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    La cosa nostra del arte

    José de Ribera en el Museo del Prado

    Está entre los cuadros más raros de la historia del arte. De lejos, uno ve un hombre de barba oscura y tupida con un bebé en brazos. A un lado, un poco más atrás, otro hombre, más flaco y viejo, también de barba aunque un poco más blanca y recortada. Son dos hombres serios, duros, parecen compartir una carga muy honda, silenciosa, de esas que no se hablan. Están parados frente al espectador, como frente a la cámara, al pintor en este caso. Completa el cuadro un gran seno, una enorme teta que surge en un primer plano del vestido del hombre, de tela pesada que lleva la figura central. No es un hombre. Es una mujer. Barbuda. Como las del circo. La luz cae fulminante sobre el niño recostado apenas sobre el pecho de su madre. Se sabe que es el retrato de Magdalena Ventura con su marido, un posible caso de hirsutismo. A los 37 años empezó a crecer el pelo en la cara y pecho y a quedar un poco pelada. Tuvo muchos hijos y fue madre a los 52 años cuando el pintor la retrató a pedido del Duque de Alcalá, Virrey de Nápoles, en febrero de 1631. En manos del autor, la curiosidad y el morbo condujeron a una obra formidable, extraña, extremadamente contemporánea. Todo esto se sabe en parte por documentos de época, en parte porque el artista colocó a un costado una inscripción sobre un trozo de piedra titulada “El gran milagro de la naturaleza” donde relata el hecho y aporta otros detalles. La rareza del cuadro no está solamente en los modelos que tuvieron que pasar horas posando parados con el bebé en brazos. Ni en los modelos, ni en la escena, ni siquiera en la voluminosa teta cargada de leche que parece explotar. Está en el niño, debidamente iluminado, en su futuro, en su ingenua y tierna relación con esos padres acosados por la resignación y cierto espanto. La contradicción entre la dulzura de una escena maternal y los rostros de esa pareja en la que la mujer también es un hombre, con un gorro que le tapa un poco la calvicie, con esa barba de hombre grande pero sobre todo, con los rasgos tremendamente viriles que detalló a conciencia el autor. El cuadro es el “milagro”. Donde podría verse una escena freak, explícita y patética, se ve el dolor que atraviesa a esos seres humanos, de tremenda angustia y desolación.

    Es un cuadro de José de Ribera (Valencia, 1591- Nápoles 1652) uno de los pintores más poderosos del siglo XVII, figura que parece quedar opacada por el marketing barroco de Michelangelo Merisi de Caravaggio o Diego Velázquez, incluso los españoles Francisco de Zurbarán y Bartolomé Esteban Murillo. Español italiano, pero siempre español. Su pintura y dibujos permanecen entre las obras más cotizadas, desparramadas en museos y colecciones por todo el mundo. En cierta forma debió pagar tributo a su radicación italiana, nunca volvió a España aunque siempre reconoció su pertenencia, hasta en su extensa firma en la que dejaba eterna constancia de su origen. El Museo del Prado ha planeado sobre su figura en los últimos años. En estos días, ofrece una exposición de sus dibujos (Ribera. Maestro del dibujo) que reúne más de sesenta, algunos cuadros y una escultura en cera de su suegro, artista también que lo recibió y acogió, incluso le ofreció a su hija de dieciséis años como esposa. Y una dote muy importante que le permitió radicarse en Nápoles luego de una estadía en Roma. Ribera fue pintor notable pero también uno de los grandes y más importantes dibujantes de la época. Le encantaba recorrer las calles de su Nápoles adoptiva y retratar personajes extraños, figuras seductoras por su fealdad o desajuste, figuras callejeras, anónimas, golpeadas por la vida. Rostros curtidos, cuerpos deformes, rarezas. En los callejones de Nápoles a principios del siglo XVII había de todo, especialmente rarezas o delincuentes, gente pobre, desocupados. A eso recurre cuando no está pintando para iglesias o el Duque de turno, con quienes le fue muy bien.

    Cuerpos retorcidos, huesudos, doloridos. Escenas de sufrimiento, desgarro, horror. Sus cuadros y dibujos parecen escenas de una película. Tienen la luz teatral del caravaggismo, el claroscuro y las tinieblas que le aportan misterio, sordidez, peligro. Son dinámicos también, tienen movimiento y una fuerza dramática que conmueve. Explotan en las paredes. Rostros arrugados, deformes, con verrugas y otros signos evidentes de enfermedades. Rostros de viejos, de gente común, dientes podridos, miradas angustiantes. Sus dibujos forman parte de ese mundo cotidiano, nada glamoroso. Realizados con diversas técnicas, son parte central de una producción formidable en la que se destacan por sí mismos, como un cuerpo notable al que el autor recurrió hasta los últimos días de su muerte. Italia lo adoptó como Giuseppe y le puso el apodo de “El españolito” (lo espagnoletto) por su procedencia y altura. Su biografía aporta datos increíbles que lo pintan más interesante que un petiso compadre y fanfarrón o pendenciero. Un verdadero hijo de su época, un barroco de pura cepa, un complejo personaje, por momentos siniestro y turbio, mucho más que sus obras en las que intentaba retratar el mundo turbulento en el que le tocó vivir. Nació en Valencia pero nunca pintó en España. Se fue de adolescente a Italia donde pasó por Parma, Roma y finalmente, lleno de deudas según cuenta la leyenda, encalló en Nápoles, entonces Virreinato español, donde huían todos los malandras italianos para no pagar sus cuentas con la justicia. El ejemplo más conocido es el de Caravaggio que llegó huyendo luego de matar a un contrincante en un partido de tenis. Allí se aplicaba otra ley, la del cuchillo en emboscadas nocturnas, la justicia del ojo por ojo o la delincuencia. En los inicios del siglo XVII, la ciudad era la segunda más habitada de Europa detrás de París con una población de 500 mil habitantes. Un lugar de mucha gente sin trabajo, pobrísima, poblada de soldados y religiosos. A Ribera le fue muy bien en Nápoles, con períodos brillantes por su gran talento al servicio de encargos para iglesias y el poder civil.

    Pero lo más insólito es que formó parte de una extraña sociedad secreta junto a otros dos pintores, un griego lleno de vicios y un napolitano tenebrista. Los tres formaron una asociación conocida como “el cabal napolitano” cuyo objetivo fundamental era despejar el lugar de competencia que pudiera quitarles trabajos. Insólito, una especie de pequeña organización mafiosa que daba palizas y llegó a matar a quién invadiera su territorio artístico. Se cuenta que a Doménico Zampieri (Domenichino, discípulo de Annibale Carraci) que pintaba un fresco todas las mañanas, se lo destruían todas las noches con sal y arena. Especialmente crueles con los discípulos de Carraci a quienes veían como los más peligrosos competidores. Otro pintor, Guido Reni se salvó porque el sicario contratado por “El Cabal” se equivocó y mató a un ayudante. Reni se fue y dejó por la mitad su encargo. Al tiempo mandó a otro ayudante para terminarlo y rápidamente fue embarcado y obligado a desaparecer. Una historia increíble que no es mencionada cuando se habla del talento artístico de Ribera.

    La muestra del Museo del Prado refleja parte de esa vida tumultuosa, conflictiva, que expuso en muchos de sus obras, a veces en líneas esquivas que solo proponían rescatar el perfil macabro de la vida, muchas veces envueltas en imágenes sagradas o clásicas. Un hombre que vale la pena conocer, un artista distinto, profundo, riguroso, contradictorio, jugado.

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