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En El arte de la ficción, un libro póstumo de James Salter que reúne dos conferencias a propósito del oficio del escritor, hay varias consideraciones que valen la pena y más de una anécdota jugosa. Una de esas anécdotas habla de un voraz lector y reconocido intelectual que tenía un pequeño apartamento de dos ambientes donde recibía a los amigos. Su biblioteca era muy pequeña y tenía los libros esenciales, 35 títulos que iban cambiando si aparecía uno nuevo digno de desplazar a alguno de los esenciales. El resto de los libros conformaban altas pilas acomodadas hasta el techo en el corredor, donde los invitados podían servirse a su gusto y quedárselos. Este intelectual fue uno de los que dieron el primer gran consejo literario a Salter:
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Más adelante, Salter definiría a Bábel como “un escritor que no se entromete, guarda la distancia con el relato y permite que este concluya solo, a menudo de un modo vacilante”. Es curioso, pero ciertas veces los conceptos de no intromisión y vacilación, ideas que a priori suenan débiles o al menos laxas, están del lado de la mejor literatura, la que destila múltiples sentidos más allá de lo que está escrito.
También resulta curioso que esa sensación de distancia y libertad sea producto de un trabajo puntilloso, obsesivo, de orfebre. Bábel decía que no tenía imaginación, y lo decía de verdad, sin cortapisas; que escribía necesariamente de lo que conocía, como su ciudad natal, Odesa, o el Primer Ejército de Caballería, en el cual sirvió a la Revolución soviética a partir de 1920 en la guerra contra los polacos, cuando estos, aprovechando el caos revolucionario, forzaron los límites y se adentraron en parte de Ucrania, Bielorrusia y Lituania. Describir, describir y describir, se imponía Bábel: un rostro mal afeitado, el aire viciado de una taberna, los perros trenzados en una pelea, el tableteo de una ametralladora.
Caballería Roja se publicó en 1926. Son 33 relatos breves (Banda Oriental acaba de editar en su colección de Lectores una versión con 25) en los que cada una de las frases está cincelada mil veces, con la idea de generar una frágil palanca, como dice Salter, que se puede girar lo justo, ni más ni menos, para no resentir el conjunto. La esposa de Bábel conocía los cuentos de memoria, de tanto que el escritor volvía a ellos, los retocaba y se los leía una y otra vez. Cuentos breves que pueden ser abordados como los capítulos de una novela, en los cuales un imberbe joven con afán periodístico —y también patriótico— debe lidiar en el tosco y violento ambiente de los cosacos. Bábel es un intelectual de baja estatura, con lentes, el tipo que llega al nido de los machos y debe reunir fuerzas para el combate: “Inclinado bajo la fúnebre corona eché camino adelante mientras suplicaba al destino que me concediera la más sencilla de las ciencias: la ciencia de matar a un hombre”.
El libro, por su brutal franqueza, realismo y también poesía y fantasmagoría, trascendió las fronteras de la Unión Soviética. Se tradujo al alemán, al francés, al italiano y al español, y encumbró a Bábel como el gran escritor de su generación. Era un buen comunista, un periodista capaz de observar los hechos y describirlos con atómica precisión, un hombre que había recorrido el mundo y, por si fuera poco, había escrito el mejor libro hasta el momento sobre la Revolución soviética. Historias viscerales, sucias, tan sinceras como violentas, donde conviven la cultura judía, el cristianismo y la nueva realidad bolchevique en pequeños pueblos que no están preparados para tanta convulsión. Ni las casas ni los graneros fueron diseñados para cobijar soldados. Pero la guerra es una peste que arrecia calles y penetra portales y ventanas y pozos de agua, destruyéndolo todo. Hombres, mujeres y niños se resignan a vivir entre las balas y los muertos.
Hay momentos en cámara lenta que parecen sacados de una película de Sam Peckinpah, como el prisionero al que hunden un sable en la garganta: “El viejo se desplomó, meneó las piernas y de su garganta brotó un torrente de sangre espumosa y roja como el coral” (relato Los aviadores, Caballería Roja, edición de la Universidad Veracruzana, 2013).
También hay personajes de estatura documental, con carnadura de daguerrotipo: Baulin, un jefe de 22 años, rostro aniñado y parco de palabras, que se había dejado la barba para infundir respeto y dormía sentado. O imágenes que bien podrían integran los mejores momentos de la literatura fantástica, como ese remo que se mantiene vertical debido a la enorme cantidad de peces que hay en el lago y a la fuerza contraria que los mismos ejercen. Allí abajo, en el agua, también hay un mundo convulsionado.
Isaak Emmanuílovich Bábel había nacido el 13 de julio de 1894 en Odesa, en el barrio judío de Moldavanka. Además de ruso, hablaba hebreo y aprendió a escribir en francés por su amor a Guy de Maupassant. Cuando se traslada a Petrogrado (luego Leningrado y actualmente San Petersburgo) conoce a Máximo Gorki, quien será su mentor y ángel de la guarda y le publica los primeros cuentos en 1916. Pero Gorki, que era un grande, también daba recomendaciones de Perogrullo. Le dijo a Bábel:
—Viaje por el mundo.
Y Bábel lo hizo, a pesar de que Europa estaba azotada por la I Guerra Mundial. Observar y describir, en las praderas, en las ciudades y en los puertos.
Iliá Ehrenburg traza un notable perfil de Bábel en su libro monumental Gente, años, vida (Acantilado, 2.056 páginas). Lo primero que llamaba la atención de Bábel es que no se parecía a un hombre de letras o a un exsoldado: era más bien un maestro de escuela rural. No tenía escritorio: escribía en la mesa de la cocina. Ehrenburg lo conoció en una cervecería de mala muerte en Moscú, atiborrada de ladronzuelos, perdedores e intelectuales reventados que pronosticaban algún tipo de Apocalipsis proletario. En la barra una mujer desmerecía a su amante a los gritos; a un costado, dos borrachos se habían enzarzado en una pelea; más acá, un viejo explicaba que su yerno había apuñalado a la mujer. Ehrenburg le dijo a Bábel:
—Vámonos a otro sitio.
—Pero si aquí todo es muy interesante —replicó con sorpresa Bábel.
En 1935, en París, Ehrenburg lo volvió a encontrar en un congreso de escritores. Bábel no había preparado discurso alguno e improvisó en francés. El público le festejó todos los chistes. Bábel fue crítico con los patrones capitalistas, un tópico que siempre reditúa, pero también con campesinos que a veces se convierten en vivillos y ventajistas:
—Este koljosiano ya tiene pan, tiene casa, tiene incluso una condecoración. Pero no le basta. Ahora quiere que sobre él se escriban versos.
Semión Budionny era el mariscal de campo de la Caballería Roja, un sujeto terrible, acostumbrado a la disciplina militar y a la realidad concomitante con esa disciplina. Para Budionny, lo que Bábel escribió en Caballería Roja fueron “libelos y calumnias” con respecto a los cosacos. Un artista y sensible camarada, llegado el caso, puede convertirse en soldado; a un mariscal le cuesta bastante no digamos convertirse en un artista, sino aceptar lo que este escribe. Y un tal Stalin estaba en el poder, que entre otras campañas solidarias y populares propagaba que el arte debe acompañar a la revolución y no apartarse de ella. Gorki había muerto. Bábel ya no tenía quién lo defendiera.