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    Jaime Costa (I)

    Sr. Director:

    No conocí personalmente a Jaime Costa. No tengo la más mínima idea de cómo era su fisonomía física. Tampoco sabía de su edad, aunque de acuerdo a lo que escribió Raúl Ronzoni tendría unos 72 años y ello quiere decir que vivimos prácticamente el mismo Uruguay. No supe que había sido crítico de cine en “El Día”, porque recién lo descubrí en Búsqueda. Pero desde el inicio me transformé en un constante lector de sus artículos. Y de esta forma fui rememorando toda una época muy importante para quienes la vivimos y la añoramos, de aquellos años en que el cine era el principal entretenimiento, en que en Montevideo había más de cien salas, a las que posiblemente recorrí todas, porque yo también iba cinco o seis veces al cine por semana, en un período que abarcó desde los quince hasta los treinta años, disminuyendo después el ritmo aunque siempre siendo intenso.

    No debe haber película de las décadas de los cuarenta, cincuenta y sesenta que no haya visto y del cine de todos los países que tenían directores y actores muy importantes. Y forzosamente, aunque no lo tuvieran en mayor grado, salvo escasas excepciones, como el argentino, el mexicano y el español, lo que era consecuencia de las matinés, consumo imprescindible de los uruguayos en esos tiempos.

    Fue una época de una constelación de estrellas impresionante, que con su sola presencia inundaban la pantalla y cuyos directores más notorios eran Wyler y Ford, Renoir y Carné, Rosellini y De Sica, Lean y Reed, por nombrar tan solo dos ejemplos de cada nacionalidad, aunque eran muchos más, siendo ineludible citar el nombre de Orson Welles. A partir de comienzos de los años 50 surge el genio de Kurosawa y casi el mismo tiempo Bergman, siendo la crítica uruguaya muy posiblemente la primera en descubrirlo, porque la crítica cinematográfica del Uruguay en aquel entonces —y también la teatral y literaria— era una de las más formadas y destacadas de América. Lo ha señalado nada menos que Vargas Llosa cuando ha estado en Uruguay.

    Jaime Costa nos hizo retrotraer a aquel tiempo. Y se ha hecho bien en compararlo al gran Homero Alsina Thevenet, porque en muchos aspectos tenía un estilo similar, distinguiendo entre la forma y el contenido, pero sobre todo con los datos que aportaba con una precisión inequívoca, no equivocándose nunca en cuanto a cómo se escribía un nombre y un apellido, o al año de un film, la evolución de los distintos autores desde sus inicios a su culminación, los antecedentes de su carrera, la coincidencia de grandes películas en un mismo año, el surgimiento de distintas etapas o épocas en la evolución del cine, todo muy necesario para comprender el lenguaje cinematográfico cuyas claves dominaba muy bien.

    Orson Welles dijo, en diálogo con Bognadovich, que en el cine el lenguaje ya ha sido totalmente creado, que se repiten momentos y escenas tan solo renovadas por la técnica.

    Si esto es así, quedaban muy pocos con gran conocimiento para poder explicarlo y señalar ejemplos de por qué. Y Jaime Costa era uno de esos pocos. Cada una de sus crónicas siempre dejaba una enseñanza al respecto, sobre secuelas de acción, películas innovadoras, grandes actuaciones, direcciones memorables, surgimiento de una gran estrella, la riqueza del diálogo. Se puede ser crítico o historiador del cine. Costa era ambas cosas, lo que lo hacía muy apto para resaltar valores y rendir tributo a quienes lo merecían. Según su criterio, desde luego, pero rescatando del olvido o para poner en conocimiento de sus lectores quiénes eran grandes que merecían el reconocimiento.

    Confieso, por ejemplo, que yo, que posiblemente vi todos los musicales de Gene Kelly, que sabía que no era solo un bailarín sino un creador, porque “Bailando bajo la lluvia” o “Sinfonía de París” lo convierte en un nombre singular en la historia de los musicales, sin embargo nunca llegué a valorarlo en su verdadera dimensión hasta que Jaime Costa lo resaltó al cumplirse cien años de su nacimiento. Y trasmitir esas sensaciones no es propio solo de un maestro para los jóvenes, sino de una maestro para todos, incluso de quienes se consideren conocedores de una temática determinada. Tan es así que, sin conocerlo personalmente, yo dialogaba con Costa, él escribiendo y yo pensando, para rectificar una idea o para confirmarla o compararla, o simplemente para rememorar momentos inolvidables.

    Por haberme hecho sentir de nuevo el encanto de la crítica cinematográfica, por haberme hecho volver a una época inolvidable de mi vida, por haberme enseñado, después de críticos como Alsina o Rodriguez Monegal que me guiaron en mis años jóvenes, aspectos determinantes de la historia del cine, he sentido la necesidad de sumarme al pesar por el fallecimiento de Jaime Costa, porque no es necesario conocer directamente a las personas para sentir dolor por su partida cuando es tanto lo que nos dejaron a través de la grandeza de sus enseñanzas.

    Hernán Navascués