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Durante dos horas, el gran muro con peldaños es una pantalla sobre la que se proyectan imágenes decorativas. El marco de una puesta en escena con ambientación selvática. Hasta ahí, todo corre por los carriles tradicionales del Cirque Du Soleil. Que no por conocidos dejan de ser deslumbrantes. Sí es cierto que la gran multinacional canadiense del entretenimiento tiene una hoja de ruta marcada, de la que raramente se sale. El guion combina varias familias del arte circense, como malabaristas, acróbatas, contorsionistas, equilibristas, números más cercanos a la danza contemporánea, un imponente maestro del diábolo (ese gran yo-yo que cae sobre un hilo) y, por supuesto, la clownería, a través de tres intérpretes que unen cada cuadro con alta gracia y gran histrionismo. Ese lenguaje universal del humor físico sigue rindiendo, especialmente con los más pequeños. Por más que a algunos pueda resultar repetitivo y hasta tedioso, no hay con qué darle al humor de golpe y porrazo. Hasta el adulto serio que llega al teatro sin ganas de reírse de un gordo con la cara pintada vestido adentro de un traje ridículo y zapatos del triple de su tamaño suelta una mueca de risa y deja que regrese el niño interior. Touché, piensa el cara de culo.
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Ovo, el tercer título del Cirque Du Soleil en Uruguay después de Kooza (2015) y Amaluna (2017) cambió la carpa por la pragmática comodidad del Antel Arena, en su formato “teatro”, con el escenario en la mitad de la cancha y un gran telón que parte el recinto en dos y reduce el aforo a algo más de 4.000 espectadores. Antes de ir al grano, hay que decir que esta vez el sonido —envolvente, desde una red circular de altavoces en el centro, en lo alto— resulta impecable.
Ovo fue creada y dirigida por la coreógrafa y bailarina brasileña Deborah Colker, una artista de prestigio mundial, reconocida por sus despliegues en el plano vertical. El show propone un mundo habitado por insectos y pequeñas alimañas al que llega un huevo misterioso que rompe las rutinas. El corazón de la escena es una gran pared de veinte metros de ancho por ocho de alto donde se desplazan hormigas, pulgas, grillos y saltamontes. Show aparte es el fastuoso despliegue de vestuario, que transforma a los intérpretes en bichos de todo tipo y color.
Otro punto alto del espectáculo es la banda sonora ejecutada en vivo, de neta impronta brasileña, compuesta y dirigida por el carioca Berna Ceppas, músico de cabecera de Colker. La música de Ovo transita por lo ancho y largo de ese continente musical llamado Brasil, desde los tradicionales samba, choro y chorinho, forró y baiao a fusiones de rock y bossa nova, con una interesante veta tropicalista. Incluso se aprecia una muy moderna versión de Berimbau, el clásico de Baden Powell. Todo a su vez con los códigos de la música circense, que interactúa con lo que sucede en escena. Por ejemplo: un golpe de redoblante cada vez que el acróbata aterriza —o se une en el aire a su partener— exitosamente luego de hacer sus mortales en el aire.
En el último acto, aparece en su esplendor el rasgo distintivo, el ADN de este Ovo. Las coreografías verticales que consagraron a Deborah Colker en el plano internacional, las que presentó en 2006 a un boquiabierto Teatro Solís, su primera y alucinante visita a Montevideo, las mismas que la llevaron a dirigir la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos Río 2016, las que llamaron la atención de Guy Laliberté, el zar quebequense que la fichó para esta obra estrenada en 2009. A lo largo del espectáculo, desfilan todo tipo de bichos por el escenario: insectos, orugas y gusanos, vertebrados e invertebrados, terrestres, acuáticos y anfibios. Pero estas ranas saltarinas logran que el acto final sea el momento cumbre de Ovo, cuando este plantel de ocho ranas humanas comienza a trepar el gran muro junto a una familia de arañas rojinegras que se desplazan por los peldaños en todas las direcciones.
Los acróbatas saltan en dos camas elásticas dispuestas en la base del muro y usan la pared de frontón, generando imágenes de alto impacto, de esas que valen el precio de la entrada. Como la mujer-diosa de Amaluna, que vimos en 2017, que armaba en el espacio un miriñaque de troncos de palmera que se sostenían entre sí sobre un solo punto de contacto y dejaba sin aliento a 2.500 personas. De un solo salto llegan hasta el borde alto del muro, otros quedan prendidos a él durante un instante y vuelven a soltarse, otros, formados de a tres generan la ilusión de ser bolos de un malabarista y van y vienen entrelazados, entre el elástico y la pared. Maravilla, asombro, incredulidad, aplausos, gritos, silbidos, más aplausos.
Ovo, por Cirque Du Soleil, en Antel Arena. Creación y dirección: Deborah Colker. Hoy jueves a las 20 hs. Viernes 12 y sábado 13 a las 16 y 20 hs.; domingo 14 a las 13 y 17 hs. Entradas en Tickantel, de $ 2.180 a $ 4.360.