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    Haciendo boca

    A favor de los prejuicios.

    No hay que ser tan prejuicioso con los prejuicios, la gente tiende a asumir una opinión negativa al respecto sin profundizar en los beneficios. Prejuzgar es como calentar todo en el microondas: la sociedad lo cuestiona desde el punto de vista moral pero uno gana tiempo para otras cosas importantes de la vida y encima es feliz. Además, si nos vamos a guiar por la sociedad, siempre anda cuestionando nuestras conductas, y peor aún: nuestros pensamientos. ¿Y por casa cómo andamos, sociedad? La sociedad nunca sirvió para un carajo tampoco, que no se haga la muy impoluta y funcional a sí misma, tiene unos cuantos fiambres en el ropero.

    Mal o bien, prejuzgar tiene algo de pensamiento elaborado: hay que juntar dos o tres casos y trazar una línea de razonamiento que los una. Eso es pensar, a mí que no me vengan a decir que no es pensar, es pensar de acá a la China. Poner en duda que tras un prejuicio hay un razonamiento –en muchos casos hasta válido según las reglas del inductivismo-, es propio de un pseudointelectual soberbio que piensa que todos somos unos imbéciles menos él, y se junta a confirmar su inteligencia con amigos del mundillo intelectualoide sensible que aspiran a un cargo tecnocrático en la Cepal.

    Derribemos otro mito: no es necesario entender de algo para descalificarlo. Desde la ignorancia más absoluta uno es mucho más libre al opinar, dejando que trabajen sólo los prejuicios, sin contaminación de ningún tipo, el prejuicio puro. Siendo honestos, hay que decir que salvo en unos poquitos temas, pasamos la vida opinando de cosas que no sabemos casi nada pero alguien nos contó o leímos, alguien a quien –en definitiva- le creemos. ¿Por qué? Por mero prejuicio le creemos a él, y no al otro que dice exactamente lo contrario con la misma seguridad y prestancia. Un método alternativo con el que solemos edificar nuestras ideas es el siguiente: pensamos algo de antemano y salimos a buscar información que confirme nuestra verdad pre-cocida y la sustente, eliminando cualquier discurso contrario a nuestros intereses. Es evidente que el prejuicio resulta mucho más simple y transparente, menos pretensioso y menos tramposo.

    A veces me siento a leer revistas de física, por ejemplo, sólo para ver en la fotito las caras de los que escriben los artículos, de los cuales no entiendo un pito, pero sé que son mentira, están escritos por gente que está loca, tiene cara de loca, y se gasta un montón de plata en esos experimentos de acelerar hadrones en lugar de darle de comer a los niños pobres del mundo. Insisto, yo de física nada eh, ni las básicas, por eso opino desde la imparcialidad más pura: me mantengo al margen de todo el ruido espantoso que genera saber de un tema y ordenar las variables y ponderar y todo ese trayecto arbitrario del pensamiento.

    Y me quedo contento, a mí no me agarran con la bobada esa de “pero si no conocés no podés hablar”, ¿quién no puede? Me considero un ejemplo de vida en ese sentido, de cómo a un ser humano le puede ir correctamente en lo suyo y sobrevivir, sin necesidad de andar apostando al conocimiento y esas pavadas. Sé que a la gente, cuando me escucha o me lee, le dan unas ganas de no entender nada y descalificar igual que está buenísimo.

    ¡Cuidado! Siempre recuerden, niños: prejuzgar es como el sexo, no se debe hacer en público; es un acto privado, al igual que ir al baño.

    Cuando empiecen a aparecer estudios de que la gente que prejuzga vive más tiempo y es más feliz, yo voy a estar vendiendo manuales para elaborar un prejuicio sustentable.