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    Ideología y pragmatismo del electorado uruguayo

    N° 1854 - 11 al 17 de Febrero de 2016

    En “Qué se dice cuando se dice ser de izquierda” (“El Observador”, lunes 8), Leonardo Pereyra examina el significado del término para la propia izquierda, como lo indica su título, y también desde un punto de vista más académico. Completa la discusión un análisis sobre cómo las oposiciones, blancos, colorados e independientes, “les escapan a las definiciones de izquierda y derecha” (en nota separada, en el mismo lugar, “Una oposición moderada y enamorada del centro”).

    Pereyra muestra que dentro de la izquierda nacional hay diferencias sobre el significado de “izquierda” (por ejemplo, hasta qué punto el crecimiento económico sería “una seña de identidad de la izquierda”). Sin enfatizar esas diferencias, sin embargo, cita una definición de Danilo Astori: “ser de izquierda sigue teniendo un significado muy claro: la prioridad absoluta es cambiar a favor de la igualdad de oportunidades… de la gente, de toda la gente” (en reportaje a “La República”, el 28 de diciembre). Desde la política y la academia este juicio es compartido, en lo esencial, por Julio María Sanguinetti y Adolfo Garcé. Consultados por “El Observador”, ambos “coincidieron acerca de que la preferencia de la igualdad por sobre la libertad ha caracterizado el transcurrir de la izquierda en el mundo”.

    En las investigaciones contemporáneas hay tres grandes formas de entender el significado de izquierdas y derechas. Una de ellas, de raíz académica, define explícitamente cuáles son los atributos de los principales objetos políticos (partidos, líderes o ideas) que los identifican como de izquierda o derecha. No hay una única definición, pero las diferencias entre las distintas definiciones son más bien de detalle (porque todas ellas se apoyan en la experiencia histórica, particularmente la europea). La izquierda como “preferencia de la igualdad por sobre la libertad” es, efectivamente, una de las características centrales de estas definiciones académicas, o se deduce directamente de ellas.

    Según una segunda familia de definiciones, muy distinta a la anterior, en cada lugar y momento particulares izquierdas y derechas son, directamente, lo que actores y observadores profesionales (políticos, comunicadores, analistas) dicen que son. Estas definiciones también forman una familia (tienden a coincidir entre sí: cuando varios observadores dicen que el partido X es de izquierda y el Z es de centro-derecha, la mayoría de los observadores los ve en esos términos). Además, investigaciones recientes han mostrado que estas definiciones usualmente clasifican a partidos, líderes o ideas de la misma forma que las definiciones académicas. Esto es razonable, porque estos actores y observadores suelen tener educación terciaria (o son asesorados por los que la tienen), y en última instancia sus juicios derivan de la visión de los académicos.

    Según una tercera familia de definiciones, formalmente similar a la segunda, en cada lugar y momento particulares izquierdas y derechas son lo que los votantes dicen que son; estas definiciones se basan en encuestas. En los contextos con cierta experiencia en ellas (como Uruguay), distintos estudios tienen conclusiones similares: si algunas encuestas encuentran que la gente dice que el partido Y es de centro izquierda y el W es de derecha, todas o casi todas las encuestas los ven en esos términos. Pero estas definiciones no siempre conducen a resultados iguales o similares que los de las dos familias anteriores. En Europa sí; los juicios de la población tienden a coincidir con los de los expertos (y los de las definiciones abstractas). Pero en América Latina se observan situaciones diferentes: en algunos países coinciden (Chile, Uruguay), en otros no (Argentina, Brasil).

    Los juicios de esta última familia, los basados en los votantes, dependen de la experiencia histórica de los electorados. Nadie aprende en la escuela o el liceo que el partido tal es de izquierda y el partido cual es de derecha; esos son aprendizajes de la vida diaria (con los amigos, la familia, en el trabajo). Necesitan que haya partidos y figuras claramente diferentes entre sí que sean regularmente identificados como de izquierda o de derecha. Las elites intelectuales y profesionales de la política pueden expresar conceptualmente (en términos abstractos) lo que la mayoría de los votantes solo ve en términos muy concretos: izquierda es el partido tal, derecha es el partido cual. Por eso una extensa serie de estudios ha mostrado que los electorados no saben o no entienden bien el significado (abstracto) de izquierda y derecha. Pero con un poco de experiencia los reconocen. Para la mayoría de los votantes uruguayos, izquierda es el Frente Amplio (FA) y sus principales líderes, y derecha son sus opuestos.

    Esta discusión, aunque engorrosa, ayuda a entender algunos problemas y debates contemporáneos. Por ejemplo: ¿por qué “las oposiciones, blancos, colorados e independientes, ‘les escapan a las definiciones de izquierda y derecha’?”. Porque sus elites dirigentes piensan izquierdas y derechas en términos de las definiciones abstractas, y por lo tanto, de maneras bastante diferentes a las dominantes entre sus votantes. Blancos y colorados son anteriores al nacimiento de las izquierdas europeas, son más viejos que el Manifiesto Comunista; no usaron sus terminologías. Pero la investigación comparada ha mostrado que entre las elites políticas occidentales “la derecha” quedó mal parada después de la II Guerra Mundial, porque quedó asociada al bando perdedor (y pecador). Por lo tanto, las elites opositoras uruguayas no pueden identificarse con la derecha. Tampoco con la izquierda, porque de esa bandera se apropió “el nuevo”, el FA. Sin embargo: para sus adherentes y votantes, desinteresados en estas abstracciones, si el FA es la izquierda, entonces ellos son la derecha, sin inhibiciones ni problemas.

    Los liderazgos del FA también tienden a pensar las izquierdas y derechas según sus definiciones abstractas, de maneras distintas a las de la mayoría de sus votantes. Si la mitad mayor ya vota a la izquierda, y es de izquierda en ese sentido más abstracto, entonces para conservar o acrecentar su electorado el FA tendría que mantener o acentuar su “izquierdismo” (so pena de perder votantes que se abstienen o votan a su izquierda). El problema está en que la mayoría de sus votantes no votan a la izquierda en abstracto; votan al FA. Conservar o mejorar su parte en ese electorado no requiere que el FA sea tan o más de izquierda que en 2004 (o 2009, o 2014), sino que el FA siga siendo para ellos una opción mejor que su competencia.

    Este no es un terreno ideológico, sino sumamente práctico. Es en este terreno práctico que se definirá el momento en el que el FA perderá (como los colorados en 1958) su condición de partido predominante. Es inevitable que pierda esa condición: en una democracia, ese es el resultado normal de la acumulación de errores, fatigas, soberbias, sorderas y mera mala suerte de un largo período de gobierno. El cuándo y el cómo depende de los partidos. Los líderes del partido de gobierno y de los partidos que tratan de conquistarlo probablemente deberían tener muy en cuenta el carácter pragmático, no ideológico, de las preocupaciones de la mayoría del electorado.