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    La buena educación

    Columnista de Búsqueda

    N° 1707 - 04 al 10 de Abril de 2013

    Ha quedado suficientemente establecido en los escritos de Maurras que los niños son pequeños ciudadanos, y que en consecuencia los padres son custodios de un valor importantísimo y decisivo en la consolidación de todos nuestros bienestares futuros (todas las formas del pensamiento mágico tienen infundadas y fervientes esperanzas en el futuro, y la democracia no es una excepción). Se sigue que los motivos para entregarse con convicción al más férreo nihilismo lo asaltan a uno con revigorizada virulencia: no es lo mismo una democracia de lectores que una de televidentes —y sospecho que la última tendrá mucho que envidiarle a la primera. Es claro que una de las más importantes tareas que deben cumplir las figuras paternas es la de exponer a los jóvenes intelectos a una dosis de belleza, tan proporcional y constante como la de amoxicilina o betacaroteno.

    La sencilla verdad que enuncia la frase de más arriba es lo que la pedagogía quiere transmitir con sus cinco mil circunloquios inefectivos, y en todo caso ya estaba escrito en la biografía de Roald Dahl, en la parte que el autor dedica a su padre: “Curiosa teoría sobre la mejor manera de desarrollar el sentido de la belleza en las mentes de los niños. Cada vez que mi madre quedaba embarazada, él esperaba hasta el último trimestre para decretar el comienzo de ‘las caminatas de la gloria’. Estas caminatas consistían en llevarla a lugares en el campo de gran belleza, por espacio de una hora por día, para que ella pudiera absorber el esplendor de los alrededores. Su teoría era que si el ojo de una mujer en estado observaba constantemente la belleza de la naturaleza, esta belleza se transmitiría a la mente del bebé que se estaba gestando en su vientre, que crecería para ser un amante de las cosas bellas. Este fue el tratamiento que recibieron todos sus hijos antes de nacer”. Por sus solos efectos —Roald Dahl es tal vez el mejor novelista para niños del siglo y un excelente cuentista de adultos— este método de 1910 merece una detenida consideración.

    En todo caso, no puede dejar de atenderse la resonante importancia de los buenos libros en la formación de un niño. Si acaso esta no fuera una de las verdades que tomamos como evidentes en sí mismas (por este mismo fundamento recojo las palabras de Jefferson), Jacques Lacan podrá, tal vez, auxiliarnos: el mundo de las cosas se hace a partir del mundo de las palabras. Darle a un niño buenos y elegantes conceptos con que describir y mejorar el mundo es la mejor manera de permitirle y estimularle a ser el cambio que quiera ver en la sociedad. Por el especial ahínco y destreza con que Charles y Mary Lamb escribieron y editaron en 1807 las “Tales from Shakespeare,” una adaptación para niños de los argumentos de las obras trágicas y cómicas, es que quiero cerrar este pequeño homenaje a Charles Lamb, celebrando algunas de sus mejores metáforas: “Ver a un chiquillo no más grande que uno mismo entrar, no se sabía mediante qué procedimiento, en lo que parecían las fauces Averni, seguirlo con la imaginación, ¡mientras avanzaba sonoro a través de tantas oscuras y asfixiantes cavernas, sombras hórridas!” (“Elogio del Deshollinador”, pág. 165).

    Los Lamb son dados a las divertidas enumeraciones: “Un pariente pobre es la cosa más impertinente de la naturaleza: una relación insolente; un odioso acercamiento; una consciencia obsesionante; una sombra ridícula, que se alarga en el mediodía de nuestra prosperidad; un importuno recordador; una mortificación perpetuamente repetida; un desangre en el bolsillo; un acreedor más insufrible para el orgullo; un inconveniente en el éxito”. Y también son, en medio de su circunspección, afectos a la ironía; veamos si no esta arrolladora metonimia que se extiende no menos de diez líneas más para concluir que el pariente pobre es “lo único que no es necesario; granizo sobre las mieses; la onza de agrura en la libra de la dulzura” (“Los Parientes Pobres”, pág. 181).

    De todos los apuntes que recoge el volumen de “Ensayistas ingleses”, de Océano, la del descubrimiento del lechón asado en las antiguas estepas chinas de tiempos inmemoriales me cautiva especialmente: “Llegó a temerse que la misma ciencia de la arquitectura no tardara mucho tiempo en perderse para el mundo. Así continuó esta costumbre de incendiar casas, hasta que con el tiempo surgió un sabio como nuestro Locke, que hizo el descubrimiento de que la carne de cerdo, o de cualquier otro animal, por cierto, podría cocinarse (quemarse, como decían ellos), sin necesidad de consumir toda una casa para guisarla. (...) Asar colgando el lechón encima del fuego, o al asador, llegó un siglo o dos después”. El resto puede leerse en el ensayo “Disertación acerca del lechón asado” de páginas 173-180 del volumen citado.

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