Estoy listo, mi Señor, dijo el poeta. Y el Señor escuchó.
Estoy listo, mi Señor, dijo el poeta. Y el Señor escuchó.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáCantar y morir. Leonard Cohen dejó de latir el lunes 7 a los 82 años, pero su familia lo anunció el jueves 10. Sus restos descansan en el cementerio judío de Montreal, su ciudad natal. Había editado unos días atrás You Want It Darker (Columbia, nueve temas, 36 minutos), un puñado de recitados fúnebres, el canto del cisne, un disco que pasará a la historia sencillamente por ser el último del artista. La voz temblorosa, única, que se despide. Nadie como el propio poeta para sentir en sus entrañas hasta dónde llega el impulso y cuál es el freno, el umbral de la oscuridad.
Un millón de velas arden por una ayuda que no vendrá, dijo el poeta. Y el Señor asintió.
El coro de la sinagoga Shaar Hashomayim, frecuentada por la familia Cohen desde siempre, participó en este disco. En la tapa, Leonard, con el sombrero y los lentes, fuma apoyando el brazo en el marco de una ventana. El resto es negro, siempre es negro para todos: animales, vegetales, minerales, planetas, estrellas. El poeta también tiene humor para lo peor. Que venga la Parca, aquí la espero. Fumando, que daña la salud.
Ojalá hubiera un pacto, un trato entre tu amor y el mío, dijo el poeta. Silencio. Nada de tratos. El único trato es que la gente escuche el último trabajo de Leonard y todos los demás: Popular Problems, Old Ideas, Live in London, The Future, I’m Your Man, Various Positions, Songs of Love & Hate... Con estos discos vibramos, nos emocionamos y sostenemos el arco de los vivos.
En el principio fue la Torá. Dicen que el abuelo de Leonard, que era el rabino capo di tutti capi de la sinagoga, clavaba un alfiler en cualquier página de la Torá y recitaba cada página atravesada. Leonard iba todos los sábados a la sinagoga. Un rabino pinchando páginas sagradas y muchas otras imágenes fueron registradas por su voraz sensibilidad y entendimiento. Pasaba muchas horas solo. Hizo de su soledad un templo para levantar versos. Recurrió a las escrituras hebreas, a la litúrgica católica, al budismo, a los beatniks, a otros poetas como Dylan Thomas o Federico García Lorca, al vino, a las pastillas, al tabaco y a las mujeres. Quizá el orden esté mal, solo lo sabe Leonard.
Por definición, el poeta es tímido, introspectivo, melancólico. Una cosa es escribir bellos versos y otra muy distinta poder cantarlos. Nuestro trovador necesitó la ayuda de Judy Collins. No alcanzaban los elogios, las emociones encendidas ante la construcción provocada por la palabra. Las primeras presentaciones de Leonard en vivo fueron tremendamente dubitativas, fóbicas. Intentaba cantar, se nublaba y se retiraba. Comenzó Suzanne y la dejó por la mitad. Lo asustaba una audiencia de 25 personas en un apretado y húmedo sótano. Judy fue una buena madre, lo fue a buscar al camerino, lo volvió a depositar ante su público y terminó con él cantando el tema. Subir a un escenario, levantar un brazo y la voz, un pequeño golpeteo al micrófono, un acople, es para los que necesitan decir cosas al público, una fiebre irrefrenable que practican los políticos, algunas superestrellas del rock y los demagogos. Con la edad, esa notoria timidez, esa elegante vergüenza le dio a Leonard una impronta especial cuando él mismo comenzó a llenar estadios a partir de 2008. El poeta septuagenario ante multitudes, quién lo hubiera dicho.
La timidez nunca lo abandonó. A veces garabateaba, o se comía todo el chocolate y los maníes del minibar pensando cómo agradecer. Así le ocurrió cuando le dieron el Premio Príncipe de Asturias. La noche en vela en la solitaria habitación del hotel cinco estrellas (Cohen conoció hoteles de cuatro, tres, dos y una estrella…) pensando qué decir. El poeta sabe que la poesía viene de un lugar que nadie comanda. Y también desea agradecerle a la guitarra acústica, a la madera que nunca muere. Rescatar estampas olvidadas, viejas fotos color cobre por el paso del tiempo. Leonard siempre manifestó una enorme gratitud hacia un guitarrista español que a principios de los 60 le dio un par de lecciones esenciales, un guitarrista de flamenco que antes de la tercera lección se quitó la vida. El camino de ser músico, un emprendimiento de todos los días, tuvo como empuje a este trágico —y sin nombre— guitarrista español que los tiempos se tragaron y el poeta se empeña en recordar.
El depósito de chatarra está susurrando.
Todos los que conozco están muertos.
Vacié el cajón y cien mil huellas dactilares cayeron.
Dejo la mesa, estoy fuera de juego, dijo el poeta. Lo mismo había dicho unos meses atrás Marianne Ihlen, su novia noruega de toda la vida (So Long, Marianne), a quien conoció en Hidra, cuando a fines de los 50 la isla del Egeo consistía en unas apretadas calles solo para peatones y unas pocas casas sin luz eléctrica, antes de que cayeran los ambientados con dinero en la cresta de la ola, que llegan a todos lados, a Hidra, a Ibiza, a las tolderías de la costa de Madagascar y al Cabo Polonio e instalan las mismas comodidades con la misma estética para almorzar, cenar, dormir y soñar, de igual forma y con igual tema.
En el principio fue Montreal, la casa de la avenida Belmont, muy cerca del Parque de los Portugueses, donde Leonard se crio. Esa ciudad tiene algo muy especial, un cruce de cosmopolitismo, viejas viviendas de piedra y gruesas vigas de madera con modernos edificios de metal y vidrios ahumados, mucho frío casi todo el año y sin embargo una extraña calidez en el paisaje, un orden secreto, misterioso, que solo desentraña la melancolía del poeta. Es la ciudad de Leonard, la que late con fuerza en muchos de sus textos. En estos días la gente se reúne frente a su casa y canta sus canciones. Es una forma de homenajear al trovador más destacado de la comunidad. Y también una forma de comparar mitologías.
Después fue Nueva York, el Chelsea Hotel, Janis Joplin, la mamada en una cama deshecha, los ruidos y olores de los otros desesperados residentes, la vida que se abría en todo su esplendor y posibilidades. El poeta intuye que vivirá como un bohemio y camina asombrado por las calles, los callejones y los recovecos, y allí se queda con su eterno cigarro. Ha publicado un par de libros, Hermosos perdedores y El juego favorito, que fueron elogiados por Lou Reed. El poeta está orgulloso y sus temas acústicos se dan a conocer: Bird On The Wire, The Partisan, Suzanne, Who By Fire. Por ese entonces Leonard, que luce un gran parecido con Dustin Hoffman, debe salir a las dos de la madrugada en un Festival de la Isla de Wight perturbado, enfurecido, drogado hasta las patas. Es como si todo el Reino Unido estuviese allí para echar sus pestes y amarguras. Y el poeta sale con sus armas, que no son eléctricas, ni ácidas, ni estruendosas: son versos pero amansan a las fieras. Leonard gana una batalla con guitarras acústicas, mandolinas y violines. El público se calma, algunos lloran, la fibra de la emoción tensa su arco. Se aproxima el éxito.
Como si fuesen fichas, ahora cae Los Ángeles, que por lo general es sinónimo de grandes cosas. La imponente ciudad, con sus apretados rascacielos y sus residencias millonarias en los acantilados, también se hace un lugar para un monasterio budista. El poeta crece, el guitarrista asoma, el cantante suena en los jukebox con más fuerza, los discos tienen más arreglos de teclados y el éxito traspasa las fronteras: Take This Waltz, Dance Me To The End Of Love, First We Take Manhattan, Everybody Knows, The Future. ¡Aleluya! Pero Leonard necesita reflexionar, dudar, a veces rezar. Otra vez la imagen del rabino pinchando la Torá: la letra es espíritu, pero también sangre y entrañas.
En el principio fue la poesía.
La energía de los esclavos, las especias que se encuentran en la tierra, el diluvio, la misericordia, los parásitos que hay en el cielo, las flores para Hitler y las memorias de un mujeriego.
¿Cuáles son los delitos del poeta?
Llevar gafas de sol, usar una gabardina azul y cantarle al amor y no a la revolución. Quemar vida por las noches y prometer mil besos de profundidad, a Marianne, a Suzanne, a Rebecca (De Mornay, por si alguno no lo sabía) y a tantas otras mujeres y no poder cumplir. Soñar y no llevar las cuentas, lo que te puede traer serios problemas con la realidad, que en cierto modo es enemiga de la poesía. Leonard fue estafado por su mánager y tuvo que rehacer sus finanzas. Siendo un septuagenario debió recorrer el mundo ofreciendo conciertos que, lamentablemente, nunca lo trajeron a estas costas. Pero se armó como nunca: un impecable traje, el sombrero y el pelo canoso, las arrugas experientes, la sonrisa bondadosa y esa voz grave, profunda, de hombre sabio. Como el sheriff que hace su entrada triunfal en el pueblo del Oeste, así había arribado el hombre.
Y llegará el final, la hora de poner la casa en orden, de dar forma a los últimos versos, que son las grandes usinas en la vida espiritual.
El tiempo se acaba y el poeta jura por una última canción.
La mano del rabino se congela, la aguja se detiene, el brillo de la aguja también, las páginas de la Torá quedan suspendidas en el aire. Esperábamos el milagro y el milagro ha ocurrido: ahora suenan todas las canciones de Leonard Cohen.