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    Hay olas para rato

    Nº 2194 - 6 al 12 de Octubre de 2022

    El último líder del Partido Nacional que acaparó tanto fue Luis Alberto de Herrera hace más de medio siglo. Ni Wilson Ferreira Aldunate logró tal grado de mayoría interna. Mucho menos el nieto de Herrera Luis Alberto Lacalle, que igual fue el único presidente blanco del siglo XX electo en forma directa. Herrera también ganó las elecciones pero en la época en la que la presidencia de la República era ejercida por un Colegiado. Fue al final de su vida y en esos momentos un porcentaje altísimo de los que se definían como nacionalistas respondían a su liderazgo.

    Hoy ocurre algo similar con su bisnieto: Luis Lacalle Pou. Es, al igual que su padre, primer presidente blanco pero del siglo XXI y su liderazgo es absolutamente indiscutido en la interna partidaria. Una mezcla exitosa de sus antepasados. Ninguno de los otros dirigentes actuales de primera línea de su colectividad le llega ni a los talones en la interna. Ni uno. Y no solo eso. También es el político más popular de Uruguay, seguido de cerca por su adversario y expresidente José Mujica. Hasta ahí llegó, sorprendiendo a unos cuantos y en poco tiempo.

    Esa es la lectura que están haciendo algunos de los referentes con décadas de experiencia en la cúpula del Partido Nacional. Lo asumen como una realidad inobjetable. Lo describen como si fueran analistas políticos observando un escenario que parece bastante obvio y que no dudan en catalogar como excesivamente personalista y un tanto preocupante. “Casi como si fuera un rey”, arriesgan algunos, lo más osados y distantes a Lacalle Pou.

    Al escucharlos, la sensación que queda es que no están cómodos. Es más, en algunos aspectos hasta lo hacen explícito. Que está mucho tiempo sin convocar a sus ministros para discutir de política, que habla muchísimo con su círculo más cercano pero poco con los que le juntan los votos, que está demasiado concentrado en él, que su proyecto es mucho más personal que de partido, todo eso se podía escuchar de Lacalle Pou durante los últimos meses por parte de correligionarios. También decían cosas similares socios de la coalición y por supuesto opositores.

    Pero sus aliados lo susurraban en privado, como con culpa, mientras él lograba seguir con índices muy altos de popularidad. Como buen surfista que es, esperaba flotando esas olas de dudas levantadas por críticas subacuáticas, y cuando llegaban las surfeaba con inteligencia, a través de salidas mediáticas o golpes de efecto que sorprendían a propios y extraños. Así se acercaba a la orilla, para luego volver a remar con sus brazos mar adentro y esperar la nueva ondulación que le permitiera demostrar sus habilidades. Parecía saber cómo hacerlo y le gustaba demostrarlo. Capaz que demasiado.

    No es gratis ese exhibicionismo. Menos cuando las encuestas lo siguen alimentando y se acercan los tiempos electorales. Mucho menos todavía luego de transmitir a su entorno más cercano que su retorno a la arena electoral para poder volver a la Presidencia en 2030 es casi un hecho. Antes su discurso era que después de esta oportunidad no iba a haber otra y además su gobierno recién empezaba. No parecía ser una amenaza importante ni para adentro ni para afuera. Pero ahora es LA amenaza.

    Y quizás una dosis alta del ego típico de una persona que llega al lugar que él llegó no le permitió ver que no todo era tan color de rosas. Parece ser que subestimó a los que no lo quieren o sobreestimó a los que están muy cerca suyo. Creyó que por más que las olas estuvieran creciendo, con toda la experiencia que había adquirido, ninguna lo iba a revolcar por el piso.

    Pero pasó. Ya el episodio de Montepaz le hizo perder un poco el equilibro que le era tan característico y días después el procesamiento con prisión del jefe de su custodia personal lo terminó de desestabilizar. No fue un golpe destructivo pero sí una advertencia. Manejó mal el tema y quedó expuesto. Si es cierto que no sabía nada de toda esa película delictual alrededor de Alejandro Astesiano, es una prueba de negligencia. Así no se salva y mucho menos si la situación es la contraria.

    Entonces, apareció esa nube negra que había empezado a crecer pero que todavía no había tapado el sol. Todos aquellos que lo estaban mirando de reojo vieron una oportunidad para debilitar al más difícil adversario. Y comenzó la lluvia. Fuerte, mucho más fuerte de lo que esperaba. Porque era obvio que así sería con la oposición pero no con algunos de sus socios y menos todavía de sus correligionarios.

    Fueron varios los que durante los últimos días aumentaron sus críticas al presidente de la República en privado. Algunos también se animaron a hacerlo en público. Se terminó aquello que ocurría hasta hace poco, donde todo eran halagos y reflexiones sobre el crecimiento y la madurez que estaba mostrando Lacalle Pou en el momento político más importante de su vida. Cambió el escenario.

    La oposición ya estaba en esa tesitura casi desde el comienzo del actual gobierno, aunque sin demasiado eco. Se movía de forma torpe, como un niño caprichoso que lo que hace es fastidiar a los que tienen que escuchar sus berrinches. Luego se fue acomodando, pero todavía mantiene cierto grado de ansiedad por la crítica que muchas veces le termina jugando en contra. Igual, eso no incide demasiado en este caso porque el problema está en la defensa que llega del otro lado. Decir, por ejemplo, que el ocultamiento de algunos antecedentes de Astesiano es obra del Frente Amplio durante su pasaje por el Poder Ejecutivo no es serio. No se sostiene por ningún lado. Desacredita a quien lo hace. Aumenta las dudas donde debería haber certezas.

    Lacalle Pou ha tenido varias apariciones públicas refiriéndose a este tema sin convencer. De todas formas, si hay algo que ha demostrado a lo largo de su vida es la capacidad de dar la pelea en escenarios que no le eran del todo favorables. Por su baja estatura cuando era niño, por ser “hijo de” cuando comenzó a dedicarse a la política en el peor momento electoral de su padre, por haber perdido una elección que estaba convencido de que ganaba, siempre tuvo unos buenos revolcones por la arena, se levantó y volvió a entrar al mar para, con mucha paciencia, esperar otra ola en la que pudiera lucirse.

    Ahora el pronóstico climático parece indicar que habrá olas de las grandes y difíciles de dominar para rato. Además, el sacudón que le provocó esta última caída virtual de su tabla de surf es bastante grande. La tabla no parece estar partida pero sí con alguna rajadura. No le vendría mal intentar cambiarla o darle un uso más moderado. Seguir como si nada hubiera pasado puede llegar a ser un síntoma de exceso de soberbia, el mejor escenario para sus adversarios, que ahora son muchos más que antes.