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    Haciendo boca

    Demoramos más de setenta años en darnos cuenta de que Pluna no era una empresa apta para triunfar en el negocio de los aviones. Durante su gráfica de vida en el Tiempo, Pluna ha dibujado una parábola descendente imperturbable, con pérdidas permanentes y rendimiento económico nulo; en ese sentido es de agradecer la linealidad del comportamiento empresarial de Pluna: nunca dejó la sensación de que pudiera ser un buen negocio, jamás nos quiso seducir con falsas expectativas.

    Fue fundada por dos hermanos uruguayos en 1936, y en el 40 ya era subsidiada por el Estado, gracias a Dios (al Dios de los ateos, justamente: el Estado). Fue sólo el inicio, de inmediato el Estado se dio el gusto de meterse por completo en ese negocio deficitario, como socio de los privados uruguayos. Entre la expansión de rutas (y de pérdidas, supone uno) y pretensiones patrióticas, hubo que estatizarla a comienzos de los años 50, en plena fiebre nacional exitista —Maracaná incluido—cuyos efectos nos hicieron creer que podíamos ser un país industrial y comernos al mundo. Una vez transformada en Ente Autónomo, Pluna siguió su descenso a los infiernos de la (in)utilidad y se mantuvo impertérrita, incólume, durante cuarenta años goteando pérdidas, con menor o mayor intensidad según las épocas, pero siempre perdiendo.

    A fines de los 80, luego de cuarenta años de gestión estatal, empezamos a sospechar que no éramos del todo buenos en el asunto de la aeronáutica, y hasta se habló de vender Pluna o liquidarla; pero como somos valientes y no nos cocemos al primer hervor, se nos dio por probar la sociedad con privados extranjeros, nada que ver con los privados nacionales del principio, una experiencia mucho más profesional. Los resultados no podían haber sido más alentadores: Varig, el gigante brasileño de origen alemán elegido a mediados de los 90 para iniciarnos en el camino del éxito empresarial aéreo, quebró a los diez años de ser nuestro socio y desapareció en la nebulosa. No así la uruguayísima y estoica Pluna, que se mantuvo ajena al desengaño de nuestros vecinos —quienes al final no eran tan óptimos para el negocio como parecían—, viendo caer desde su inmensa insignificancia al gigante hecho trizas, con la impavidez de un Pigmeo que observa desplomarse a un Hutu.

    El problema fue Varig, no Pluna. Varig era demasiado grande, con un historial excesivo en el rubro, y un destino marcado. Había que apostar a gente nueva, sin vicios ni lastres del negocio aeronáutico. Por eso Matías Campiani, un outsider que nada sabía del mundo de los aviones, fue elegido por nuestro presidente, un outsider de la política. Gran elección, era lo que nos faltaba ensayar para llegar a la verdad final: Pluna no funciona. Entre medio perdimos algo más de dinero, saliendo como garantía de unos aviones que nos hizo comprar este as de los negocios con el que trabamos nuestra última sociedad; pero lo echamos por su mala gestión, lo dejamos de patitas en la calle en una negociación durísima para él: le firmamos un contrato de indemnidad, lo cual significa que no le vamos a reclamar nada como socios, ni un peso, y nosotros pagamos las deudas (menos las del BROU y Ancap, que al ser del Estado los podemos dejar adentro, ¡ja!).

    ¿Cuánto dinero cuesta el conocimiento adquirido? A nadie debería importarle: saber fehacientemente que Pluna no sirve, haberlo comprobado sin necesidad de que nadie nos la contara, con un método científico desarrollado a lo largo de setenta años, no tiene precio.

    Ahora habrá que intentar con otra.