• Cotizaciones
    jueves 27 de agosto de 2026

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
    stopper description + stopper description

    Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

    Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

    Suscribite a Búsqueda
    DESDE

    UYU

    299

    /mes*

    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

    Industria del salón

    Columnista de Búsqueda

    N° 1814 - 07 al 13 de Mayo de 2015

    He tenido muchas epifanías en mi ya larga vida de lector; una de ellas, de las más perdurables, ha sido encontrarme con los cuentos de juventud de Virginia Adelina Stephens. Según lo que registra la edición de Alianza Editorial (basada en una definitiva publicación inglesa de los cuentos completos) Virginia comenzó a escribir con cierta formalidad hacia los 24 años. Conforme a las fechas, vemos que en los meses de verano de 1906 se dio a la ardorosa tarea de producir unas piezas caracterizadas por el aire reflexivo y provocador que más tarde habría de soterrar bajo el peso de luminosas imágenes, de ritmos tenues, de escenas demoradas en ángulos ominosos o suaves, de sinestesias inmortales o bien revelaría con estudiada serenidad en certeros ensayos y en conferencias hipnotizantes.

    En estos augurales textos tenemos a la vista el afán de ubicar ideológicamente los problemas, verbigracia, el problema excluyente, el único que la desveló en vida y acompaña su memoria después de muerta, a saber: el lugar, la identidad y la dignidad de la mujer en la vastedad del cosmos, en la realidad del mundo. El primero de esos cuentos se llama lacónicamente Phyllis y Rosamond y trata del infausto destino de un par de hermanas a las que se les asigna la ímproba misión de obtener maridos.

    Principia el texto con un recurso que será familiar en toda su obra, que es la reflexión conceptual; señala allí que los acontecimientos de la vida doméstica e insignificante, que esas bagatelles de cada jornada, minuciosas naderías de hechos sin mayor relieve, son un tesoro apreciable para los historiadores. Si cada hombre, dice, anotara los detalles de su jornada de trabajo “la posteridad se alegrará tanto como nos alegraríamos nosotros si dispusiéramos de cómo el portero del Globe y el guarda del Parque pasaron el sábado 18 de marzo del año del Señor de 1568”. Es por eso que se propone contarnos un día en la vida de estas condenadas hermanas para que el lector juzgue acerca de su destino. La forma en la que ingresa a la pura narración de la historia toma prestada del positivismo reinante (que en aquella Inglaterra victoriana era el de Spencer) el modo de atrapar los acontecimientos y su contexto: “disponemos de algunos hechos que nos ayudarán a situarlas en el lugar que corresponde antes de comenzar nuestra investigación. Phyllis tiene veintiocho años y Rosamond veinticuatro. Son hermosas, vivaces, de mejillas sonrosadas; un observador atento no encontraría belleza alguna en sus rasgos, pero sus indumentarias y sus modales les confieren la apariencia de la belleza, aunque sin su sustancia. El salón parece ser su medio natural, como si, nacidas entre mantillas de seda, jamás hubiesen pisado suelo más duro que el de la alfombra turca, o jamás se hubiesen reclinado sobre terreno más árido que el sillón o el sofá. Verlas en el salón lleno de hombres y mujeres bien vestidos es como ver al corredor en la Bolsa, o al abogado en los Tribunales. Este, cada movimiento y cada palabra así lo proclaman, es su medio natural, su centro de operaciones, su círculo profesional. Aquí, es obvio, practican las artes en las que han sido instruidas desde su más tierna infancia. Aquí, tal vez, cosechan sus victorias y se ganan el pan”.

    Tan despiadada visión sobre el reclamo social se completa con la pintura del disimulo de las chicas; es cierto que cumplen a la perfección lo que sus padres esperan de ellas y sus madres y tutoras les enseñaron; saben cuándo ser reticentes, cuándo dejar caer una sonrisa en medio de la cena, cuando guiñar imperceptiblemente, cuando ruborizarse o producir un roce de manos con el suplicante adecuado; saben hablar de los temas que les son permitidos y callar sus opiniones ante todo; su misión es de una neutralidad intencionada y trabajosamente sostenida por los peinados, por la ropa para cada ocasión y día de la semana, por las risas discretas, por el templado silencio. Una vez en su habitación y descargada toda la tramoya en armarios y toilettes, pasan revista a su jornada con la indiferente escrupulosidad de un comerciante que al cerrar su almacén, en la helada soledad de la noche coteja su caja con su stock: “su conversación no es muy edificante; hablan como hombres de negocios. Calculan sus beneficios y sus pérdidas y no manifiestan el menor interés por nada, salvo por sí mismas”.

    Los personajes de Jane Austen y de George Eliot, según Virginia, increíblemente duraron hasta bien entrado el siglo que le tocó en suerte sin modificar en nada su idea del destino, su lugar en la vida.