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    Hoc, ergo propter hoc: la vieja falacia sigue reclutando practicantes

    Sr. Director:

    1 La pandemia del coronoavirus, además de poner en peligro nuestra salud corporal, también amenaza con contaminar aquello que Kant se refería como el ejercicio público de la razón. Entre las múltiples modalidades sintomáticas de esa contaminación selecciono dos para ilustrar el punto. Si bien ambas modalidades comparten una misma raíz viciosa, lo cierto es que inducen a los afectados a ubicarse en posiciones opuestas con respecto a la autoridad de los pronunciamientos y las recomendaciones prevalecientes en la comunidad científica en torno a la enfermedad. En efecto, mientras que un grupo invalida tales pronunciamientos y recomendaciones como injustificados –e incluso asociados a objetivos liberticidas– el grupo opuesto, en cambio, adopta una sumisión reverencial y acrítica con respecto a ellos, como si se trataran de oráculos inequívocos, definitivos e irrevisables. En ese sentido, se puede decir que ambos grupos se segregan de la razón pública, de aquel mundo compartido en que intercambiamos testimonios y consideraciones, dispuestos a revisar continuamente nuestras conclusiones, al que Heráclito se refería como el “koinos kosmos”, a la vez que pasan a refugiarse en sus mundos privados, sus “idios kosmos”.

    En todo caso, los cultivadores avezados de las disciplinas científicas son conscientes de que su actividad se basa en una secuencia endógenamente ordenada de revisiones y rectificaciones, y ellos mismos se adelantan a denunciar la cantidad de falacias y de desprolijidades que se encuentran en los trabajos de los investigadores mejor acreditados. En ese sentido, resultan ilustrativas las contribuciones de John Ioannidis, catedrático e investigador asociado a la Universidad de Stanford. Ioannidis es profesor de Medicina, Investigación y Políticas de Salud, así como de Ciencia de los Datos Biomédicos en la Escuela de Medicina de la Universidad Stanford, y profesor de Estadística en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad de Stanford. Es director del Centro de Investigación de Prevención de Stanford y codirector, junto con Steven N. Goodman, del Centro de Innovación en Metainvestigación de Stanford (metrics). También es el editor en jefe del European Journal of Clinical Investigation. ? Fue presidente del Departamento de Higiene y Epidemiología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Ioannina y profesor adjunto de la Facultad de Medicina de la Universidad de Tufts. ? Ioannidis estudia la investigación científica en sí misma, especialmente en medicina clínica y ciencias sociales. Es uno de los científicos más citados en la literatura, y su artículo de 2005 Por qué los hallazgos de investigación más publicados son falsos?? es el documento más descargado de la Public Library of Science, y en la plataforma de acceso abierto a publicaciones científicas Mendeley, Ioannidis cuenta con el mayor número de lectores en materia de ciencia. ?En otro artículo de 2005, Ioannidis analizó 49 de los hallazgos de investigación más respetados en medicina en los últimos 13 años. El documento comparó los 45 estudios que afirmaron haber descubierto intervenciones efectivas, con los estudios posteriores hechos con muestras de tamaño más grandes: 7 de los estudios (16%) se contradijeron, 7 tuvieron efectos que fueron más pequeños en el segundo estudio que en el primero (16%), 20 pudieron replicarse (44%) y 11 resultaron en gran medida indiscutibles (24%).?

    Por desgracia, el propio Ioannidis, a pesar de toda su versación epistemológica y su rigor analítico, incurrió recientemente en una pifia mayúscula. En una publicacion fechada en mayo de 2020 afirmó que “la evidencia muestra claramente que Covid-19 es mucho menos letal de lo que se temía. Una vez que corrige la gran cantidad de casos no detectados, tiene una tasa de mortalidad comparable a la de una temporada de gripe severa, al menos en áreas donde los hospitales y hogares de ancianos no se han visto abrumados. También vemos que la letalidad de Covid-19 tiene una relación con la edad pronunciada, con alrededor del 90% -95% de las muertes en Europa entre los mayores de 65 años. Para los niños y jóvenes sabemos que Covid-19 es menos letal que la gripe”. Supongo que a esta altura el Dr. Ioannidis ha reconocido su error y ha asumido su responsabilidad por su aliento indirecto a las tribus de energúmenos encabezadas por los Trump y los Bolsonaro a nivel internacional, a las que podríamos agregar nuestras versiones locales: el Dr. Salle, los pastores protestantes de Río Negro que atribuyen a la vacuna la muerte de Sandra Dodera, un corresponsal de Búsqueda que en la edición del 3/6/21 sugiere un vínculo causal entre el comienzo de la campaña de vacunación y el aumento de los contagios, etc.

    Como es obvio, la pifia puntual de Ioannidis no disminuye el valor de sus contribuciones acumuladas a lo largo de toda su trayectoria, ni tampoco mi reconocimiento por todo lo que aprendí en ese terreno tan poco frecuentado por los filósofos: la epistemología a nivel del laboratorio, en el mano a mano con los datos. En todo caso, el episodio entero viene a confirmar hasta qué punto están expuestos los científicos a incurrir en la vieja falacia que los jóvenes estudiantes del primer ciclo de las artes liberales –el trivium, compuesto de gramática, lógica y retorica– aprendían a distinguir hace casi un milenio. La falacia en cuestion –hoc, ergo propter hoc– es cometida toda vez que, a partir de la comprobación de una correlación entre dos factores o variables, se infiere, en forma apresurada e injustificada, la existencia de un nexo causal entre ambos. Precisamente, a lo largo de este año y medio de transcurso de la pandemia, la comunidad científica a nivel mundial, enfrentada a una realidad desconocida, ha ido para adelante y para atrás, ha desaprobado los cuarentenas y luego las ha reivindicado, ha validado la inoculación de plasma desde pacientes ya recuperados a pacientes recién contaminados y luego la ha descartado, ha suspendido la aplicación de una de las plataformas vacunatorias –la Astrazeneca– y luego renovó su autorización, etc. Sin embargo, esa trayectoria de revisiones, no debería disminuir un ápice nuestra apuesta y nuestra confianza primaria en la investigación científica como procedimiento indagatorio expuesto a controles públicos sistemáticos. Eso sí, como contrapartida de esa confianza, la comunidad científica debe cultivar a fondo la humildad y la transparencia, ya que solo así fortalece la fuente genuina de su autoridad frente a las dos tribus de suspersticiosos. Me refiero a la tribu de los beatos cientificistas, que asumen cada uno de sus diagnósticos y recomendaciones puntuales como incuestionables, por un lado, y, por el otro, la tribu de los negacionistas paranoicos, siempre prontos a denunciar conspiraciones siniestras detrás de cada campaña sanitaria.

    En todo caso, no tenemos autoridad ni suficientes elementos de juicio –al menos por ahora– para evaluar cómo se han desempeñado los integrantes de nuestra comunidad científica local a lo largo de este período, si todos o solo algunos se han ajustado a las exigencias de humildad y transparencia que los convierte en acreedores de nuestra confianza primaria, o si, por el contrario, algunos de ellos se han apresurado a dirimir las incertidumbres inevitables que plantea nuestra coyuntura epidemiológica actual, a pesar de que carecían de ciertas informaciones imprescindibles. Así, por ejemplo, ¿por qué a partir de febrero de 2021 se dispararon los indicadores de contaminación, con su secuela de internaciones en cuidados intensivos y de fallecimientos? ¿Se debió a la introducción desde Brasil de una nueva cepa con mayor capacidad de contagio? Si fuera así, ¿qué medidas se deberían haber adoptado? Otras dos alternativas para dar cuenta de esa aceleración de la epidemia: i) el aumento de la movilidad de la población inducido por las autorizaciones concedidas a actividades que por sus condiciones y características multiplican las oportunidades de contagio; ii) el aflojamiento de los cuidados y las precauciones sanitarias por parte de algunos sectores de la población. Por desgracia, en nuestro medio se carece de informaciones sistemáticas acerca de cómo han ido evolucionando las disposiciones de los distintos sectores de la población –agrupados según la edad, el sexo, el nivel educativo, la inserción laboral, los niveles de ingresos, las zonas de residencia–, a acatar las prescripciones sanitarias, así como a confiar en los mensajes de las autoridades sanitarias. No ocurre lo mismo en francia, en donde las encuestas descubren profundas fracturas y una amplia diversidad de comportamientos. Ese tipo de informaciones quizás podrían ayudarnos a explicar variaciones de las tasas de casos nuevos de contagio en los distintos departamentos. Así, por ejemplo, Rivera no solo es el departamento que tiene menor índice de Harvard que el resto, sino que además, viene registrando una baja permanente de dicho índice, al punto tal que si se prolongara la tendencia actual en esta semana, sería el único por debajo de 25, es decir, en la zona naranja. Su porcentaje de vacunación es inferior al de Flores y Durazno, pero como contrapartida, la alta tasa de contagios en el pasado compensa esa diferencia, por cuanto se supone que los pacientes contagiados adquieren inmunidad. En cambio, lo que no sabemos es si el comité de emergencia local ha adoptado medidas específicas, si sus mensajes a la población riverense han sido diferentes, si los liderazgos locales y los “influencers” contribuyeron o no a esa mejora sistemática del índice de Harvard, después de haber sido el peor de la clase y la fuente a la que se atribuían todos los brotes.

    Así, pues, dada la ausencia de información acerca de los eslabones del comportamiento, confieso que estaría tentado a considerar como insuficientemente justificadas a las recientes recomendaciones perentorias del GACH a bajar la movilidad y, en particular, a las declaraciones del Dr. Rafael Radi a Búsqueda del 27 de mayo en ese mismo sentido. Sin embargo, si me dejara arrastrar por esa tentación incurriría en el mismo pecado de soberbia ignorante que practican muchos integrantes del sistema político uruguayo. Por lo mismo, opto por llamarme a silencio, dejar que hablen voces más autorizadas que la mía en ese terreno y, en cambio, concentrarme en aquellos asuntos en los que me parece que puedo opinar con más fundamento: los desempeños de nuestros dirigentes políticos y en particular, la calidad de sus contribuciones a lo que debería ser un debate público esclarecedor. En esta oportunidad, y para mantener cierta ecuanimidad, voy a referirme a los furcios cometidos por el senador Óscar Andrade y por el presidente Luis Lacalle Pou.

    En cuanto al senador Andrade, resultaron muy ilustrativos sus comentarios en el programa televisivo Polémica en el bar con respecto a la reunión mantenida por el presidente Lacalle con los representantes de todos los partidos políticos con representación parlamentaria. En esa oportunidad, el referido senador manifestó su frustración por la renuencia obstinada del presidente Lacalle a tomar en cuenta las recomendaciones de la comunidad científica en el sentido de establecer un cese de todas las actividades no esenciales por un período de tres semanas, como la única solución capaz de detener la circulación comunitaria del virus y su espiral de contagios, internaciones y fallecimientos. Hasta ese momento, la argumentación desarrollada no solo destacaba al propio senador como un devoto adherente a la palabra oficial de la ciencia, sino que, además, presentaba al presidente Lacalle como alguien dispuesto a prestar oídos sordos a esa palabra oficial. Una intervención del senador Camy, a mi juicio despistada e inoportuna, pretendió defender la tesitura adoptada por el gobierno como guiada por otras consideraciones ajenas a la salud, pero el propio senador Andrade se encargo de reubicar la discusión en un terreno muy bien acotado, señalando que sus discrepancias con el presidente residían en que este no creía que el pueblo uruguayo iba a acatar esa medida. En ese momento, una intervención lúcida de la periodista Patricia Madrid puso las cosas en su lugar e hizo que reinara la luz sobre una acumulación de confusiones. Para ello bastó que le preguntara al senador Andrade por qué él creía que la medida iba a ser acatada y su respuesta terminó de “destapar el tarro”: “porque yo tengo confianza en el pueblo uruguayo”. Era como para aplicar el dicho de los guardas de ómnibus de antes: “cerrá atrás y vamos”. En efecto, en un segundo el senador Andrade había pasado de la beateria científica a la beatería patriótica.

    En cuanto al presidente Lacalle entiendo que cometió un pecado grave contra el pluralismo democrático cuando, habiendo convocado para un miércoles a una reunión con los representantes de todos los partidos políticos, se adelantó el día anterior a otorgar una entrevista al Canal 10, en la que fijó su posición sobre todos los temas que se iban a discutir al otro día, no dejando así margenes para que el debate interpartidario resultara rendidor.

    Carlos Pareja

    CI 575.187-6