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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáImaginemos que alguien concurre a una oficina, pública o privada, discrepa o entiende que no está siendo bien atendido y reacciona insultando, escupiendo en la cara al funcionario y empujándolo o golpeándolo. Otro caso, una madre o un padre que, en el acierto o en el error, entiende que se ha cometido una injusticia con su hijo o algún otro problema en la escuela y discute con la maestra, el tono sube y responde dándole un empujón a la docente. Esta agresión, que muchas veces es solo un empujón, amerita paro general de docentes, escolares sin almuerzos ni clases y agresor procesado. Puede ser que al subir a un ómnibus no nos guste o no nos parezca bien como nos atienden el chofer o el guarda y como respuesta lo insultamos y les demos algún empujón y un par de golpes. Podríamos poner otros ejemplos y todos ellos, seguramente, recibirían nuestro repudio y en la mayoría de estos casos se terminaría con la intervención policial, el procesamiento del agresor o alguna otra consecuencia como castigo. Sin importar la situación todos rechazamos utilizar la violencia, ya sea esta verbal, física o psicológica, no es la forma como todos entendemos debemos comportarnos. Bueno, aquí lo del título de esta carta, porque haciendo gala de una supina ironía o hipocresía, en los casos en que el agredido es un agente policial muchos se colocan incondicionalmente a favor del agresor, repudiando al policía. Somos rehenes de lo que se ha dado en llamar lo “políticamente correcto”, es esperado y queda bien que rechacemos cualquier intervención policial, aún más, justificamos cualquier reacción como natural, excusable, comprensible y que en todos los casos el culpable es el funcionario. ¿En qué país del mundo, donde impere un sistema democrático y se respete la libertad, es admisible agredir a un funcionario policial o resistirse a su intervención? El policía es alguien que vela por nuestra seguridad, es a quien acudimos cuando somos agredidos o estamos en peligro, corren riesgos por defendernos llegando en muchos casos a exponerse y hasta perder la vida, pero como en tantos otros temas somos prejuiciosos y sin dudas hipócritas. Llegamos al colmo de justificar a delincuentes y exculparlos socialmente porque decimos que sus delitos son producto de una infancia de pobreza y restricciones, lo que es discriminatorio para la inmensa mayoría de los que padecen estas circunstancias y que luchan honestamente día a día para salir adelante. El delito y la violencia no deberían tener justificación alguna. Esta forma de posicionarnos frente a los policías y su accionar lleva a que los jóvenes sientan un rechazo visceral por estos, a varios les he preguntado si han tenido alguna mala experiencia, si han sido objeto de maltrato policial, y la respuesta es siempre no, por lo que su desprecio por los policías es una postura que sin dudas les hemos inculcado los mayores. Vivimos en un Estado de derecho donde se respetan las libertades y podemos hacer valer nuestros derechos si somos objeto de arbitrariedad, destrato o agresión policial. Tenemos todos los mecanismos para denunciarlo y sabemos que la Justicia actúa, en varios casos los policías han sido procesados y condenados. Llama la atención que connotados abogados, políticos y dirigentes sindicales, entre otros, cuestionen la pertinencia de la intervención policial en lugar de rechazar en forma categórica cualquier respuesta violenta. Las reivindicaciones de género hoy hacen, por ejemplo, que si una mujer se siente intimidada, observada en forma que ella considera inapropiada o ser objeto de cualquier tipo de agresión, verbal, intimidatoria, física u otras, se la defiende incondicionalmente, pero si la agredida es una funcionaria policial todos miramos para el costado, el movimiento feminista incluido. La base de una buena y sana convivencia radica en la defensa e imposición a ultranza de un sistema de deberes y derechos. El instituto policial debería tener nuestra mayor consideración y valoración, no admitiendo ni justificando el destrato o agresión al funcionario policial en funciones. Como en toda organización hay personas que no cumplen a cabalidad y en forma correcta su función, a estos el mayor rigor por tener el agravante de ser representantes de la autoridad, pero si cumplen con su deber, con respeto, consideración y uso de la fuerza con criterio y oportunidad debemos estar orgullosos de ellos y respetarlos. Seamos responsables y justos, rechacemos la violencia en todas sus formas.
Daniel H. Báez