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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl “Suaricidio de la FIFA”. El título de esta carta obedece a que así como el homicidio es el asesinato de un ser humano —y el parricidio el de un padre— el “Suaricidio” es el asesinato deportivo que el jueves pasado perpetró la FIFA contra el crack uruguayo Luis Suárez. Asesinato deportivo, digo, porque naturalmente no se le quitó la vida al notable jugador, pero sí se sepultó su derecho indiscutible a seguir defendiendo a la selección de su país, donde al 29 de junio, día en que escribo estas líneas, ya se han visto demasiadas cosas vergonzosas, en los arbitrajes, sin que la FIFA dijera esta boca es mía.
Nadie definió tan bien el linchamiento moral de Suárez como Eduardo Rocca Couture, en “El País”, el sábado 28 ( “Ovación” p. 13):
Suárez pasó del trono al cadalso en 72 horas. De ser la gran estrella, luego de reaparecer frente a Inglaterra con dos goles —tras 40 días de inactividad y una operación de meniscos en el medio, acoto—, a ser tratado como un delincuente. Prácticamente lo deportaron.
El subrayado, que es de mi cuenta, obedece al hecho insólito de que, entre la catarata de sanciones que se le aplicaron al salteño en ostentosa violación de elementales principios jurídicos, figuró la de no permanecer en la concertación celeste, cual si la suspensión que le impusieron le hubiera quitado su condición de integrante de la selección uruguaya. La inhabilitación para jugar no conlleva la inhabilitación para permanecer junto a sus compañeros.
“Mutatis mutandis”, es como si un jugador lesionado — Lugano— imposibilitado de jugar, debiera, además, irse de la concentración. Ridículo.
No quiero olvidarme de que debo fundar mi afirmación de que a Suárez se le quitó “su derecho indiscutible a seguir defendiendo a la selección de su país”. En efecto, es que nadie niega la absurda falta que cometió. Esta llama la atención sí, pero fue mucho menos grave que ciertas patadas criminales que los jueces a veces no penan con tarjeta roja ni amarilla y no más lesiva que el tremendo codazo que Neymar le dio en su rostro a un jugador croata, creo.
El incidente, a no olvidarlo, lo inició el jugador italiano. Lo de Suárez fue una reacción excesiva, propia de un player calentón, como se decía otrora. Ante ello, ¿qué hizo el juez? No sacó tarjeta alguna y se limitó a sancionar una infracción del uruguayo, disponiendo que el equipo italiano reanudara el juego con un tiro libre.
El juez es, en la cancha, la única autoridad. Y sus fallos, por tanto, deben ser acatados por todos. Incluida la FIFA, que no puede enmendarlos de oficio. Esto no lo invento yo porque me convenga para defender a nuestro crack. Es, según es notorio, la tesis de la propia FIFA toda vez que se la insta a que, a favor de la tecnología que permite reiterar hasta el hartazgo la reproducción filmada de cada jugada, se niega a ello.
Y puede no faltarle la razón, porque si cada vez que la TV muestra que un penal no fue tal o que un gol no debió invalidarse por un offside inexistente —o lo contrario—, aparte de otros inconvenientes, porque no todos los errores arbitrales son muy claros, los partidos se prolongarían en exceso, en razón de las continuas detenciones del juego para volver a ver, una y otra vez, las jugadas polémicas. Además, los fallos de los jueces sobre las mismas, ¿quién o quiénes los confirmarían o los anularían?
En suma, lo actuado de oficio por la FIFA con respecto a Suárez es absolutamente contradictorio con su respeto sacrosanto a todas las decisiones de los jueces. Pero a aquél había que sacrificarlo, entre otras razones porque a sus “mandamases” —con Blatter al frente, su longevo presidente cuasivitalicio— no les convenía ni les gustaba que Uruguay, como en Sudáfrica, volviera a figurar entre los cuatro finalistas. Por razones económicas, entre otras.
También debo fundar mi anterior aseveración de que la cumulación de sanciones contra el nueve celeste se perpetró “en violación de elementales principios jurídicos”. En efecto, Suárez fue penado:
1º) Con nueve partidos de suspensión y, tras de cuernos palos, con cuatro meses de inactividad. Es decir, que a la habitual inhabilitación por cierto número de matches se le agregó una suspensión temporal extensa, que le impedirá jugar en su club —Liverpool— creo que diecisiete partidos. Algo sin precedentes.
2º) Una sanción económica. Es decir una fuerte multa.
3º) La ya citada e insólita prohibición de permanecer en la concentración uruguaya.
4º) Pero hubo otra sanción archiarbitraria, además. La de prohibírsele ingresar a los estadios y presenciar los partidos de su selección. Otra barbaridad, casi equivalente a una pena de destierro, que lo obligó a retornar a su país casi de inmediato.
Esta acumulación de sanciones insólita y sin precedentes, las dos últimas innecesarias para el fin perseguido y logrado por la FIFA — perjudicar a Suárez y a la selección uruguaya—, demuestra que este no fue juzgado con imparcialidad.
Ello es violatorio del artículo 10 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que dispone: “Toda persona tiene derecho, en condiciones de plena igualdad, a ser oído públicamente y con justicia por un tribunal independiente e imparcial, para la determinación de sus derechos y obligaciones o para el examen de cualquier acusación contra ella en materia penal”.
El órgano que juzgó a Suárez, la llamada Comisión de Disciplina de la FIFA, ni es un tribunal ni es independiente de esta. Mucho menos es —o fue— imparcial. Simplemente, se limitó a homologar lo que Blatter y sus acólitos querían respecto de Suárez. O sea, al decir justo de Rocca Couture, llevarlo al cadalso, tratarlo como un delincuente (deportivo) y, prácticamente, deportarlo.
Además, es evidente que dicha comisión negó a Suárez su derecho a “ser oído públicamente”. O sea, como expresa el artículo 66 de nuestra Carta su derecho a “presentar sus descargos y articular su defensa”.
Es decir, su derecho al debido proceso legal, el cual, de acuerdo al decir de Justino Jiménez de Aréchaga, no se respeta “… cuando el condenado no ha tenido su día ante el tribunal, o sea la oportunidad de hacerse escuchar por los jueces que han de condenarlo” (“La Constitución Nacional”, TI, ed. del Senado, p. 246).
Querido compatriota y señor Luis Suárez: creo que todo lo que he afirmado en esta ya larga misiva refleja el sentir general del pueblo uruguayo respecto de su persona y del indignante atropello de que fue objeto por los capitostes de la FIFA. Esa institución más que desprestigiada por sus múltiples errores — y horrores— pasados. Y, al presente, por una lluvia de acusaciones respecto a las “comisiones” que habrían determinado la absurda designación de Qatar como sede del Campeonato Mundial del año 2022.
Acusaciones que habrá que probarlas, por supuesto, pero que por algo están sobre el tapete.
Gonzalo Aguirre Ramírez
Ex Vicepresidente de la República