede parar de leer la realidad a través de lo que dicen los medios. A Trump le falta solo una materia para recibirse de bolche uruguayo: el Frigorífico Nacional, después trae el kit completo. La presidencia de Trump es el mejor escenario posible para que el comunista gane discusiones de boliche a granel: no solo tiene ideas muy cercanas a las ideas de los comunistas que acabarían con “toda la mentira de los liberales”, además representa exactamente lo opuesto al bolche (un multimillonario excéntrico ignorante con 12 años mentales que se les escapó a los yanquis de un reality show y les salió presidente), por lo que sus derrotas serán las derrotas del imperio y por lo tanto del capitalismo. Es la falla en la democracia burguesa tan erróneamente idealizada, parte de la “crisis del capitalismo”. Así que todo lo que salga mal de este engendro le dará la razón al bolche uruguayo, y todo lo que salga bien también. A esto le llamamos, en la sede del Pit-Cnt, una win-win situation. Estoy contento por los bolches de mi país, ¡disfrútenlo!

    Más allá de estas simpáticas coincidencias con el latinoamericanismo antiliberal, lo más entretenido de este paso de comedia, que oscila entre el absurdo y el grotesco, sigue siendo elucubrar sobre la tormenta perfecta que lo llevó hasta ahí y cómo harán para eyectarlo de ese sillón antes de que sea demasiado tarde. Sigo pensando que el origen del error está en la campaña Demócrata, que, además de dejar que el viejo Sanders despedazara a Hillary en las internas (con el mismo discurso antisistémico de Trump), equivocó el camino en cada una de las discusiones importantes. Acusaron a Trump de evasor (casi una cocarda para la inmensa mayoría de votantes que creyeron en la promesa voluntarista de “no van a tener que pagar más impuestos”), cuando debieron acusarlo de empresario fracasado y fundido. Su declaración en bancarrota fue lo que le permitió evadir. El punto era demostrar que su participación en el Imperio Trump es la misma que la de Ronald McDonald en la cadena de hamburguesas: prestar su imagen para una gigantografía.

    El otro gran culpable es la “doble tara progre”, que los llevó, primero, a contraponer a cada una de las soluciones ridículas de Trump un discurso basado en la negación del problema. El progresista parte de una premisa errónea: niega la condición humana en todas sus formas, como el cristiano; entonces discuten el drama de la inmigración disfrazándolo de algo natural que se llama diversidad y solo es un problema del que se resiste a ese mundo hermoso, multicolor, con aroma a lavanda, una fobia de gente enferma que hay que corregir mediante la percusión de un mensaje o burlándose de su ignorancia. Bueno, pues esa gente enferma era bastante y encontró alguien que por fin les hablaba, en lugar de negarles la existencia. Podrían haber dicho que Obama deportó a millones de inmigrantes indocumentados pero se dedicaron a mostrar a Trump como un xenófobo, que debe serlo, pero a diferencia de los demócratas, partía de una premisa sólida: la inmigración ilegal es un problema grave y delicado, los mexicanos que llegan, capaces de atravesar el desierto pagándole a coyotes que abusan de ellos, poniendo en riesgo su integridad, pasando por un infierno, no son mariachis que vienen a cantar serenatas bajo los balcones floridos de la vida. Y después (segunda mitad de la tara progre) evidenciar el eterno problema de las mentes progresistas comprensivas y abiertas con todo lo popular menos con la forma de pensar, los gustos y las decisiones que toma lo popular, o sea: todo lo que concierne a lo popular y que no tiene nada que ver con la construcción que hacen de lo popular las mentes comprensivas y bienpensantes. Al universitario bienpensante le encanta lo que él entiende y se imagina debería ser lo popular, pero eso no coincide con la realidad en el 99% de los casos. El problema es que los universitarios e intelectuales —sumen a los artistas— suelen estar enamorados de su propia idea de lo popular y no de lo verdaderamente popular; dicho de otra forma: están enamorados de sí mismos en la contemplación de su enamoramiento con eso que suponen es lo popular.

    Por lo demás, Trump es un cúmulo de reacciones básicas, previsibles y repetitivas. Su personalidad caricaturesca le da un tono inverosímil a cualquier escena en la que participe: la vida, cuando se ordena alrededor de Donald Trump, parece un decorado, un set de televisión que copia defectuosamente la realidad. Lo cual coincide con su origen: viene de un reality show, que es lo menos reality que uno pueda imaginar. Es una especie de ensoñación y chiste mal contado, una mezcla de Maduro y Ricardo Fort. Pero en lo esencial es simple: un viejo entre excéntrico y oligofrénico que consiguió sintonizar con la masa negada por la progresía, y que encierra solo un misterio sobre su conducta, al que se le denomina en la psicología conductual “El Dilema Mario Balottelli”: ¿es más idiota que loco o más loco que idiota? Imposible dilucidarlo, ese misterio permanecerá por siempre. 

    Contratapa
    2017-02-12T00:00:00