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    Hiroshima

    Sr. Director:

    Una cálida mañana primaveral, bajé en el aeropuerto de Hiroshima procedente del de Haneda, en Tokyo.

    Me apresuré a tomar el ómnibus que nos llevaría al centro de la ciudad. Ya había comprobado en Tokyo que los japoneses hablan muy poco el inglés, de modo que tenía que seguir las instrucciones con mucho cuidado.

    Subí al ómnibus que manejaba el conductor, de impecable traje negro, camisa blanca, corbata, gorra y guantes inmaculadamente blancos, sentado en un asiento sobre el cual había una tela blanca de encaje.

    Me senté en la ventanilla y mi cabeza estaba casi pegada al vidrio como si así pudiera aprehender todo aquello. El sol de mayo salía por detrás de las montañas. Hiroshima amanecía. Aves pasaban volando, muchos ya estaban trabajando en el campo de sus casas.

    Pensé si aquel 6 de agosto de 1945 Hiroshima habría despertado de igual forma.

    Al aproximarnos al Centro se apreciaba una ciudad pujante que se aprestaba a iniciar el día. Los jovencitos de uniforme azul, medias blancas y zapatos negros iban en sus bicicletas rumbo a los centros de estudio.

    El hotel quedaba cerca del Centro de Convenciones y decidí ir hasta allí para saber con exactitud el camino que debería seguir al día siguiente.

    Mapa en mano le pregunté a un señor, que estaba esperando un ómnibus pero con toda naturalidad dejó su maleta ejecutiva en el piso y me pidió que lo acompañara media cuadra, hasta la esquina, y con señales me indicó que al frente tenía el Centro de Convenciones.

    Le agradecí la proverbial amabilidad japonesa, claro que todo mediante señas, que ya venía aprendiendo desde Tokyo.

    Ya en la habitación del hotel empecé a deshacer mi valija y dejar todo pronto para el día siguiente. Precisamente me tocaba disertar el mismísimo primer día.

    Ese día éramos muchos los occidentales, orientales y africanos que íbamos en dirección al mismo evento.

    Cuando llegué al Centro de Convenciones un escalofrío recorrió todo mi cuerpo: precisamente en ese lugar y desde 9.500 metros de altura fue lanzada Enola Gay, que explotó a unos 600 metros de altura. La detonación provocó una explosión equivalente a 16 kilotones de TNT. Varios incendios cuyo fuego se apreciaba a través de un humo negro, se multiplicaban por la ciudad, e inmediatamente se formó el hongo.

    Hiroshima fue destruida en sus casi tres cuartas partes. Mató de inmediato a unas 70.000 personas de las 150.000 que fallecieron en los días siguientes a la explosión.  Eso equivalía a la mitad de la población, calculada en 300.000 habitantes.

    Lo que ahora era un magnífico Centro de Convenciones tenía en sus entrañas esa terrible masacre y la presentación en sociedad de los efectos malignos de las radiaciones ionizantes.

    Hiroshima, la ciudad más grande de Chugoko, había sido elegida por su gran importancia militar.

    A 15 kilómetros habían estallado los vidrios de las casas. La ciudad fue casi totalmente destruida, construcciones de hormigón y muchas de madera.

    También la bomba mató a muchos integrantes de  una importante colonia coreana, católica. Se calcula que de los más de 600.000 muertos y heridos graves a que se llegó con los años, producto de la explosión, unos 70.000 eran coreanos.

    Sin embargo, la ciudad vivía a todo ritmo. Le pregunté al joven que me ayudaba a  disponer todo lo necesario para mi presentación si había tenido algún familiar afectado por la bomba. Con una sonrisa y luego de pensar, me respondió: “Sí, una amiga de mi tía abuela vivía acá entonces”.

    No agregó nada más.

    Si me hubiera despertado de pronto en esa ciudad, no imaginaría nunca que ahí había explotado la primera bomba nuclear, hija del Proyecto Manhattan.

    Todos los días veía ómnibus que paraban en el edificio contiguo al Centro de Convenciones y decenas de jóvenes con su uniforme azul, medias blancas y zapatos negros entraban a ese edificio.

    Un día hice yo lo mismo. Entrar allí fue como entrar en la antesala del infierno. Restos de cabello, mochilas quemadas, una foto de una sombra sobre un puente, un reloj parado en las 8.15 y miles de otros objetos, junto a un relato impecablemente objetivo, desde pantallas de TV en circuito cerrado, nos contaba cómo había sido el 6 de agosto de 1945, a las 8.15 en Hiroshima. Para complementarlo, había relatos de sobrevivientes que aparecían en las pantallas y otros de sobrevivientes vivos que en silla de ruedas contestaban lo que se les preguntara.

    La gran maqueta de la ciudad antes y después del Enola Gay era suficiente para hacerse una idea aproximada de aquel infierno. La foto de la sombra era lo que había quedado de un niño que estaba sobre un puente. Muchos niños fueron víctimas de la bomba, ya que coincidió con la hora de entrada a clases

    Me fui del Museo Memorial de la Paz como una autómata. Me llegó a tal punto que, increíblemente en mí, no pude sacar ni una foto. No porque estuviera prohibido sino porque no pude. Estaba como paralizada.

    Los estudiantes tienen obligación de visitar el museo, al menos una vez en su vida.

    Atrás del museo está el Sarcófago, Cúpula Genbaku, único testimonio que se quiso dejar del hecho y el Parque Memorial de la Paz con el monumento a Sadako, la niña que afectada por los efectos de las radiaciones ionizantes, a los 12 años, hacía grullas de papel siguiendo una tradición japonesa que decía que cuando llegara a las mil se salvaría. Llegó a las 600...

    En su memoria, todos los 6 de agosto se sueltan grullas.

    Hiroshima fue declarada Ciudad de la Paz y Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

    El gran problema que tuvieron los japoneses fue que al ser desconocidos hasta entonces los efectos de las radiaciones ionizantes, no sabían cómo tratarlas. A ello se agregó que casi el 90% de los médicos había fallecido o sufrido graves lesiones a consecuencia del estallido.

    Pero, a los 15 días de la explosión, ya se impartía clases en las calles.

    Y esa primavera, contra todos los pronósticos, volvieron a florecer los cerezos...

    Dra. Diva E. Puig

    Consultora internacional en

    Derecho Nuclear-Seguridad

    Nuclear y Radiológica