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    Impedimos la boda y nos rajamos en bondi

    A 50 años de El graduado, de Mike Nichols, con Dustin Hoffman, Katharine Ross, Anne Bancroft y música de Simon & Garfunkel

    El rubio galán, seguro de sí mismo, ganador, con pinta de surfista estaba inquieto. No sabía por qué razón el director se mostraba molesto con su forma de encarar el personaje. No había ninguna indicación en particular, ningún error a corregir, nada que objetar.

    —¿Has tenido alguna vez problemas con las mujeres? —le preguntó Mike Nichols.

    —No entiendo la pregunta —respondió Robert Redford.

    Es que el papel, aunque en la novela original reclamaba claramente un tipo con el físico de Redford, no era para él. Se necesitaba más bien a un individuo pequeño, sin pinta, introvertido, que físicamente destilara ese no saber qué hacer con su vida y pasara en cierta forma inadvertido. El personaje calzaba para ese actor desconocido que estaba allí sentado, contra una pecera y con mirada de despiste, un narigón de voz nasal de 29 años que la magia del cine haría pasar por un adolescente recién graduado, un tal… Dustin Hoffman.

    Y así ocurrieron las cosas. El joven que vuelve a casa luego de terminar sus estudios secundarios, que no sabe qué le deparará el futuro y lo sueña de un modo difuso mientras flota en la colchoneta de la piscina, que desea ser “diferente”, que le aconsejan que se dedique al negocio de los “plásticos”, que es seducido por una hermosa mujer mayor pero en realidad está enamorado de la hija de esa mujer, terminará encarnando a toda una generación disconforme y angustiada con la vida y el entorno en El graduado, el gran éxito de taquilla de 1967 junto a Bonnie & Clyde, de Arthur Penn, dos películas que abrieron el camino para un cine fresco, descontracturado, de nuevas perspectivas, que luego plasmarían realizadores como Robert Altman, Martin Scorsese, Peter Bogdanovich y Bob Rafelson, entre otros. Antes de Woodstock, de los festivales de rock y tóxicos, estaba El graduado, que además se llevó un Oscar a la mejor dirección para Mike Nichols. Y antes de Jimi Hendrix y de su Machine Gun, estaban Simon & Garfunkel, que eran mucho más melodiosos, amables y medidos en su protesta, pero igual de certeros que el guitarrista zurdo.

    Sí, una comedia sobre la sexualidad incipiente, sobre la incertidumbre y las dudas en los adolescentes y sobre la frustración en los adultos (básicamente concentrada en el personaje de Mrs. Robinson de Anne Bancroft), con múltiples situaciones irónicas y graciosas, pero también con sus ribetes amargos, como ese maravilloso y sostenido plano final, donde la sonrisa de los novios comienza a borrarse levemente para dejar lugar al tiempo presente de las eternas dudas: ¿y ahora qué?

    Ya se lo había dicho una octogenaria señora el día del estreno, según lo recuerda el propio Dustin Hoffman: “¿Es Ud. el joven de la película? Su vida no volverá a ser la misma”.

    A partir de su personaje Ben Braddock, por el que cobró 17.000 dólares, Hoffman (1937) comenzaría una resonante carrera en cine, con papeles destacadísimos como el Ratso de Perdidos en la noche (1969), de John Schlesinger, el marido engañosamente pacifista y pusilánime de Los perros de paja (1971), de Sam Peckinpah, o la soberbia composición de Lenny Bruce en Lenny (1974), de Bob Fose, aunque las estatuillas de Hollywood vendrían por otros trabajos no tan valiosos (Kramer vs. Kramer en 1979 y Rain Man en 1988). Y los salarios monstruosos serían cobrados por mediocrísimos títulos como Hook (dos millones de dólares) e Ishtar (seis millones de dólares).

    Famoso debido a su perfeccionismo para actuar, Hoffman —se pensó en él para encarnar a Don Corleone en El Padrino y al cazador de androides Deckard en Blade Runner— tuvo inconvenientes más de una vez con otros intérpretes. Uno de los más famosos fue con Laurence Olivier, cuando rodaban Maratón de la muerte. En un alto del rodaje, a la hora de la cena, Olivier preguntó por Hoffman y le dijeron que estaba encerrado en su habitación, que no quería tener contacto con nadie para no tener que “salir” de su papel.

    —¿Es que no sabe actuar? —fue la inmediata reacción de Olivier.

    También fue la magia del cine —mejor dicho: la enorme categoría de una actriz— la que convirtió a Anne Bancroft (1931-2005), apenas seis años mayor que Hoffman en el momento de rodar El graduado, en una sensual mujer madura, cuya pierna derecha inmortalizó para siempre el afiche de esta película.

    En cuanto a Katharine Ross (1940), su celebridad alcanzó el punto máximo gracias a Butch Cassidy (1969, de George Roy Hill), que la convirtió en la belleza iconográfica de su generación. Una postal de la historia del cine es el paseo que hace con Paul Newman sentada en el manubrio de la bicicleta, mientras suena Raindrops Keep Fallin’ on my Head, de Burt Bacharach, en la voz de B. J. Thomas. Luego de este papel, poca cosa más para Ross, a no ser cuatro divorcios y un último intento de paz emocional con su actual marido, Sam Elliott.

    Y si hablamos de música, debemos agradecer a Simon & Garfunkel gran parte del secreto que encierra este clásico con medio siglo a cuestas. El único tema compuesto especialmente para la ocasión fue Mrs. Robinson. De todos modos, The Sound of Silence y Scarborough Fair pasarán a la historia adheridos a las imágenes de la película, y especialmente a la de los novios sentados en la última fila del ómnibus.

    Aquellos guionistas metían como locos, les sacaban jugo a una roca, o lo que es lo mismo, a un pibe que no sabe qué hacer con su vida. La historia de El graduado está basada en la novela The Graduate, escrita por Charles Webb en 1963 y adaptada para la pantalla por Calder Willingham y Buck Henry (que también actúa: es el conserje del hotel); el primero con títulos como La patrulla infernal (1959), de Stanley Kubrick, y el segundo con Trampa 22 (1970) y más acá en el tiempo con Todo por un sueño (To Die For, 1995, de Gus Van Sant).

    Cuando arribó a Estados Unidos desde su Berlín natal, en 1939, huyendo de la Alemania nazi, Nichols (1931-2014) tenía siete años y solo sabía decir dos frases: “No hablo inglés” y “Por favor, señor, no me bese”. Había allí un problema con los gérmenes. Pronto aprendió a hablar inglés y a molestarle cada vez menos que lo besaran. Cuando quiso acordarse de los gérmenes, ya estaba besuqueando actrices en el teatro. De hecho, su primer largometraje, muy elogiado, fue ¿Quién le teme a Virginia Woolf? (1966), basado en la obra teatral de Edward Albee. El empuje de El graduado lo llevó a concebir Trampa 22 (1970), una ácida visión de la II Guerra Mundial, aunque ese mismo año debió competir contra la invencible M.A.S.H., de Robert Altman.

    De todos modos, Nichols fue un gran director por bastante tiempo: Conocimiento carnal (1971), con Jack Nicholson, Art Garfunkel, Ann-Margret y Candice Bergen, y Dos pillos y la heredera (1975), otra vez con Nicholson, más Warren Beatty y Stockard Channing. Y arribamos a su gran película oculta: Silkwood (1983), basada en el caso real de una operaria que trabaja en una central nuclear donde ocurre un escape de radiactividad, con la monumental Meryl Streep, Kurt Russell y Cher. Luego entraría en empresas comerciales con cierto sabor (El difícil arte de amar, Lobo, Closer) o ninguno (Secretaria ejecutiva, Recuerdos de Hollywood, Una segunda oportunidad, Colores primarios).

    Este año, más de 700 cines de Estados Unidos conmemoraron el medio siglo del clásico con una copia flamante y todos los HD puestos al día. Sin embargo, no hay efectos especiales ni digitalizaciones. Es solo un muchacho que interactúa como puede, busca su lugar en el mundo, observa desde lejos y ensaya una corrida de último momento para impedir una boda, tranca la puerta de la iglesia con una cruz y deja encerrados a los gruñones invitados. Tamaña proeza que todos quisimos hacer alguna vez.

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