A Homam le resulta difícil acostumbrarse a la vida en Uruguay. Aunque huye de un país donde las bombas, los secuestros y los asesinatos se han vuelto moneda corriente, encuentra que algunas calles de Montevideo “asustan”. Le sorprende que haya personas durmiendo en la calle, que se consuman tantas drogas y alcohol, y que los jóvenes no se casen. Sabe de memoria el Corán —el libro sagrado del Islam— y reza cinco veces al día. A los uruguayos les incomoda que sea árabe, sostiene, e incluso le han gritado “terrorista” en la calle.
Homam llegó hace seis meses desde Damasco, la capital de Siria, y hace un par de semanas consiguió que la Cancillería uruguaya le concediera refugio. Huye, como tantos otros sirios, de la violencia que aqueja al país, fruto del enfrentamiento entre fuerzas rebeldes y el gobierno de Bashar al-Assad.
Refugio.
Uruguay concede refugio a quienes por “fundados temores de ser perseguidos por motivos de pertenencia a determinado grupo étnico o social” se encuentran fuera de su país y no quieren o no pueden acogerse a la protección de ese país; o a quienes han huido de su país porque su vida, seguridad o libertad están amenazadas por la “violencia generalizada, agresión u ocupación extranjera, terrorismo, conflictos internos, violación masiva de derechos humanos”, según se establece en la ley 18.076.
Al arribar al país, el solicitante de refugio obtiene una identificación provisoria y tiene autorización para quedarse hasta que recibe la respuesta definitiva. Las solicitudes son analizadas por la Comisión de Refugiados (Core), integrada por representantes del Ministerio de Relaciones Exteriores, de la Dirección Nacional de Migración, de la Universidad de la República, del Poder Legislativo, de una ONG dedicada a los derechos humanos y un representante del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur).
Homam es uno de los casi 250 refugiados y solicitantes que hay en Uruguay en la actualidad. A mediados de marzo Búsqueda informó sobre la decisión del gobierno de recibir como refugiados a cinco prisioneros de la cárcel de Guantánamo, ubicada en Cuba.
Conflicto en Siria.
Más de dos millones y medio de sirios han abandonado el país, golpeado por una guerra civil que ya lleva tres años. Huyen del caos, de las bombas, de la escasez de alimentos, de los precios impagables, de la falta de trabajo.
El gobierno uruguayo no es ajeno a esta situación. Un par de semanas atrás anunció su intención de traer entre 50 y 70 niños sirios que se encuentran en un campo para refugiados en Jordania y alojarlos en la Estancia Anchorena (Búsqueda 1.763)
“Amo Siria, y amo vivir en Siria”, dice Homam. Pero luego de que estalló el conflicto todo se volvió “demasiado estresante”.
Estudiaba traductorado en la Universidad de Damasco. Pero debido a la guerra ya casi no tenía clases, y muchas veces debía huir de la universidad escapando de los disparos. “En el pasado era un país muy seguro. No había robos, podías caminar seguro por todas partes. Pero ahora, estás caminando tranquilo y de pronto hay un enfrentamiento; el conflicto empieza de repente, y todo el mundo corre a esconderse en sus casas, en el mercado, esperando que se calme”, cuenta. “La gente ya empieza a acostumbrarse a estas cosas”, dice resignado.
Para Homam, quien pidió mantener su nombre completo en reserva, no es extraño ver cómo las personas son asesinadas en la calle. “Todos en Siria han visto a personas ser asesinadas a disparos”, dice. Las torturas y los secuestros también son algo cotidiano. Muchos secuestros son para cobrar rescate, explica.
La violencia no es el único problema que trae aparejado la guerra: el desabastecimiento de alimentos y productos importados, el aumento de los precios, el cierre de escuelas y la pérdida de las fuentes de trabajo hacen que para las familias sea cada vez más difícil subsistir. “Para conseguir un poco de pan tenías que hacer colas de cinco o seis horas”, relata Homam. “Los precios se quintuplicaron y alquilar en Damasco es imposible”, añade. Sucede que muchas personas se han mudado desde las periferias al centro de Damasco, porque es más seguro. Por eso ahora los alquileres rondan los 400 dólares por mes y una habitación puede costar unos 200 dólares, explica, cuando el salario promedio es de 120 dólares.
Además, hoy “es imposible conseguir un trabajo con un salario digno”, ya que muchos empleadores se aprovechan de la situación y pagan muy poco, sostiene.
Viaje.
Homam nunca había escuchado hablar sobre Uruguay. “Normalmente conozco los nombres de los países, pero Uruguay no me sonaba”, reconoce. Y en parte gracias al bajo perfil de este destino “desconocido” fue que logró, con relativa facilidad, obtener una Visa para viajar a Uruguay como turista.
Es que mientras otras embajadas en el Líbano —muchas embajadas en Siria cerraron por el conflicto— estaban abarrotadas de personas intentando conseguir una visa, la embajada uruguaya en ese país estaba “vacía”. “No conozco a nadie que haya pensado en venir a Uruguay”, dice.
Homam solicitó una visa en la embajada de Canadá, pero lo rechazaron. También se comunicó con personas en Líbano que tienen “contactos” en las embajadas y consiguen visas para viajar al extranjero. Pero el costo de las “gestiones” es muy alto: “te cobran más de 2.000 dólares”, explica.
Aunque su familia no apoyaba la idea, Homam comenzó a pensar cada vez más seriamente en irse de Siria. A través de Internet investigó algunas posibilidades y se puso en contacto con varias personas extranjeras que le ofrecieron ayuda. Entre ellos, un joven uruguayo llamado Ignacio Vanrell le sugirió que pidiera refugio en este país. Luego Ignacio llamó a la embajada de Uruguay en Beirut, capital del Líbano, y averiguó qué se necesitaba para obtener la visa. En la embajada le sugirieron que enviara una carta diciendo que se haría responsable de Homam a su llegada a Uruguay, porque tener conocidos y un lugar donde residir aumentaría sus chances de obtener la visa. Así lo hizo. Entonces Homam fue a Beirut a presentar sus papeles, y quedó a la espera. Un mes más tarde le llegó la respuesta por mail: concedida la visa de turista por tres meses. Una semanas después iniciaba su viaje. Tras casi dos días de vuelo —con escalas en Damasco, Beirut, Abu Dhabi, San Pablo—, llegó a Uruguay la noche del 4 de diciembre de 2013.
Uruguay.
“Fue un tiempo difícil para mí”, dice Homam, recordando su llegada al país. Si bien había estudiado español por unos meses en Siria, no se imaginó que le costaría tanto comunicarse. Habla muy bien inglés, aunque con un acento muy marcado. De todas formas, las personas no se interesan en tratar de entenderlo, aun cuando manejan el inglés, afirma. Lleva siempre en su bolsillo un diccionario inglés-español y dedica buena parte de sus ratos libres a estudiar el idioma. Planea revalidar la Secundaria aquí —le piden que tome dos exámenes, de historia uruguaya y de Derecho— para ingresar en la Universidad. “Quisiera estudiar Traductorado o Relaciones Internacionales”, cuenta.
Homam vive en la oficina de la empresa de Miguel Vanrell, primo de Ignacio, quien también lo recibió y lo ayuda en lo que necesita. Además pasa varias horas en el Centro Islámico, donde colabora con algunas tareas.
Extraña, pero por ahora no piensa en volver a su país. Al menos no hasta que se calme el conflicto.
¿Que le sorprendió de Uruguay? Los precios. “Todo es muy caro. Increíble. Ya me habían advertido, pero pensé que exageraban”. También que haya personas durmiendo en la calle. “Eso no se ve en mi país. Incluso luego de la guerra, cuando la gente quedó muy pobre, nunca vi esto”.
Homam piensa que la cultura uruguaya es “muy cerrada”, y que no gustan quienes son diferentes. “Tenés que tratar de parecerte lo más posible, y ocultar que no sos de acá”, afirma. “A veces actúan bien, pero te miran raro”. Dice que trata de comprar en los grandes supermercados, porque en las tiendas pequeñas, cuando ven que es extranjero, le cobran más caro.
“Los árabes somos juzgados de forma injusta en todo el mundo”, sostiene Homam. La imagen de ellos —promovida por los estereotipos que se ven en el cine y la televisión— es que son “anticuados y estúpidos”. En las películas siempre aparecen árabes llenos de bombas, que gritan “por Alá” y explotan, se queja. Pero “los terroristas no tienen religión”, dice con firmeza. “Ninguna religión le pide a las personas que mate a otros. Tampoco el Islam”.