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    Haciendo boca

    ¿Conocen al Jonas? (pronúnciese “yonas”) Es un muchacho que tiene dos hermanos, que se llaman Jonas también, así que son tres y no sé cuál es cuál pero cantan juntos en un grupo musical dirigido a público adolescente. Vinieron esta semana a Montevideo, algo que cualquier adulto ignora a menos que esté inmerso en la tortuosa tarea de criar un hijo, y ese hijo sea parte de la franja etaria a la que los Jonas le apuntan (y le embocan, el Jonas y sus hermanos no erran, créanme lo que les digo).

    El lunes aparecieron en el informativo unas muchachitas de 13 o 14 años, serían 40 o 50 en total, que llevaban esperando al Jonas más de 10 horas en la puerta del hotel; incluso algunas hasta pasaron la noche en la vereda, durmiendo como indigentes, solo por si el Jonas sale un minuto y pueden gritar y sacarle una foto con el celular antes de que la maroma de niñas las aplaste.

    Desde mi casa, yo pensaba, como lo haría cualquier hijo de vecino, nada especial, pensaba cómo le gustaría a Botinelli o al sordo González: engrosando el promedio, confirmando la estadística —que es como suelo pensar casi la totalidad del tiempo, por otra parte—: pucha, los padres de estas chiquilinas, ¿no? ¿Cómo harán para soportar semejante afrenta del Universo a su propio soplo de vida? Uno se esfuerza, asume la responsabilidad y engendra esas criaturas con una esperanza y una entrega amorosa tan grande, les da los mejores años de su vida a esos cachorritos, y de repente crecen un poco, se ponen bobos y feos como la mismísima mierda, y se van a esperar al Jonas a la puerta del hotel.

    Como padre debe ser terrible, imagino, una prueba de fuego a la subsistencia del amor. Parece que lo hicieran a propósito un poco, también, uno se debe calentar en algún momento: esta me lo hace de gusto, quiere que me cuestione todas mis decisiones como padre durante su crianza que posibilitaron el triste final con la sangre de mi sangre gastando 20 horas de su vida por esperar al Jonas, y también quiere que me vuelva a cuestionar, en una instancia posterior, si no seré un padre prejuicioso e intolerante por pensar así, y acto seguido que me autocuestione en un tercer nivel: si es que soy prejuicioso o soy un gil acosado por el remordimiento paternal que todo lo que hace es sentirse culpable y por eso no actúa y por eso su hija se pasa horas esperando al Jonas para sacarle una foto y subirla en el Facebook, siendo que internet está repleto de fotos del Jonas.

    Quiero mandarles un caluroso saludo a esos padres que, en medio de la dolorosa experiencia, se interrogaron: ¿para qué, para qué hice esto?, ¿al final traje un individuo al mundo para que espere al Jonas en la puerta del Sheraton? Sí, ese era su rol en el complejísimo entramado universal, lamentamos informarles señores padres, que su función según fueron programados por Dios (una máquina perfecta que lo programa todo y le ganaría partidos de ajedrez a Blue, Kasparov y Boby Fisher juntos), era nacer, alimentarse, vivir, conocer una hembra o macho en edad adulta con el cual reproducirse, desparramar la dedicación y el cariño necesarios en el crecimiento de una criatura, para que finalmente al Jonas, que es un elegido, es un tocado por el Señor, le vaya bien en su gira latinoamericana y llene los estadios. Con ese único fin, Dios antes debió programar a padres por todo el planeta para que tuvieran hijas que acudieran a los recitales del Jonas. Así es el diseño inteligente del que tanto hablan los católicos modernos, habría que sumarle lo de la evolución y los dinosaurios y eso, pero es así.