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    Haciendo boca

    Le voltearon la Virgen a Sturla. No sé si es la mejor manera de decirlo, pero creo que refleja el estado de ánimo con que habrá quedado. Y lo peor del caso es que ya se la voltearon 4 o 5 veces en el último año y medio. Le debe haber caído como un balde laicista de agua fría, pobre. Antes en este país se desestimulaba a los jóvenes, se frustraba a los adultos hasta transformarlos en autómatas, pero al menos a algunos viejos —los mejores, los célebres— se les cumplían los sueños (que siempre son baratos, como los de todo viejo). Ahora ni eso: no le compramos el avión ortopédico para trasladar mayores de 80 años a nuestro presidente, ¡al dos veces presidente!, no le permitimos hacer “Estadio Uno” a Sánchez Padilla en su barbacoa, ni le dejamos poner la Virgen en la rambla a Sturla, que no es un obispo medio pelo, es el segundo cardenal de la historia uruguaya. Y me joden con los cincuentones, por favor.

    Hay que separar las aguas, como hizo Moisés en la Parte I de la Biblia (traductor para millennials: en Netflix se le llamaría precuela), antes de que la tatarabuela de la tatarabuela de la Virgen María ovulara siquiera. Por un lado la rambla, los montevideanos, y nuestra decisión basada en el inverosímil “si se lo damos a la Iglesia, después no podemos negárselo a nadie”. Ese argumento es tan flaco que si lo hacemos desfilar por una pasarela, nos escrachan las organizaciones contra la anorexia. Para empezar, ya tenemos una estatua de Confucio en la rambla, y otra de Iemanyá, por lo que negar la estatua de la Virgen María es la demostración cabal de que aceptar una (o dos) no implica autorizar todas las que vengan atrás. Y además es tiempo de hablar del elefante en la sala, algo que nos vacía de autoridad moral: mide 10 metros, es celeste, parece un exiliado político que escapó de un futbolito de gigantes, y se mira sus propios testículos. El Coreano Celeste de la rambla nos incapacita para negarle una estatua del Topo Giggio a los hinchas de Huracán Buceo. La única salida es mandar todo para ahí, rodearlo de amiguitos: la Virgen, Confucio, Artigas, Iemanjá, Spiderman, el Topo Giggio, Ghighia, un busto de Cacho Bochinche y uno de Simón Bolívar, una Barbie negra y un muñeco de esos inflables que mueven los brazos largos como si estuvieran en un empuje epiléptico. Deberíamos armar la Liga de los Superamigos del Mal Gusto Urbano.

    Hagamos un acto de sinceramiento: en este país el católico recibe el bullying del ateo permanentemente. La Iglesia es un blanco fácil en Uruguay, mantiene los modales de institución con poder, pero no corta el bacalao ni en Semana Santa, a la que —como muestra de nuestro bullying nacional al católico— oficialmente le decimos Semana de Turismo y la montamos sobre la de ellos todos los años. Acá manda el Dios de los ateos: el Estado. Esto es tan evidente en Uruguay que, dentro del género “peludo de barba con actitud mesiánica”, creemos más en el Che que en Jesús, e incluso hay un montón de uruguayos que creen en Jesús como personaje histórico pero no cristiano, o sea: como un prototipo de revolucionario buena onda sin armas, y no como el hijo de Dios, lo cual me parece un abuso inconcebible de la manipulación de la fe, o lo agarrás como hijo de Dios o lo dejás. Ojo, tampoco es para victimizar a los católicos que viven en Uruguay, peor les va a los católicos que viven en Musulmania, a esos les hacen algo un poquito más fuerte que el bullying laicista; pero dentro de la región, no hay lugar donde tengan menos poder y reciban más destrato.

    El accionar del otro lado de las aguas separadas, la congregación católica en su totalidad, también es criticable. Hubo ediles frenteamplistas católicos que votaron en contra por disciplina partidaria, quiere decir que le temen más a Marx que a Dios. No la cuidaron bien a la Virgen. Lo que pasó —y permitieron que pasara— la deja muy mal parada a la Virgen María con respecto al temita de los milagros. Fue un poco decepcionante que la Virgen no haya producido un milagro para que la votación saliera a favor de poner una estatua de sí misma en la rambla. No era tan difícil, era un milagrito que no iba a estar ni en el “Top 1.000-agros de la Virgen que No Podés Dejar de Ver Antes de Morir (A Menos que Quieras Ir Para Abajo)”, convengamos que ha curado tumores la Virgen, mudó su propia casa de Nazaret, los Balcanes en el siglo XIII, limpita, con los cimientos y todo; cambiarle el voto a un par de ediles parece un trabajo menor. Tampoco tenía que dar vuelta una votación del PIT-CNT a favor del régimen chavista. No le pido que Tabárez saque a Arévalo Ríos de la mitad de la cancha y haga los tres cambios establecidos por el reglamento cuando el partido lo amerita, esos son milagros que no se le pueden exigir a la Virgen, bien sabemos que Ella tenía una comunicación muy fluida con Fossati. Pero desencanta el hecho de que no haya podido torcer el voto de tres ediles, ¡tres!, y más significativo aún: ¡ediles! Ni siquiera les pagamos, es gente que está ahí por el estacionamiento gratis en zonas no permitidas y porque tienen el fetiche de entregar plaquetas y hacer homenajes. No le costaba nada a la Virgen darle una señal a alguno de los que iba a votar en contra, no tenía por qué partirlo con un rayo o hacer una aparición montada en la bicicleta de Daniel Martínez, bastaba generar una pequeña descarga eléctrica en el micrófono de los infieles cuando lo tocaban para tomar la palabra, hacerle sonar la alarma del auto y que tuvieran que salir a apagarla para que un suplente votara a su favor en lugar del impío, no sé, yo no soy bueno pensando milagros, pero la Virgen María vive de eso hace 1.500 años.

    El católico queda, una vez más, expuesto al bullying del ateo oriental que se cree políticamente incorrecto por hacer comentarios anticlericales, cuando no hay gesto de mayor corrección política en este país que atacar a la Iglesia.