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    La casita de paja

    N° 2069 - 30 de Abril al 06 de Mayo de 2020

    Hay mucha sabiduría popular en los cuentos infantiles. Es a través de ellos que los niños comienzan a incorporar valores y a descubrir el mundo, con sus luces y sus sombras. Mediante fábulas, animales humanizados o historias fantasiosas se enfrentan por primera vez a los dilemas que formarán parte de sus vidas cotidianas de adultos. Para eso fueron creados y para eso se repiten una y otra vez, generación tras generación.

    Los tres chanchitos es uno de los clásicos, de esos que sobreviven por décadas. Los mismos padres que hoy se lo cuentan a sus hijos antes lo escucharon de sus progenitores y así sucesivamente. Entonces, nada más claro y explicativo que recurrir a ese cuento infantil para intentar describir lo que ahora ocurre en Uruguay.

    Cuenta la historia que, al separarse de la madre, los chanchitos tuvieron una oportunidad para construir cada uno su casa, de la manera que quisieran. Uno la hizo de paja, rápidamente y sin demasiado esfuerzo. Otro de madera, con apenas un poco más de dedicación, aunque mínima. El tercero —el más trabajador y aplicado— se tomó un tiempo largo para construirla de ladrillos. Tiempo después, cuando el lobo fue hambriento a atraparlos para comerlos, sopló y sopló ante cada una de las construcciones y solo la casa de ladrillo logró mantenerse en pie.

    Uruguay también tuvo una oportunidad histórica de construir una casa sólida, que resistiera a cualquier viento. Durante más de una década, el contexto internacional ayudó al país para que pudiera planificar y edificar su refugio permanente, así como los chanchitos tuvieron su oportunidad en el bosque. Pero lo que eligieron los últimos gobiernos fue el camino más rápido y que implicara menos trabajo: la casita de paja.

    Hoy llegó un nuevo lobo disfrazado de coronavirus y con un solo soplido está haciendo volar las paredes, el techo, las ventanas, toda la casa recién construida por los aires. Poca cosa queda en pie. La economía, la educación, la seguridad social, el trabajo y otros asuntos que parecían sólidos ladrillos, consolidados después de una década y media de bonanza, en realidad estaban hechos de paja.

    Aquello del “país de primera”, del acercamiento a la OCDE, de la posibilidad de subir algunos escalones hacia el desarrollo voló por los aires ante la primera inclemencia climática importante. Esto no significa que la pandemia del coronavirus no fuera a tener un impacto negativo importante, como lo está teniendo en todo el mundo, pero en Uruguay desnudó lo frágil que eran muchos de los logros que se adjudican los anteriores gobiernos.

    Otros países, que se han dedicado a construir ladrillo tras ladrillo a lo largo de su historia o en los últimos años, ahora tienen más posibilidades de recuperarse rápidamente. No hay secretos. Hasta en los cuentos para niños más antiguos está la fórmula del éxito. Se trata de trabajar y ahorrar en los momentos en lo que eso es posible para después sufrir un poco menos las tormentas. Pero es muy fácil decirlo y comprenderlo y muy difícil ponerlo en práctica. Aquí fue mucho más tentador resolver en forma rápida y poco efectiva los problemas de fondo para obtener más tiempo para los asuntos superfluos, como los chanchitos que optaron por la paja y la madera.

    Lo insólito es que un fuerte viento también había soplado en 2002, dejando al descubierto lo frágil que era toda la estructura sobre la que estaba construida la sociedad y la economía uruguayas. Por eso, era lógico pensar que se había aprendido la lección y que al levantar una vez más la casa, los cimientos y los materiales iban a ser mucho más duraderos, como aseguraba Tabaré Vázquez durante su primer gobierno.

    Pero no. Ocurrió todo lo contrario. Resulta que después de 15 años de crecimiento económico ininterrumpido y otros tantos de un contexto internacional muy favorable, como hacía mucho tiempo no ocurría, el lobo arribó sin que ni siquiera hayamos tomado los recaudos correspondientes, sopló bien fuerte y dejó al descubierto la informalidad, la pobreza, los escasos recursos sanitarios, el elevado déficit fiscal, las falencias educativas, todo aquello que de haber contemplado y solucionado en su momento, sería un alivio para los tiempos que vienen.

    Es momento de empezar a construir otra vez la casa. Esperemos que en esta oportunidad se tenga en cuenta todo lo que pasó en los últimos años y que el ejemplo a seguir sea el del chanchito trabajador. De lo contrario, en unos pocos años un nuevo viento vendrá, otra vez, a dejarnos a la intemperie.

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