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    La capacidad de pensar

    Sr. Director:

    ¿Cuándo y por qué dejamos de pensar? Hace años que me preocupa la ausencia de pensamiento (ni siquiera hace falta adjetivarlo como “crítico”; pensamiento a secas) en varios estamentos de la sociedad uruguaya. La causa o variable explicativa no la he podido identificar precisamente como para construir una hipótesis pasible de verificación o desecho. Podría apenas preguntar si nuestro sistema educativo estimula el desarrollo de la capacidad de pensar y si este ejercicio de la capacidad de pensar es considerado tanto un derecho como una obligación.

    Tomo como punto de partida que la posibilidad de ejercer esta capacidad distingue a seres humanos de bestias y, una vez ejercida, distingue a las personas entre sí (Art. 8 de la Constitución). Esta capacidad que se expresa mediante acciones es además un derecho individual reconocido como derecho esencial y básico (derecho humano).

    La capacidad de pensar se puede medir en el “sentido común”, parámetro mínimo exigido por Kant para explicar la facultad humana de discernir entre lo “bueno y lo malo” tomando una base “comunitaria” en el sentido de representación de los hechos entendible por todos los demás seres humanos. Para un sector de la filosofía y de la filosofía política el ejercicio de esta capacidad deviene obligatorio en todo ser humano para ser considerado como tal. Hannah Arendt llegó incluso a justificar la pena de muerte de Eichmann porque las acciones (criminales) cometidas por él contra la humanidad fueron realizadas con total ausencia de pensamiento; porque Eichmann no ejerció la capacidad de pensar (juzgar, reflexionar) como debió haberlo hecho (ya en el ámbito del derecho, en palabras jurídico-penales: “debió haber actuado de otro modo, porque era capaz de hacerlo”).

    Pensar no es un acto propio de intelectuales sino que es una exigencia para “toda persona de mente sana, sin tener en cuenta su erudición o su ignorancia, su inteligencia o su estupidez” (Arendt, Hannah, Considérations morales, Dijon-Quetigny, Rivages, 1996, p. 33).

    El Estado de Derecho tiene que garantizar una educación asentada en el ejercicio básico del pensamiento individual, que es la base para lograr un pensamiento crítico a los sistemas de cosas (naturales, totales, etc.). Los absolutismos, los totalitarismos (el propio derecho natural) se construyen sobre la repetición de dogmas y la prohibición de pensar y expresar libremente el pensamiento. Los regímenes dictatoriales, el fascismo, el nacional socialismo, el comunismo, solo pretenden “construir un hombre nuevo” mediante la aniquilación del hombre libre pensador y la prohibición de la asociación y la expresión pública del pensamiento.

    En un régimen democrático los ciudadanos tenemos no solo el derecho sino la obligación de pensar, es decir, no basta con la capacidad sino que ella tiene que ser ejercida obligatoriamente. Y para ello, el Estado tiene que garantizar y fomentar ese derecho en todos los ciudadanos. Los uruguayos, eternos melancólicos enamorados (y encerrados) en el pasado, vivimos sin pensar el presente y sin conciencia del futuro: vivimos contenidos en un recuerdo permanente en el que todo lo vivido fue mejor (la histeria colectiva de Maracaná, la Suiza de América, etc.), con el contrasentido explicativo de que cualquier logro se considera una “hazaña” o producto del azar (ausencia de planificación).

    Vivimos el presente confundiendo recordar con pensar. Pensar no es lo mismo que recordar, como bien explica Jorge Luis Borges en “Funes el memorioso”, pues el pensamiento requiere de intervalos de tiempo para entender lo que se percibe por los sentidos. No puede ser lo mismo “un burro que un gran profesor” por más que ambos desempeñen formalmente la misma función; no puede ser lo mismo “el que vive de los otros, que el que mata, que el que cura o está fuera de la ley”. No puede dar lo mismo hacerse llamar por un nombre que no se tiene ni utilizar en la vida pública un título que no se posee. No es lo mismo narrar hechos sobre los que no se tiene certeza (aunque ello pueda confundir o desinformar) que modificarlos para inducir a otros en error. No es lo mismo dar muerte a una persona por un problema amoroso o un enfrentamiento ocasional, que dar muerte por un problema de odio a una raza, extracción social, orientación sexual o color de piel.

    Los uruguayos no podemos dejar de pensar en esto que nos sucede ahora y debemos tomar posición, porque no se trata de simples anécdotas o narraciones vernáculas. Las cuestiones del bien y el mal (lo que está bien y lo que está mal) no son cuestiones de moral o ética (en su etimología greco-latina “mores” y “ethos” identificaban a las costumbres y los hábitos) como se nos enseña, sino que son cuestiones esenciales, herramientas para discernir lo que se puede hacer de lo que deberíamos abstenernos de hacer. Y si habiendo reflexionado igual actuamos realizando malas acciones, ellas deben traer consecuencias para el autor con capacidad de pensar (que no tienen que identificarse únicamente con condena penal y cárcel). No padecemos de la incapacidad de Funes, de modo que tenemos que detenernos a pensar sobre el rumbo que han tomado ciertas cosas y emitir juicios de valor. El control de lo político no es únicamente moral o ético y jamás puede estar exento del control jurídico cuando se traspasa la frontera de lo permitido (bien) a lo prohibido (mal). Y no se trata únicamente de si una conducta encaja en un tipo penal, esto es apenas una forma posible de reaccionar frente a las malas acciones. Según Arendt (The Human Condition, Chicago Press, 1998, p. 240 y ss) las malas acciones solo pueden ser respondidas mediante otra mala acción (venganza o acumulación de negatividades) o mediante un acto nuevo de corte o refundación de la acción negativa previa (perdón o castigo). La venganza puede ser irreflexiva, y solo se puede perdonar o castigar aquello que se puede pensar, comprender, elaborar. El simple acto de recordar (memoria) sin pensamiento es una mera (re)acción sin sentido.

    En Uruguay, me parece, nos estamos acostumbrando a vivir experiencias negativas que luego recordamos como anécdotas desprovistas de todo juicio de valor. Esta carta no exige venganzas ni castigos en relación a un hecho o acción en particular. Solo pretende dejar sentada una pregunta: ¿hemos sustituido los uruguayos el acto de pensar por el de recordar? Y si fuera así, ¿cuándo y por qué los uruguayos hemos dejado de pensar?

    Dr. Pablo Galain Palermo