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    Inquebrantable

    Lee Konitz, uno de los grandes saxos de la historia del jazz

    Hay literatura de sobra en el mundo del jazz, en particular de músicos que desaparecen abruptamente sin dejar rastros. Es más fácil para una forma de arte que no tiene tanta puesta en escena ni prensa como el rock, por ejemplo. Hace unos días falleció en Harlem a los 84 años el contrabajista Henry Grimes, otra víctima del Covid-19. Fue una doble muerte, porque ya lo habían dado por desaparecido e incluso una revista publicó su obituario en 1986. Luego de ser conocido dentro del free jazz en los 50 y los 60 y de formar parte de importantes grabaciones de Cecil Taylor y de Don Cherry, entre otros, las cosas no le fueron bien a Grimes y decidió irse a la idílica y soleada California a probar suerte, y allí se esfumó entre situaciones penosas y desesperantes. Vivió en las calles, se rebuscó como jornalero, sereno o lo que fuera, algo que mucha gente hizo y ahora más que nunca. No se supo nada de él durante tres décadas hasta que un asistente social lo encontró en la habitación de un hotel de mala muerte. Gracias a William Parker, que le regaló un contrabajo, y a la buena disposición de otros músicos, volvió a la vida, hasta que lo agarró este bicho furibundo que es el azote de nuestros días.

    Sin la literatura sórdida de Grimes, mucho más prolijo y ordenado en su vida pero con el factor común del Covid-19 al final del trayecto, el saxofonista alto Lee Konitz murió el 15 de abril a los 92 años. Y Konitz, que es un pedazo mayúsculo de la historia del jazz, también había hecho música con Grimes en su momento.

    Maestro de la improvisación y estilizado solista, Konitz era dueño de una forma de tocar inconfundible, no solo en el alto, también en el tenor. Había comenzado su carrera en las orquestas de Stan Kenton y Claude Thornhill, tipos que no imponían a raja tabla el sonido de la banda y respetaban la individualidad e iniciativas de los instrumentistas. Dicen, los que llevan las cuentas, que grabó cerca de… 150 discos como solista, y muy probablemente todos valiosos. Pero también fue figura destacada de trabajos emblemáticos como Birth of the Cool, de Miles Davis, e Intuition, de Lenny Tristano, su gran maestro y mentor. Tanto Konitz como Tristano eran oriundos de Chicago. Tristano —a partir de Charlie Parker— desarrolló su propia escuela en el piano, y desde allí Konitz llevó esa estética al saxo alto, como Warne Marsh hizo lo propio con el tenor.

    La asociación Tristano-Marsh-Konitz fue esencial. Luego de la muerte del pianista, los dos saxofonistas diseñaron uno de los sonidos más frescos y originales posparkerianos que haya dado esta música. Cool, le dicen. Y con el término cool ocurre lo mismo que con swing: nadie puede definirlo, pero sí reconocerlo. Quien escucha esos vientos al unísono, haciendo complejas melodías, ligerísimamente desfasados, no lo olvida más. Es de los sincopados más bellos del jazz. El disco Live at the Half Note, que además tiene a Bill Evans, es una prueba concreta.

    Los años corrían, la música mutaba, los teóricos hablaban de esto y aquello, más electricidad y ritmos funkies, menos madera, lo que fuera, pero a Konitz no lo movían de sus convicciones, que fueron siempre practicar la música que realmente amaba más allá de las determinaciones del mercado o las modas. “Lo mejor que puedo hacer es ser yo mismo”, dijo en una oportunidad. Una verdad de Perogrullo, pero para llevarla a cabo hay que tener resto, un mundo propio, y ese duende no se mueve con frecuencia entre los artistas, que tantas y tantas veces no pueden hacer otra cosa que reproducir lo que ya se ha hecho.

    También se destacó como compositor en temas que ya son estándares, como Palo Alto y Subconscious Lee, repetidos en toda su discografía y de un modo bien distinto cada vez que los tocaba. En Sound of Surprise, uno de sus grandes trabajos ya de veterano (75 años de carrera, madre mía), con John Abercrombie, Joey Baron, Marc Johnson y Ted Brown, se pasea por el instrumento en composiciones propias con esa facilidad que pocos pueden hacerlo.

    Se movía en varios formatos: trío (Motion es uno de sus grandes discos), cuarteto, quinteto, octeto. Y le encantaban los duetos, como lo demuestra en The Lee Konitz Duets, compartiendo notas e ideas con Joe Henderson, Jim Hall, Ray Nance, Elvin Jones y Richie Kamuca, entre otros.

    Profundamente lírico y con un tremendo bagaje académico a sus espaldas, siempre buscó la sencillez narrativa. “Soy un músico intuitivo”, decía para definir de algún modo su estilo, más allá de toda escuela e influencias. El toque extremadamente limpio para frasear, juguetón de joven, como si fuese un pájaro saltando de una rama a la otra. Y más de veterano, con la sabiduría de un gato reposando al sol y con un ojo abierto, en guardia. Un sonido original, desbordante de matices, como el que tenían Johnny Hodges y Art Pepper, por citar a dos maestros bien distintos en el saxofón alto.

    No es que ya no queden monstruos vivos del saxo en el jazz, pero a uno le duele que se vayan y pasen a formar parte únicamente de los discos, por más veteranos que sean. Todavía tenemos a Sonny Rollins y a Wayne Shorter entre nosotros. Muchachos, quédense en casa, por favor.

    Y mientras, denle play a Lee Konitz.

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