Nº 2226 - 25 al 31 de Mayo de 2023
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEra lunes por la tarde y en el salón Azul de la Intendencia de Montevideo no entraba un alfiler. Afuera, la cola de gente se extendía hasta las escaleras y serpenteaba por ella hasta casi llegar al atrio. Previendo el aluvión, se habían instalado fuera de la sala 300 sillas más con monitores de circuito cerrado. En total, más de 700 personas esperaban ávidas y expectantes la aparición de Irene Vallejo, la autora de El infinito en un junco, uno de los fenómenos editoriales más importantes de los últimos tiempos.
Es pequeña, menuda y la envuelve un aire de fragilidad curiosa, como si fuera una niña que todo lo mira y todo le interesa. Su voz es cálida, aterciopelada y zurce las palabras a un ritmo pausado, dándole a cada una de ellas su tiempo, permitiendo que los que la escuchan se dejen arropar por su sonoridad, por ese mágico encadenamiento sonoro que abre el camino hacia el significado. No en vano es filóloga, sabe de palabras y, por eso, cuando Irene Vallejo habla, nos recuerda que las palabras no se las lleva el viento —como se suele decir cuando se las enfrenta a la omnipotencia de los actos—, las palabras tienen valor y nos invitan a vivir la aventura de las ideas.
Llegó a Uruguay desde la Feria del Libro de Buenos Aires solo por tres días; el lunes cautivó a los montevideanos, el martes en el MACA de Pablo Atchugarry, en Manantiales, reunió en su inmenso atrio a 800 personas. Entre los dos encuentros convocó a más de 1.500 lectores, incluidos un grupo de niños de una escuela pública de Maldonado que hizo una colecta para comprarle el libro a su maestra.
Estrechó manos, abrazó gente, se sacó fotos y firmó centenares de libros con una paciencia infinita y una calidez desbordante. El miércoles por la mañana, visitó nuestra Biblioteca Nacional, donde la esperaba una selección de manuscritos de Delmira Agustini, Juana de Ibarbourou y de su admirado Horacio Quiroga, que sostuvo entre sus manos con emoción y respeto. De paso, les regaló a los investigadores y a los bibliotecarios uruguayos una dedicatoria inolvidable: “Para la Biblioteca Nacional de Uruguay, donde cuidan algunos de los manuscritos que cambiaron mi vida”.
No exagera; su conocimiento de la literatura uruguaya se remonta a sus días de infancia en Zaragoza, cuando su padre antes de dormir le leía los cuentos de Horacio Quiroga y la hacía soñar con los mitos de la Odisea de Homero. Una semilla que germinó en su juventud en un viaje padre-hija a nuestro Río de la Plata para seguir la ruta de Quiroga: Montevideo, Buenos Aires, la casa museo de Salto y la otra, la de la selva misionera.
Veintitrés años separan aquel viaje de este; Irene ya no es la joven estudiante en aventura iniciática, es una escritora con más de 1 millón de ejemplares vendidos y traducidos a 29 lenguas; es la líder de una tribu, la tribu del junco, que es lo mismo que decir la tribu de los amantes de los libros.
Lo más asombroso es que El infinito en un junco es un ensayo, un género que se da de bruces con la popularidad del best seller, porque se sustenta en las ideas y en el proceso reflexivo que estas engendran en el autor. Y es que el libro es una reformulación de su tesis doctoral, cuenta con 500 páginas y trata del mundo antiguo y las humanidades clásicas, de personajes como Tito Livio y Heródoto, Homero y Aristófanes, Hipatia y Séneca.
De esta manera, los logros de Vallejo y de El infinito en un junco son muchos y de diversa índole, empezando porque con su popularidad ha conseguido renovar la esperanza y ahuyentar a escobazos la idea de que el libro es un objeto obsoleto condenado a ser sustituido por las pantallas.
Por otro lado, ha renovado viejas estructuras a través de un relato que une, con puntadas imperceptibles, la investigación académica con la divulgación de tenor periodístico y la magia de la narración oral. Una combinación que ella misma califica de “excéntrica”, pero que en su mestizaje encuentra el tono exacto, un equilibrio que potencia la coexistencia del rigor histórico y documental con la amenidad de un juglar medieval que llega a la plaza y se pone a cantar sus coplas.
Finalmente, no puedo dejar de mencionar un punto que encuentro decisivo: ha conseguido que se entienda que el pasado está unido al presente, que se trata de una asombrosa epopeya que es historia colectiva y que esa herencia se manifiesta y se prolonga en nuestros avatares de hoy.
La visita de Irene Vallejo a Uruguay fue lo más parecido a una bocanada de aire fresco, un ventarrón de vitalidad intelectual que vino a comprobar —una vez más— que las fuerzas que hacen popular un libro siguen siendo un conjuro de energías desconocidas.