Nº 2159 - 27 de Enero al 2 de Febrero de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHace unos días, la politóloga Victoria Gadea hablaba en su columna radial sobre la existencia en Francia de una aplicación que “ayuda” a los electores a orientar su voto. Especialmente a los electores jóvenes, quienes, apuntaba Gadea, actualmente se sienten muy lejos de la política. La politóloga traía el dato de que solo el 41% de los jóvenes tiene pensado votar en las próximas elecciones francesas. Y tiraba otro dato aún más alarmante: en las últimas elecciones autonómicas que se celebraron en ese país, el 85% de los menores de 29 años no votó. Es verdad que esas elecciones generan menos interés que las nacionales pero, en cualquier caso, la cifra es abrumadora.
La app se llama Elyze y “lo que hace es presentar a la ciudadanía las propuestas de los candidatos”, contaba Gadea, quien recordaba que la aplicación tuvo medio millón de descargas en su primer fin de semana. ¿Como funciona? Sin necesidad de crear un usuario, el perfil se va construyendo a medida que se van armando las preferencias políticas, al ir mostrando nuestro acuerdo o desacuerdo con las propuestas que se presentan. Las propuestas son citas de cosas que dijeron los distintos candidatos y pueden ser ampliadas si el usuario lo desea, mostrando también la fuente de la cita, usualmente entrevistas periodísticas o programas de gobierno. También permite al usuario buscar información sobre temas más generales: medio ambiente, empleo, defensa, etc.
Tras atravesar tantas citas como se deseen, la aplicación ordena los candidatos dependiendo de la simpatía o antipatía que despierten en el usuario. Lo interesante de la aplicación es que no dice quién es el autor de las citas, como forma de intentar no incurrir en sesgos de confirmación. Es decir, solo al final uno se entera de cuál fue el candidato con el que coincidió más. El riesgo, decía Gadea, es que la app sea usada por terceros de manera interesada o que algún candidato o grupo de poder ponga plata para que aparezcan sus citas más atractivas antes y destacadas, y que las de sus competidores sean peores y aparezcan después. Sin embargo, al menos por ahora eso no parece estar ocurriendo y la app puede ser una buena forma de acercar la política a aquellos que no suelen interesarse por ella, concluía Gadea.
Es verdad, el primer y más evidente problema que presenta la app Elyze es la posibilidad de que sea utilizada de “mala” manera al intentar cargar los dados a favor de tal o cual candidato. Pero eso pasa con cualquier canal de información, no sería un problema específico de la aplicación. Otro problema, que también es parte de un tema previo y más general, es el sesgo de quién desarrolla la app y selecciona las citas que se muestran en ella. Dado que todos tenemos preferencias políticas siempre, es difícil que esas preferencias se desactiven del todo al acometer esa tarea. Y otro sesgo más es que Elyze está desarrollada solo para iPhone, con lo cual ahí ya generó una primera criba de usuarios, existentes y potenciales.
Sin embargo, el problema podría ser otro y para arreglarlo es probable que no haya aplicación que valga. En un articulo publicado esta misma semana, el filósofo español Manuel Toscano se preguntaba: “¿Requiere un régimen democrático que los ciudadanos estén bien informados acerca de los asuntos públicos?”. Tras señalar que pese a las apariencias, la pregunta no era retórica, Toscano afirmaba: “Tanto los defensores de la democracia como sus detractores epistócratas coinciden en la necesidad de contar con ciudadanos competentes, que sepan de los asuntos públicos, al menos como un ideal”.
Tras reconocer que estar informado de verdad sobre los temas de la agenda política es trabajoso, toma mucho tiempo y, dado que el voto vale solo uno, el resultado de la tarea es incierto a la hora de que todo ese esfuerzo incida en el resultado de una elección, Toscano agrega: “A la vista de los costes y el improbable beneficio, al ciudadano normal no le trae cuenta y se contentará con una información superficial en el mejor de los casos. Es lo que se conoce como ‘ignorancia racional’”. El problema que surge entonces, dice Toscano, es que dejando de lado periodistas, académicos y los propios políticos, que cobran por estar informados sobre estos temas, “los ciudadanos que más información política consumen son aquellos más implicados políticamente, los más partidistas o adeptos a una causa o partido”.
Estos ciudadanos, que en ese sentido no son muy distintos al hincha de fútbol, cuando se informan no lo hacen para revisar un punto de vista o, como hace la aplicación Elyze, para que nuestras preferencias encuentren el candidato que mejor conecta con estas. “Los ciudadanos más dispuestos a informarse políticamente serán parecidos a hooligans y razonarán como estos, filtrando la información de acuerdo con su sesgo partidista. De esa forma tenderán a buscar y aceptar todo cuanto sea favorable a su punto de vista, evitando o rechazando la evidencia contraria. Por ejemplo, seguirán informándose por medios afines o discutirán de política preferentemente con quienes piensan como ellos”, dice el profesor de la Universidad de Málaga.
Esto pone en duda que efectivamente aquellos ciudadanos mejor educados o que se interesan más por la política, necesariamente mejoren los resultados en una elección, una premisa en la que se basa buena parte del liberalismo político, al menos desde Stuart Mill para acá. Como apunta Toscano, “… más conocimientos no contrarrestan el sesgo partidista; al contrario, la persona educada puede emplearlos más eficazmente para proteger sus opiniones y rechazar las razones en contra”. Es decir, puede que no baste con informarse más ni con crear nuevas herramientas para que la ciudadanía se informe mejor. Peor aun, pareciera que nos informamos más que nada para confirmar que nuestro lugar en la tribuna es el mejor de todos, sin llegar a cuestionar nunca el partido o la forma en que viene jugando nuestro cuadro.
Quizá no sea suficiente con crear nuevas formas de informarse ni alentar a través de la tecnología la participación política. Las apps, como antes otros medios, pueden ser vectores que ayuden a mejorar el contacto del ciudadano con la política real, pero mientras los ciudadanos prefieran hinchar por aquello que le proponen, en lugar de analizarlo, es probable que la tecnología tenga el aroma del placebo. Y eso a pesar de las mejores intenciones de quienes lo intentan. Por supuesto, la respuesta a este dilema no es evidente ni sencilla. Si fuera algo simple, nuestras discrepancias en la vida común habrían desaparecido hace tiempo y es evidente que no es así.