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    La carrera detrás del dinero... ajeno

    “El lobo de Wall Street”, de Martin Scorsese

    Primera osadía de Martin Scorsese: hacer una película de tres horas. Segunda osadía: retratar a un corredor de bolsa tan odioso como carismático, y tratar de hacerlo pasar por un personaje simpático. Tercera osadía: en vez de plantear un oscuro drama sobre gente que hace dinero estafando a los demás, hacerlo en plan de comedia sin tomarse en broma el asunto. Cuarta osadía: mostrar el consumo desaforado de drogas y abundantes orgías colectivas de sexo y alcohol como el comportamiento habitual de gente de negocios que vive al borde del paroxismo. Quinta osadía: mostrar crudamente el cambio de modelo capitalista desde la antigua manera de hacer dinero honradamente para triunfar en la vida hasta la actual de querer ganar cantidades obscenas por medio de maniobras fraudulentas donde el sentido de la honradez y la integridad moral han perdido completamente su significado.

    Entonces, una advertencia: esta es una de las películas más desaforadas e implacables sobre la enloquecida carrera detrás del dinero de que se tenga memoria. Ni la primera “Wall Street” de Oliver Stone (1987) admite comparación, a pesar de que Gordon Gekko (personaje que hacía Michael Douglas en ese filme) fue el modelo que siempre guió al protagonista Jordan Belfort según propia confesión, de acuerdo a sus memorias que son las que sirven de base al libreto de Terence Winter para esta película basada en hechos reales. Martin Scorsese, que ha apoyado su carrera previa en personajes y ambientes vinculados a la mafia y a los negocios sucios (“Calles peligrosas”, 1973; “Buenos muchachos”, 1990; “Casino”, 1995; “Los infiltrados”, 2006), da un giro radical al mostrar esa misma corrupta voracidad por el dinero no ejercida por delincuentes mafiosos sino por “respetables” miembros de la actividad bursátil norteamericana, pulmón y razón de ser del sistema capitalista occidental.

    Y es muy claro el porqué: la tremenda crisis desatada en 2008 a causa de maniobras fraudulentas en Wall Street, que llevaron a la quiebra de varias empresas multimillonarias y provocaron el descalabro financiero de muchas naciones europeas cual efecto dominó, es lo que hace que ahora se mire con ojos críticos hacia esa raza de señores que manipulan la economía mundial y se les coloque como los malos de la película, algo impensable en los años de la guerra fría donde Scorsese habría sido tildado poco menos que de comunista. Incluso ahora, si El lobo de Wall Street no fuera una producción independiente de Scorsese y Leonardo DiCaprio, es improbable que alguna de las majors se la hubiera financiado. La independencia permite ciertas cosas favorables (las osadías temáticas) y otras no tanto (tres horas de duración). Pero ya se verá que una y otra pueden complementarse si hay buenas ideas, madurez creativa y sobre todo mucho talento.

    En la quinta colaboración conjunta entre Scorsese y DiCaprio (“Pandillas de Nueva York”, 2002; “El aviador”, 2004; “Los infiltrados”, 2006; “La isla siniestra”, 2010) esta debe de ser la más comprometida. El director (71 años) está en plena madurez, ya ganó un Oscar de la Academia (2006) y su nombre significa mucho en el cine actual. DiCaprio hace rato que dejó de ser el nene lindo de “Titanic” (1997) y se definió por personajes recios y complejos. A los 39 años ha dado sobradas muestras de versatilidad y es un actor de primera, aunque los premios le hayan sido esquivos. Acaba de ganar su segundo Globo de Oro por esta película (ya tenía uno por “El aviador”), pero el Oscar lo ha ignorado en tres nominaciones anteriores. Tal vez sea hora de reparar esa injusticia, porque si algo sobresale en El lobo de Wall Street es su impresionante actuación como Jordan Belfort. Y lleva las tres horas de película sobre sus hombros, sin decaer un instante y mostrando una energía a toda prueba. Parece un esfuerzo titánico.

    Desde el comienzo, Belfort se muestra tal como es, hablando incluso a la cámara en una confidencia con el espectador que rompe el realismo formal del filme. En diálogo inicial con Mark Hanna (un notable Matthew McConaughey), aprende algunos trucos de la profesión que no conviene contar. Hay que verlo para creerlo. Lo que sigue es un imparable ascenso que cubre todos los años 90 y que lo lleva a rodearse de varios ejemplares casi caricaturescos, donde Donnie Azoff (un casi irreconocible Jonah Hill, con enorme prótesis dental) se convierte en su socio inseparable en el negocio de despojar a la gente de su dinero, primero en pequeñas cantidades y luego en sumas millonarias. En su momento cumbre, Belfort vive en una mansión gigantesca, tiene un yate fastuoso y hasta un helicóptero privado. Arenga a sus empleados con discursos inflamados y se mete cuanta droga existe, porque es la única manera (a su entender) de mantener esa febril actividad. No es el único que lo hace. Todos sus socios siguen la costumbre, organizan orgías multitudinarias en plena oficina, pero Donnie Azoff es el peor de todos. Dentro de la lógica interna del filme (distorsionada), la demencia de Azoff será la causa de algunos tropiezos que marcan el fin del obsceno derroche de dinero (ajeno) y de la infame secuela de dislates (propios) de la que todos los empleados de Belfort (incluido él mismo) hacen gala.

    Porque, vale aclararlo, el FBI le respira en la nuca por medio de un empecinado agente (Kyle Chandler) dispuesto a mandarlo tras las rejas. Una memorable escena a bordo del yate de Belfort refiere a la entrevista entre el poderoso y engreído millonario y sus perseguidores, y realmente no tiene desperdicio. Allí es donde DiCaprio, sin gritos ni gesticulaciones, sabe ser sutil y controlado hasta que pierde la paciencia. Adicto a las drogas y al sexo, es incapaz incluso de serle fiel a su mujer (Margot Robbie), motivando otra de las escenas de bravura donde ambos se desafían acudiendo a sus armas más poderosas: ella su seductora sexualidad y él su dinero. Pero como dijera aquella célebre frase de “El ciudadano” de Orson Welles (1941): “No hay ninguna ciencia en hacer un montón de dinero… si lo único que se busca es hacer un montón de dinero”. Las motivaciones de Belfort nunca quedan muy claras. No aspira al poder, no pretende dominar un imperio económico, no tiene intereses políticos. Solo es un tipo enloquecido por el dinero, o mejor dicho, engolosinado con su manera fácil de conseguirlo, como un objetivo en sí. Pero sigue pareciendo un pobre tipo.

    En una película de estas características (no es una epopeya histórica, no narra una etapa compleja llena de vericuetos argumentales) tres horas parecerían excesivas, pero vale decir que no se sienten. La estructura del filme es enérgica, es veloz, es entretenida, todo el tiempo están pasando cosas. Algunos podrían decir que el asunto gira siempre sobre el mismo eje y reitera una y otra vez lo mismo. En cierto modo sí, pero la virtud de Scorsese es hacer que los personajes funcionen y que, pese a su intrínseca antipatía, el espectador se interese por ellos y por su destino, no porque no se adivine el final sino por cómo se llega a él. Y con DiCaprio al frente, el interés siempre está asegurado. La experiencia es dura, inquietante, removedora. Vaya si vale la pena.

    “El lobo de Wall Street” (The Wolf of Wall Street). EEUU, 2013. Director: Martin Scorsese. Guión: Terence Winter. Con Leonardo DiCaprio, Jonah Hill, Margot Robbie, Matthew McConaughey, Kyle Chandler, Rob Reiner, Jean Dujardin. Duración: 180 minutos.

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