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    Haciendo boca

    Llama la atención que los mandatarios latinoamericanos se paseen poniendo cara de indignados, de “esto no puede pasar acá, qué increíble”, como si Paraguay hubiera nacido ayer como nación, o no conociéramos sus gustos y costumbres.

    Tampoco hay que dramatizar: es Paraguay (disculpen que insista cada tanto en recordar la identidad del sujeto de la polémica, es para que no nos desenfoquemos). Desde mi posición de analista internacional —tirado en el sillón frente a la TV o leyendo diarios por Internet—, noto a Paraguay mucho más democrático. Pongamos los hechos sobre la mesa: un individuo que llega al poder sin partido político propio y con el Partido Colorado (paraguayo, ¡es Paraguay!) como oposición, un cura trasplantado de la Iglesia a la Presidencia de un día para el otro, al tiempo que le aparecen hijos como arroz, que además rompe con su vice, justo el encargado de proveer el respaldo político parlamentario, que pierde también el apoyo de parte de la izquierda y sufre la disminución del fervor popular que lo llevó al poder. A todo esto estamos hablando de Paraguay, a no olvidarse, con sus tradiciones y cultura que ya conocemos, y que no hace falta decirlo, pero por las dudas lo subrayo: están bastante alejadas de la democracia.

    Con todo el panorama sombrío descrito, en ese suelo en el que la semilla de la democracia nunca germinó, a Lugo lo echaron recién faltando nueve meses para finalizar su mandato, sin sangre derramada ni víctimas que lamentar, con el derrocado sano y salvo y hablando en la televisión hasta el día de hoy, viviendo en su casa. Aséptico como una operación láser.

    Seamos honestos: Lugo no iba a hacer grandes cambios en los últimos nueve meses de gestión. Lo resalto porque ahora suenan épicas voces declamando como si hubieran cortado la Primavera Paraguaya, y en realidad le quedaban seis meses (los tres posteriores a las elecciones no cuentan, son un limbo inútil para que el mandatario junte sus petates) sin apoyo parlamentario ni fuerza popular; no estamos hablando de un tsunami revolucionario frenado por los diques antipopulares de la oligarquía paraguaya, más bien llegaba a estas instancias con la potencia de una olita mansa en la orilla que con suerte le podía mojar las chancletas a algún distraído. Lo cual nos lleva a cuestionar la opción de voltearlo de sopetón que tomó el Parlamento paraguayo: ¿Qué necesidad, si quedaban esos inocuos seis meses? ¿Por qué lo hicieron? Uno supone que por vicio, por la deformación antidemocrática que atraviesa a los paraguayos.

    Sin embargo, más allá de la ansiedad y el instinto derrocador que traicionó a esos parlamentarios paraguayos como las hormonas al adolescente que sufre una erección en el ómnibus, y quizás por ese mismo candor juvenil destituyente salvaje fue que escribieron en el orden del día parlamentario, antes del proceso de juicio político: “declaración de culpabilidad del acusado” y “anuncio de destitución del Presidente”; a pesar del desliz, hay síntomas democráticos (para ser Paraguay, ¡es Paraguay!).

    Señores, esto es lo que se llama: el camino hacia la madurez soberana de una sociedad a la que nunca le entusiasmó demasiado la Constitución, la representatividad, y toda la parafernalia democrática de la que se jacta el mundo occidental. Lentamente, a su ritmo y con sus dudas, entre tereré y tereré, Paraguay se va plegando a las normas de la vieja e imperfecta democracia, “el peor de los sistemas políticos, con excepción de todos los demás”. ¡Salú Paraguay!