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    He visto cosas que ustedes no creerían

    Obras maestras: cuentos y novelas de Philip K. Dick
    Colaborador en la sección de Cultura

    La tentación de encontrar en la biografía de un escritor las raíces de algunos elementos sobresalientes de su obra es prácticamente irrefrenable cuando se trata de Philip K. Dick. “Me han dicho que todo lo que me atañe, todos los aspectos de mi vida, psique, experiencias, sueños y temores se encuentran explícitamente expuestos en mis escritos, y se pueden inferir con certeza del corpus de mi obra”, expresó. “Me parece que es cierto”.

    Philip Kindred Dick. Alias: Phil, PKD, Horselover Fat. Stanislaw Lem lo definió como “un visionario entre los charlatanes, un profeta entre los fariseos, un buscador de las verdades ocultas bajo el manto de lo real”. Timothy Leary y Michael Moorcock le declararon su admiración. John Lennon quiso producir una película que se basara en alguno de sus títulos. Roberto Bolaño lo consideraba un profeta callejero, “un profeta lumpen”, el “escritor de los paranoicos, del mismo modo que Byron fue el escritor de los románticos”. Para muchos, un gurú lisérgico, aunque tomó LSD solo un par de veces. Hay quienes sostienen que el mundo de hoy, de megacorporaciones, fake news, manipulación genética, inteligencia artificial y algoritmos que analizan, recuerdan y reconocen patrones de conducta con mayor precisión que los humanos, es el futuro que él imaginó en sus historias.

    Tuvo una personalidad esquizoide y paranoide. Fue adicto a las anfetaminas, que incrementaron desde temprano su productividad. Llegó a ingerir mil comprimidos de Metedrina por semana y cuarenta miligramos diarios de Stelazine, un antipsicótico de la familia de las fenotiazinas. Tuvo pancreatitis y pasó por internaciones psiquiátricas. Intentó suicidarse dos veces. Sufrió manías persecutorias, alucinaciones y delirios. Su experiencias místicas se parecen mucho a lo que se conoce como brotes psicóticos. No fue pobre, pero casi. Cuando por fin empezaba a ser reconocido más allá del gueto de la ciencia ficción, murió. Y después de muerto se volvió el autor de culto más popular de todos los tiempos. Y su fama sigue creciendo. Sus cuentos y novelas son adaptadas al cine y la televisión a un ritmo prácticamente anual. Se multiplican biografías, estudios críticos y cursos en universidades dedicados a su obra. Mientras vivió, pasó mayormente recluido, aunque a la gente le gustaba estar con él y él fue incapaz de permanecer en el mismo sitio un tiempo prolongado. Tampoco logró mantener equilibrio en sus matrimonios. De humor inestable, pasó sus últimos años perdido y desesperado en el laberinto de su mente, sin saber si había escuchado a Dios o se había vuelto completamente loco.

    Tuvo una personalidad esquizoide y paranoide. Fue adicto a las anfetaminas, que incrementaron desde temprano su productividad. Llegó a ingerir mil comprimidos de Metedrina por semana y cuarenta miligramos diarios de Stelazine, un antipsicótico de la familia de las fenotiazinas.

    “La locura no excluye al genio, pero tampoco es condición suficiente para alcanzarlo”, dice Pablo Campanna en Idios Kosmos. “Su psicopatología no le añadió una sola pizca de talento, como tampoco se la dieron las drogas. En todo caso, supo transmutar todo eso en literatura. De manera que aun cuando admitiéramos que efectivamente pudo llegar a estar loco, asombra ver cuánto pudo hacer con su locura”.

    Hizo bastante. Treinta y seis novelas de ciencia ficción, 14 novelas realistas, más de 150 cuentos reunidos en seis colecciones, tres libros de ensayo, más las ocho mil páginas de su Exégesis.

    Por fortuna existen personas como Gregg Rickman, investigador que además fue amigo de Dick, que diseñó un esquema de fases para ofrecer una especie de orden en la vastedad del cosmos dickiano. Rickman distingue tres etapas. La fase política (1951-1960), que incluye los primeros cuentos y va hasta Confesiones de un artista de mierda, con una buena cantidad de obras realistas que Dick jamás llegó a ver publicadas en vida. La fase metafísica (1961-1973), la más productiva, que va desde El hombre en el castillo hasta Fluyan mis lágrimas, dijo el policía. La fase mesiánica (1974-1981), con Sivainvi y La transmigración de Timothy Archer, incluyendo los textos de Exégesis. Patricia Warrick, autora de Mind in Motion: The Fiction of Philip K. Dick, diferencia una serie de cinco etapas que, según Campanna, es prácticamente un calco de la secuencia de matrimonios del escritor, monógamo serial que se casó cinco veces. Aunque existió otra mujer en la vida de Dick. Su hermana melliza, Jane. La historia de Dick comienza y termina con ella.

    Tuvo pancreatitis y pasó por internaciones psiquiátricas. Intentó suicidarse dos veces. Sufrió manías persecutorias, alucinaciones y delirios. Su experiencias místicas se parecen mucho a lo que se conoce como brotes psicóticos.

    Phil y Jane nacieron en Chicago, dos meses prematuros, el 16 de diciembre de 1928. Su madre, Dorothy Kindred, no logró proporcionarles una buena alimentación y por insistencia de una asistente social los llevó al hospital para ponerlos en una incubadora. Phil, más robusto, sobrevivió. Jane, más pequeña, murió poco después: el 26 de enero de 1929. Cuenta Emmanuel Carrère en Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos que Jane fue enterrada en el cementerio de Fort Morgan, y que junto a su nombre, en la lápida, grabaron el nombre de su hermano, “con la fecha de nacimiento, un guion y un espacio en blanco”.

    Durante muchos años, Dick pensó que sobrevivió a costillas de la niña. Desarrolló en su mente ideas de cómo sería ella de seguir viva. La imaginó al otro lado del espejo, ella viva y él en un limbo. Dibujó retratos de su hermana en los que se parecía físicamente a él aunque de cabello oscuro. Jane fue, durante la infancia de Dick, la amiga imaginaria con la que jugaba. Sentía, de manera intermitente, un lazo empático especial con lo que ella podría haber sido. En su cabeza creó la fantasía de que Jane vivía en él —la llamó el lado femenino de su personalidad—, y la incluyó en sus textos principalmente a través de mujeres de cabello oscuro y carácter fuerte. Como Edie, la niña que lleva en sus entrañas a Bill, su gemelo, un niño que no llegó a desarrollarse por completo y que creció parasitariamente dentro de su cuerpo en Dr. Bloodmoney. Como Alys, la hermana ninfómana —y adicta a las drogas— de Felix Buckman en Fluyan mis lágrimas, dijo el policía. O como las replicantes Raquel y Pris en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, la novela que inspiró Blade Runner, película insignia de la ciencia ficción, dirigida por Ridley Scott (en la versión cinematográfica Pris es rubia). En Ubik, una de sus obras maestras, un niño en estado de semivida es dueño de una energía encefálica mayor que la del resto de los ocupantes del moratorio, de cuyas mentes se nutre.

    En El vengador del futuro, película basada en el cuento Podemos recordarlo todo por usted, el líder de una agrupación rebelde vive dentro del organismo de otra persona. Poco antes de la muerte de Dick, Jane pasó a ser prácticamente una presencia mesiánica en Sivainvi, la novela en la que intentó interpretar su experiencia mística ocurrida el 3 de febrero de 1974.

    Lo que podría haber sido o qué pasaría si son fuerzas motoras de sus creaciones. Lo que podría haber sido si los nazis ganaban la II Guerra Mundial (una de las realidades alternativas que conviven en El hombre en el castillo). Qué pasaría si pudiéramos implantar recuerdos (Tiempo desarticulado), si las máquinas pudieran sentir (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?) o si se pudiera no ya leer la mente sino predecir acciones futuras (El informe de la minoría). Y con todo esto, continuamente desembocaba en dos preguntas básicas: ¿qué es realidad? y ¿qué significa ser humano?

    Descubrió la ciencia ficción en los cómics. De ahí pasó a las revistas pulp, que devoraba y coleccionaba con avidez. Publicó cuentos en el periódico de la secundaria en Berkeley, donde aprendió alemán y algunas nociones de latín. A los 14 escribió su primera novela, Retorno a Liliput. Para entonces ya experimentaba sus primeros ataques de pánico y ansiedad, acompañados por palpitaciones, sudores y dificultad para respirar. Estaba dando un examen cuando oyó una voz que le explicó con inusitada claridad el principio de Arquímedes. Empezó a padecer claustrofobia y agorafobia y tuvo que terminar la secundaria con clases particulares en su casa. Y también: hacer terapia.

    A los 18 se casó repentinamente con Jeanette Marlin, a quien había conocido en la disquería en la que trabajó de adolescente. Dick contó que Jeanette tenía un hermano al que no le parecía bien que estuviera casada con un hombre adicto a la música como él. Creció el temor de que le destruyera su colección de discos. Entonces pidió el divorcio. El matrimonio duró solo dos meses. Su paso por la Universidad de California tampoco fue muy prolongado. Tomó clases de zoología, historia, filosofía. Pero solo aguantó la mitad del primer semestre.

    Descubrió la ciencia ficción en los cómics. De ahí pasó a las revistas pulp, que devoraba y coleccionaba con avidez. Publicó cuentos en el periódico de la secundaria en Berkeley, donde aprendió alemán y algunas nociones de latín.

    Lector asiduo de Proust, Stendhal, Flaubert, Joyce, Dos Passos, Kafka, Maupassant, sentía fascinación por la filosofía. Se pasaba semanas estudiando a un filósofo hasta agotarlo. Se sumergió en Maimónides, Plotino, Platón y, muy especialmente, Heráclito, figura determinante en su formación. Para Dick fue clave la frase “la naturaleza ama ocultarse”. Sacaba apuntes y notas todo el tiempo. Y luego, cuando escribía, lo hacía a un ritmo y a una velocidad inhumana. Auriculares con música clásica, café y anfetaminas y escribía, a máquina, entre 80 y 100 palabras por minuto. Entre 1953 y 1954 publicó 50 relatos. Solo en junio de 1953 publicó siete cuentos en distintas revistas. La remuneración no era buena y más de un colega le recomendó pasarse a la novela. Así lo hizo.

    Entró por la ciencia ficción, que era por donde le iba relativamente bien, y pensó en el género como plataforma para dar el siguiente paso, la novela realista. Pero las historias de corte realista eran rechazas y las que sí lograba vender eran las de ciencia ficción.

    Ganar el premio Hugo por El hombre en el castillo fue una buena y una mala noticia: era un reconocimiento que le daba un nuevo impulso a su escritura, pero también implicaba asumir que su lugar era dentro del gueto. Dick lo asumió, aunque hizo una pequeña trampa: logró pasar sus inquietudes filosóficas dentro de los códigos del género.

    Es una de las razones por las que sus obras son tan particulares. Además de su carga filosófica y metafísica, en sus historias hay antihéroes, gente con problemas económicos, criminales, luchas de poder, corrupción, decadencia y sordidez. Y también: sobrepoblación, polución, gente viviendo bajo tierra. Intrigas complejas, simulacros y falsificaciones, conflictos entre clases sociales, gobiernos que espían a los ciudadanos, computadoras, trastornos que se convierten en poderes, políticos que son interpretados por actores. En sus relatos se habla del poder de las corporaciones y de la industria militar, de drogas recreativas y medicina enferma, de la presencia invasiva de la publicidad y de la manipulación a través de los medios. Se cuestiona el libre albedrío y la idea misma de la muerte. Y todo sin dejar de lado el humor (su hija, Isa, recuerda su sentido del humor como un rasgo fundamental). Trabajó como nadie la noción de que la realidad es una construcción de la mente. Y que quizás esa construcción es hecha por otra mente. Philip K. Dick finalmente abandonó esta realidad el 2 de marzo de 1982, a los 52 años, después de ver cosas que los humanos no creerían. Había pasado unos días en coma, en estado de semivida, tras un ataque cardíaco. Sus cenizas reposan junto a las de Jane.

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