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    La cabra, la zorra, las porteñas y el globo

    Lo que dejó la cuarta edición del Festival Internacional de Artes Escénicas

    Fue la más modesta de las cuatro ediciones de este festival público bianual que se realiza desde 2009. No vinieron grandes producciones como las de La Fura dels Baus, el Odin Teatret o la notable versión coreana de Madre coraje de 2013. Fue un festival gasolero —costó seis millones de pesos, un tercio del presupuesto de los anteriores—, pero el nivel se mantuvo alto.

    Quince obras de teatro y danza internacionales y diez de Uruguay se dieron cita en la cuarta edición del Festival Internacional de Artes Escénicas (Fidae), organizado por la Dirección Nacional de Cultura en Montevideo, Salto, San José y Canelones, entre el lunes 5 y el domingo 18. El programador argentino José Miguel Onaindia, nuevo director del Fidae, demostró su buen olfato para detectar autores, realizadores e intérpretes valiosos, el mismo que estuvo al servicio del Solís durante los últimos tres años.

    Entre lo mejor estuvieron los tres espectáculos argentinos, a cargo de tres creadores hasta ahora desconocidos en la escena local. Si bien no tienen nada que ver entre sí, vinieron a configurar una trilogía de la escena porteña del último año. Mi hijo solo camina un poco más lento, versión de Guillermo Cacace sobre un texto del croata Ivor Martinic, arrancó lágrimas de emoción. Un “chabón” en silla de ruedas es el centro de gravedad de este impecable retrato de una familia porteña de clase media-baja. Madre, padre, hermanos, tíos y abuelos. Todos buscan un poco de paz y algo de amor para sus vidas. Mientras intentan librarse de los estigmas y cruces con los que cargan —enfermedades, neurosis y traumas varios— aflora, en carne viva, una felicidad incipiente a la que aferrarse. La puesta en escena es soberbia: despojados de decorados y solo con lo puesto, este elenco que combina actores profesionales y amateurs derrochó talento y ternura en la sala Tractatus.

    El coreógrafo Pablo Ro­temberg estremeció la Verdi con el poder que cuatro cuerpos de mujer en escena pueden ejercer sobre una platea. La Wagner, sobre la música monumental del compositor alemán homónimo, pasea al espectador desde la belleza total al espanto durante 60 minutos. Del erotismo a la pornografía, de la ternura a la violencia sexual, de la fascinación al rechazo visceral. Un audaz desafío a los sentidos, tan magnético como revulsivo.

    El espíritu contestatario de Bertolt Brecht fue reciclado el jueves 15 en una muy divertida e ingeniosa comedia llamada Brecht, escrita y dirigida por Agustín Mendilaharzu y Walter Jacob, dupla que protagoniza el filme Historias extraordinarias, de Mariano Llinás. Un elenco a punto de estrenar una versión western de El círculo de tiza caucasiano recibe la noticia de que carece de autorización legal para representarla y debe improvisar una versión apócrifa que convenza al público, a la crítica y especialmente al inspector de derechos de autor. Sorteando mil y un equívocos y con el público como cómplice, este numeroso elenco hizo desternillar de risa a un Solís casi lleno, con puntos altísimos de histrionismo. Salvo por una duración algo excesiva, resultó un excelente espectáculo.

    El dramaturgo español Miguel del Arco ya había demostrado sus dotes en Montevideo en 2014 con una extraordinaria versión de Seis personajes en busca de autor. Ahora trajo la Guerra de Troya contada por su infausta causante, Helena, en Juicio a una zorra, una conmovedora composición de la española Carmen Machi —estrella recurrente en la obra de Almodóvar— que se fue del Uruguay con tres ovaciones de pie en la maleta.

    Otra gran muestra del mejor teatro español actual fue Desde aquí veo sucia la plaza, una comedia negrísima y descacharrante sobre un alcalde de un pueblito cuya principal tradición —y fuente de ingresos turísticos— es la volá, el lanzamiento de una cabra desde el campanario de la iglesia a la plaza. Pero la cosa se complica cuando, forzado por la Unión Europea, el gobierno quiere poner fin a tal barbarie, y entra a tallar la política. Font García, Vito Sanz y Juan Vinuesa dieron cátedra del absurdo contemporáneo. Mejor imposible.

    El cierre con Mucho ruido y pocas nueces a cargo de la emblemática compañía itinerante inglesa Shakespeare’s Globe Theatre fue una muestra cabal del poder del teatro cuando se combinan un texto magistral con intérpretes de primera. Nada más simple y efectivo que esta añeja comedia inglesa narrada por esta brillante troupe de actores-músicos: todos ejecutan instrumentos y forman una verdadera y omnipresente orquesta en movimiento.

    El sistema de sobretítulos en castellano (en una pantalla sobre el escenario, como en las óperas) funcionó perfecto, y el público captó el texto en todo momento, y respondió con permanentes risas y carcajadas ante el avasallante despliegue de ironía y el don para la metáfora perfecta que demuestra el Bardo de Avon en cada línea. La puesta de Max Webster funciona como un reloj suizo, y los actores se pusieron al público en el bolsillo y fueron condecorados con efusivos aplausos individuales, incluso antes del final. En las cuatro funciones, El Globo logró el milagro de seducir, mantener y entretener a más de cinco mil espectadores durante casi tres horas (dos horas, cincuenta minutos, intervalo incluido). Ateos de las tablas, convertíos. Dios existe, y actúa en Londres.

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