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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl lunes pasado recordamos en especial forma a Jorge Batlle. Fuimos amigos durante toda una vida. Nos conocimos en facultad y de ahí, largo camino recorrido juntos. Sobre su persona está todo dicho. Escribieron sobre él figuras como Paolillo, Leonardo Guzmán y muchos más. Nuestro pequeño homenaje es simplemente narrar dos episodios de los tantos vividos juntos y que refieren a Herrera, a él y a su padre. Y lo hacemos porque ambos le hicieron vivirlos con alegria. Jorge —en aquella época— vivía con enorme tristeza todas las infamias que se decían obre su padre. Van aquí las dos anécdotas: La primera de Herrera con Batlle. Una vez por semana un grupo de amigos íbamos a La Quinta, donde Herrera contaba distintas cosas. Uno de los que concurríamos era un brillante periodista. Que se sentaba siempre a los pies de la cama y mientras Herrera hablaba, él escribía el borrador de lo que al día siguiente sería el editorial de El Debate. Ese día comentó que Batlle quería —con los cambios múltiples— industrializar el país. Pero que no veía que un grupo de bandidos con la promesa de crear una industria no lo hacían, cobraban dólares baratos y los giraban al exterior. Eran verdaderos ladrones que le robaban al país. Al irnos, nuestro amigo le mostró el borrador. El jefe lo leyó, lo apretó y lo tiró a la papelera. Yo hablé de los ladrones. No del señor Luis Batlle. Que es un hombre equivocado pero de acrisolada honradez. La segunda vivencia: Un día me llamó Jorge y me dijo que su padre quería hablar conmigo. Cuando fui, me dijo que sabía que el secretario de Herrera era un señor Garrido. Dígale que junto con el ómnibus de la gira va a ir un auto equipado con un médico: A Herrera hay que cuidarlo porque es una reliquia del país. Ya más cerca de la tumba que de la cuna, van estas líneas para señalar la grandeza de ambos caudillos. El tamaño moral de ambos fue lo que les permitió enfrentar las calumnias. De igual forma actuó Jorge cuando los mismos gusanos intentaron mancharlo.
Atilio Arrillaga Simpson