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    Ilustrados

    N° 1933 - 31 de Agosto al 06 de Setiembre de 2017

    Tal vez sea cierto que cada época tiene su emblema; una figura que resume sus contenidos principales de modo suficiente y sintético. Podríamos decir, por ejemplo, que la Acrópolis o la Orestíada dicen todo lo que hay que decir de la grandeza de Atenas; o que las catedrales góticas, la Summa Teológica y el canto ambrosiano son el testimonio elocuente de la gloria que fue la Edad Media; o que Florencia simboliza y guarda toda la audacia y el encanto del Renacimiento; o que Descartes, Richelieu, Pascal y los estudios para viola da gamba de Sainte-Colombe o las tragedias de Corneille y de Racine inmortalizan con justicia el Grand Siécle de Francia. Con la Ilustración no acontece lo mismo; no hay una figura que atesore en un solo trazo la compleja y rica concurrencia de realidades y hallazgos de toda índole que caracterizó a ese período.

    Tal dificultad es seguramente lo que caracteriza a la Ilustración, porque al no tratarse de una ideología, de una comparecencia deliberada de personas o de obras en torno a un mismo principio rector, al no ser siquiera un movimiento de voluntades o de opinión, sino tan solo una concurrencia de gestos y de actitudes que se codificaron en distintos órdenes de la realidad, parece por demás imposible la sencilla reducción sintética. Me explico: la pintura de Watteau, el pensamiento de Kant, las leyes de Boyle y Mariotte, la Enciclopedia de Diderot y D’Alambert, los tríos de Haydn, la novela Tristam Shandy, la anglofilia de los intelectuales franceses, las Indias Galantes de Rameau, el aprecio de Voltaire por la libertad de pensamiento y el poder absoluto (aunque culto) de los reyes, la Declaración de la Independencia de las colonias de América donde se consagra la felicidad como un derecho de las personas, las muchas cartas de Madame de Staël, los clérigos, jueces y políticos crucificados por Hogarth, las críticas certeras y crueles de Samuel Johnson y su Diccionario, la ley de la gravitación universal, el ministro Aranda (que amaba a Francia y defendió los fueros de la filosofía y de las luces), la pelucas empolvadas de nobles y burgueses, los sans culottes, el rey Federico de Prusia, David Hume, Mandeville y Adam Smith son, entre muchos otros signos, expresiones incontestables de la Ilustración. Pero ninguno, ni siquiera totalmente Kant en un afamado opúsculo que dedica al tema, puede explicar totalmente la variedad de estímulos y aperturas que definió a esa tan ingente y polémica fase de la cultura moderna.

    Dos libros de Tzvetan Todorov (editados por Galaxia Gutenberg, Océano) intentan trazarle fronteras al fenómeno a partir de los contenidos. Uno de ellos lleva por título El espíritu de la Ilustración e inevitablemente trata del repertorio de notas que caracterizan lo que el autor denomina el Proyecto. Creo que la sola mención del concepto ya implica un sesgo, quizá una advertencia. No veo en la historia del siglo precedente, que es la que verdaderamente ha de forjar la inmerecida gloria del siglo XVIII, ningún indicio de voluntad o plan para establecer las confluencias que finalmente se dieron. Los fuertes golpes de timón que definieron Descartes, Spinoza, Pascal, en menor medida Bayle y antes Bacon y luego Locke; lo abierto por la racionalización de la reforma de la autoridad del Estado que felizmente llevó a cabo Richelieu, la pintura de Philippe de Champaigne, de Le Brun, y anteriormente el retratismo flamenco de tanta presencia en Francia, nada de eso, quiero decir, implica o sugiere la idea de proyecto. Considero, más bien, que acomodadas las placas tectónicas luego de Trento, la religión, a partir de la segunda mitad del siglo XVII, encontró su espacio, y se asumió en buena vecindad con el racionalismo y la ciencia. Por eso me gusta pensar en un conglomerado consistente de efectos, y no tanto en un proyecto. La idea de la búsqueda independiente de la verdad, contrariamente a lo que pretende Todorov, ya estaba inscripta; la de laicidad hay que decir que tampoco es original, es un desprendimiento lógico de los hechos que algunos políticos del siglo XVIII convirtieron en propaganda.

    El otro libro se llama La pintura de la Ilustración y es una asistencia ilustrada y comentada en clave de relación entre estética y sociedad, del mismo asunto. Abarca de Watteau a Goya; y por sus láminas y algunas de sus observaciones (en particular las que merece el arte único de Wailliam Hogarth) es ampliamente recomendable.