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    Hay que votarlo

    Ghierra intendente en el Centro Cultural de España

    Están en una pared del subsuelo. En marcos pequeños con palabras sueltas que definen cada una de las imágenes. De lejos se ve apenas la definición de colores oscuros y una forma que parece repetirse. Es un barco. O varios. Las palabras dicen Derivas, Cementerio, Platense, Retorno, Enrojece, Sublimar, Destierro. Son títulos. De cerca, uno ve otra cosa: una imagen que se mueve cuadro a cuadro, casi imperceptible, tanto que de lejos parecen fotos. De cerca, es un barco que avanza. Está vacío y reproduce de forma casi exasperante la cadencia de un mar tranquilo. Es una imagen del puerto de Montevideo. La obra es de un sujeto que observa desde su ventana del Palacio Salvo algo que los montevideanos no sabemos que existe. Un cementerio de barcos en el medio de la bahía. Están atados, y, cada tanto, uno se suelta y se va. La acción se repite hasta el cansancio.

    La obra se llama Derivas y es de Guillermo Amato. Forma parte de la multitudinaria y movilizadora experiencia Ghierra intendente/Montevideo, la ciudad que queremos, de Alfredo Ghierra, una muestra del Centro Cultural de España. Ocupa tres pisos. Uno va y no puede salir enseguida. Menos con esta exposición de proyectos, ideas, realizaciones que forman parte de este juego enmarcado en la aburrida campaña electoral montevideana.

    Ghierra ya impulsó esta idea en la campaña anterior. Se trata de convocar artistas, arquitectos, diseñadores y pensadores para proponer una mirada diferente sobre Montevideo, una mirada que contemple el diseño y la reorganización física de esta ciudad tan olvidada de renovación. Pero es más que eso: se trata de trabajar sin presiones ni ataduras que puedan empañar la capacidad de soñar con cuestiones que hacen a la vida cotidiana.

    Así se puede seguir, con desafíos que todo profesional quisiera tener: eludir la exigencia de los temas que dan votos. Lo que Ghierra propone es más que electoral o coyuntural. Pero en el fondo, remueve las aguas desde cuestiones que seguramente involucran lo político hasta la médula. Es un sacudón cultural en serio. Exige ver la calle que pisamos, el cielo que nos cubre, el agua que nos rodea, los árboles, los edificios, lo que está construido y los baldíos o vacíos acumulados, la oferta y la demanda, la necesidad de construir lo nuevo. Pero hay un poco más: habla de cómo la belleza puede tener que ver con la vida cotidiana, con nuestros hábitos, con los espacios en los que se mueve la sociedad. La belleza como expresión de uso y no como adorno o confinada a los museos.

    En esta muestra uno aprende a ver de otra manera. Bien lejos de la campaña electoral, sin duda. Lejos pero apuntando al corazón. Los mismos recursos pueden aplicarse en proyectos funcionales, prácticos, lindos, motivadores. Ni más caros ni más baratos. Diferentes, removedores. Esa es la sensación que provoca la muestra, más allá de las irregularidades del caso, los altibajos de algunos proyectos que no llegan a buen puerto. Pero hay jardines colgantes o espacios verdes en las azoteas. Hay árboles frutales por toda la ciudad, hay reagrupación de manzanas en cuatro para que en las calles interiores no circulen vehículos y el espacio se transforme en un maravilloso tránsito de humanidad.

    La convocatoria propone cosas no tan descabelladas. Asume la posibilidad de tomar la Ciudad Vieja como un “protectorado” y laboratorio para aplicar ideas que puedan extenderse al resto de la ciudad. Propone, por ejemplo, ocupar todos los baldíos con proyectos, organizar un espacio al aire libre en la zona de Lindolfo, una idea integradora que obligue a incorporar la estética portuaria, incluso los patéticos e insanos contenedores que cercaron la posibilidad de contacto con una de las zonas más lindas de la ciudad. No hay que eliminar los contenedores, ni siquiera provocar una discusión sobre cuestiones de mercado y capitales, de valores materiales y marcha de la economía. Se trata de mirar de otra manera.

    La visión de la costa es fundamental; también la observación de lo que la costumbre impide ver. El mismo Palacio Salvo, con su cúpula o sus luces transformadas por ideas no convencionales. Lo del Salvo es un faro, como el que se soñó al principio cuando se propuso conectar su luz en lo alto con su par en Buenos Aires. Montevideo, entonces, era más audaz, tenía ideas más arriesgadas, interesantes, locas. Claro, estaba todo por hacer. Y muchas de esas cabezas venían de Europa o estaban motivadas por la audacia vanguardista internacional.

    Ahora todo parece hecho y el transeúnte ya da todo por concluido. Aunque uno recuerda todavía que ese edificio fue escalado por un uruguayo que colaboraba con un programa de televisión. La multitud en la plaza, en suspenso, y el tipo allá arriba sin ataduras. Obligaba a mirar el emblema con otros ojos, con otra emoción, con otro valor simbólico. También lo escalaron tiroleses para una película. Pero eso es otra historia.

    Otro proyecto habla de colocar púlpitos en las calles y grandes atriles para pintar en espacios abiertos frente al mar, para que la gente los use. De Micro Hormigón de Alto Desempeño, un material novedoso, para durar. También papeleras del mismo material, fuerte y más manipulable que el tradicional hormigón. De construcción “amigable” y linda. Hay una moto con dos ruedas adelante, reciclaje de autitos viejos para parque de diversiones, tanques de agua y quioscos de diarios pintados con dibujos y colores llamativos. Hay videos sobre nuestro pasado reciente y la transformación de la ciudad y las costumbres, hay extranjeros que hablan sobre los edificios que nunca atendemos de tanto mirarlos, hay muchísimas propuestas más. Algunas impactantes, como el famoso tren aéreo que podría levantarse desde la Costa de Oro hasta Tres Cruces, o la red de bancos públicos inteligentes, conectados a Internet y con sensores de luz y colores que permitan la interacción con el usuario. Hay inventos, proyectos ecológicos, cachetazos a la mediocridad permanente y al miedo a cambiar y a los pretextos de viabilidad.

    Ese barco casi inmóvil citado al principio, a la deriva, no aporta nada más que emoción, novedad, construcción desde lo artístico. Es una parábola de una sociedad que cree que apunta a lo correcto, tripulada por discursos falsamente importantes. Montevideo es un barco en la bahía, un cementerio de ideas y sensibilidades, amarrada a los discursos sobre los mismos temas y con el mismo enfoque, repetidos hasta el cansancio. Es buenísimo lo que hace Ghierra. Recordar que esos barcos todavía pueden navegar en un mar tan vital y potente como bello. Solo hay que soltar las amarras, dice un artista que mira todos los días desde una ventana luminosa de la ciudad. Hay que votarlo.

    Ghierra intendente. En Centro Cultural de España (Rincón y Juncal). De lunes a viernes de 11 a 19 y los sábados de 11 a 17. Hasta el 13 de junio.