La educación
Cuando cumplió seis años, Micaela Chacón se mudó de Paysandú a Montevideo y comenzó a asistir a la Escuela N° 197, la única para sordos en Montevideo. Por más que haya sido hace más de 30 años lo recuerda y se emociona porque esos fueron sus primeros contactos con otras personas que compartían sus dificultades.
En Uruguay hay cuatro escuelas especiales para personas sordas —en Montevideo, Salto, Maldonado y Rivera—. Los alumnos cursan más que el ciclo completo, ya que hay niños que ingresan a maternal y pueden llegar hasta sexto o séptimo grado. Algunas maestras hablan lengua de señas pero la mayoría se apoya en intérpretes y en los mediadores, que son adultos sordos que manejan el idioma y saben lo que pueden sentir los alumnos por tener la misma discapacidad.
En el resto de los departamentos se crean grupos específicos —como, por ejemplo, en la Escuela Nº 2 de Treinta y Tres— o los niños con dificultades aprenden de forma aislada, y coinciden con los alumnos oyentes solo en actividades puntuales. En total hay 310 alumnos sordos en las escuelas públicas, de los cuales 110 asisten a centros de Montevideo.
Si bien las recomendaciones internacionales apuntan a una inclusión donde el alumno esté integrado en clases con compañeros oyentes, para la maestra inspectora Stella Vallarino en la práctica eso no es lo mejor. “No puedo ponerlo en un tercer año de una escuela común porque sus maestros y niños hablan español. Por más que lo sientes adelante y el maestro tenga buena disposición. Esas experiencias de inclusión se dan, pero no arrojan buenos resultados porque el sordo necesita su comunidad y su lengua”, asegura.
La inspectora supervisa el trabajo de 101 docentes que están repartidos por el país dando clases en escuelas para sordos, y de otros 25 instructores, de los cuales cuatro están en Montevideo y el resto en el interior. Si bien la relación es de un maestro cada tres alumnos, el reparto no es equitativo en el territorio y por eso cuando la inspectora piensa en el futuro le preocupa especialmente la formación de nuevos docentes.
En la ciudad de Canelones la maestra que trabajaba con un grupo de cinco alumnos sordos se jubiló. No tenía remplazo y se hizo un llamado especial para llenar su vacante. Durante el tiempo que pasó entre que se presentaron los candidatos, concursaron y se eligió un sustituto, las demás maestras debieron incorporar al grupo en sus clases con oyentes.
El pasaje a Secundaria implica un cambio grande. Micaela concurrió al Liceo N° 32 junto con nueve personas sordas. Fueron pioneros porque luego de plantear sus necesidades a la entonces directora Cristina Cabrera, en 1996 se inició la formación bilingüe —en lengua de señas y en español—. Se incorporaron dos intérpretes. En un principio compartían clases con alumnos oyentes, pero cuando el profesor explicaba algo, se producía en los estudiantes sordos un delay por estar siguiendo la traducción del intérprete. Entonces, se decidió que trabajaran en un grupo independiente, lo que luego se replicaría en otros centros.
Han pasado más de 25 años y varias generaciones de intérpretes se recibieron desde que se creó la carrera en 1992. Actualmente hay alrededor de 350, en su mayoría mujeres. El número no cubre las distintas áreas en que son necesarias para la comunidad sorda. Lo que hace que en los hechos no haya una verdadera accesibilidad en la educación. “Esto es lo que nosotros llamamos audismo: que nos dejen de lado y discriminen a las personas sordas”, dice Micaela.
Para quienes llegan al nivel terciario, la Universidad de la República (Udelar) ofrece intérpretes para que traduzcan en las clases donde asisten personas sordas. Los materiales de estudio son principalmente las grabaciones de video de los intérpretes en cada sesión. Y como los textos no están adaptados a lengua de señas, deben leerlos en español, lo que les implica un esfuerzo extra. Aun así, hoy hay más de una decena de sordos con título universitario en Arquitectura, Magisterio, Psicología, Bellas Artes y otros 30 cursando diversas carreras.
La salud
Cuando una persona sorda recurre al sistema de salud puede enfrentarse a dos mundos muy diferentes. La Unidad de Salud para la Persona Sorda Policlínica Luisa Tiraparé es un espacio en el centro de Montevideo especialmente adaptado por la intendencia capitalina. Cuenta con profesionales que saben lengua de señas y con mediadores que facilitan la comunicación cuando los médicos hablan español. La atención es integral y a quienes necesitan trasladarse desde el interior se les brinda ayuda económica.
Mariana Verdún, psicóloga y experta en lengua de señas, forma parte del equipo de Tiraparé. Trabaja con personas sordas que poco a poco fueron comprendiendo que podían asistir al centro, no para intentar oír, sino para ser atendidos en su idioma. En los últimos cinco años se agendaron unos 400 usuarios para diversas consultas y en el último año lo hicieron 30 personas por primera vez.
Pero Tiraparé es la excepción. La gran mayoría de los centros de salud no están preparados para atender a personas con dificultades auditivas. No cuentan con profesionales que manejen lengua de señas, no tienen intérpretes y en algunos casos tampoco están dispuestos a colaborar.
Hace tres años Micaela consultó a un ginecólogo en la mutualista Médica Uruguaya. Fue acompañada de su pareja, que es hipoacúsico, y si bien él escucha un poco y podía hacer de traductor, ella decidió que lo mejor sería hacer una videollamada con una intérprete. Coordinó con la profesional para que lo agendara y cuando llegó el día y la hora de la consulta, la intérprete estaba lista esperando el contacto.
Micaela saludó al médico y le comentó lo que haría. Puso el celular en la mesa y cuando fue a apretar el botón para llamar, el ginecólogo se lo quitó. Se puso furioso. “¡De ninguna manera!”, le dijo mientras ella lo miraba atónita. Micaela no podía escucharlo y solo vio la violenta reacción sin entender el porqué. Su pareja intentó explicarle.
“La entrevista la vamos a tener solo nosotros”, le insistió el médico. Y comenzó a darle su diagnóstico. Tenía un fibroma. Micaela no sabía qué significaba eso y quería hacerle varias preguntas. Como esperaba contar con su intérprete, no llevaba papel ni lápiz para escribir las consultas así que gesticulando y con algo de señas le pidió explicaciones. Estaba muy enojada.
—¿Qué es un fibroma? —le logró preguntar juntando los dedos de las manos.
El ginecólogo no supo cómo responderle.
Hoy cuando Micaela recuerda el momento se vuelve a enojar. “Yo tenía un fibroma y no podía preguntarle nada. Me decía cosas y yo no entendía. ¡Es mi derecho que me expliquen en mi lengua! Fue una mala actitud. Yo de verdad quería cachetearlo”, dice. Luego consultó a otro ginecólogo que aceptó incorporar a la intérprete en la consulta y pudo sacarse todas las dudas.
Silvia Areosa se recibió de intérprete en la segunda generación de 1994. Acompaña a las personas sordas desde antes incluso y conoce la dinámica que se da en los centros de salud. Por eso asegura que si bien “las comunidades médicas han mejorado, aún son muy brutos en la forma de decir o plantear las cosas”.
A sus 58 años Silvia es una referente para la comunidad. Al punto de que es la primera intérprete que ingresó a un parto para comunicar a la madre con los médicos. Recuerda que no fue fácil que los profesionales de la salud lo aceptaran. “¿Qué le vas a interpretar, el ‘ay, ay, me duele’?”, le decía un médico. En aquel entonces las madres se enteraban unos días después cuándo había nacido exactamente su hijo o cuánto había pesado. Hoy una mujer sorda es capaz de sentir el corazón de su hijo cuando le hacen la radiografía si, por ejemplo, le ponen la mano sobre el aparato.
Y es allí donde Chiara Oriti Niosi, coordinadora del proyecto El derecho a la igualdad y no discriminación de las personas con discapacidad de Naciones Unidas, ve que falta más empatía. Cuando se conoce que un niño es sordo cómo se transmite por parte del personal de salud a los padres es clave para su futuro. “No es lo mismo que te den recomendaciones, que te digan que le hables y cantes porque sienten las vibraciones, a que te digan que ni les hables porque es sordo”, explica.
Este y otros consejos se plasmaron en un protocolo para capacitar al personal médico en el trabajo con personas en situación de discapacidad. “Esperemos que vaya cambiando porque la actitud actual sigue siendo la de que la discapacidad es una cruz con la que te tocó cargar”, agrega.
Su desarrollo
Una persona sorda puede vivir sola. Puede tener hijos y criarlos sin problemas. Puede cursar la facultad y trabajar de lo que le guste. Siempre y cuando estén las condiciones adaptadas para alguien que no oye. Sin embargo, una de las mayores barreras que siente la comunidad es el prejuicio.
Micaela insiste en que el desafío es la sobreprotección de sus familias, quienes no los dejan desarrollarse porque los ven como “pobrecitos” a cuidar todo el tiempo. Abundan los casos que muestran cómo este enfoque los limita. Por ejemplo, una mujer cuya madre quería resolver todo por ella. Le cobraba la pensión por discapacidad y no la dejaba manejar su dinero.
La joven vivía en Argentina con su pareja. Se mudaron a Montevideo y decidieron formar una familia. Buscó quedar embarazada, pero como no lo conseguía consultaron al médico. El ginecólogo revisó su historia clínica y descubrió que años atrás se había sometido a un proceso de esterilización. Estaba su firma, pero ella aseguraba que nunca quiso hacerlo. Su madre siempre le insistió en que no tuviera hijos. Y aprovechándose de que ella no sabía leer español le hizo firmar el procedimiento médico. “Firmá que es necesario hacerlo”, fue lo único que le dijo.
“La discriminaba, a tal punto que su propia madre decidió por ella que no fuera madre”, cuenta indignada Micaela.
Ese caso no fue el único. Durante una serie de encuentros convocados por Naciones Unidas con jóvenes madres sordas que se realizaron el año pasado, surgió que varias se habían sometido a procesos de esterilización forzada. Lo notaron cuando consultaron médicos tras meses buscando quedar embarazadas o en chequeos de rutina. Algunas habían firmado el consentimiento médico y en otros casos sus familiares. A partir de este descubrimiento, Naciones Unidas, en coordinación con los profesionales de Tiraparé, elaboraron un consentimiento informado accesible para que las personas sordas sepan qué están firmando. Y puedan decidir por ellas mismas si quieren, o no, ser madres.
Información Nacional
2020-05-07T00:00:00
2020-05-07T00:00:00