—Usted, que estaba ya en posiciones de gobierno, ¿advertía la globalidad de aquel fenómeno en ese momento?
—Quizá no. No nos dábamos cuenta de que éramos parte de la “guerra fría”; “fría” solo en Rusia y Estados Unidos, pero no en América Latina donde hubo decenas de miles de muertes. Solo en El Salvador hubo 40.000 muertos. Y esto fue un frente de batalla de la “guerra fría”. En 1989 terminó la “guerra fría” y se abrió otro mundo. En aquellos años, las economías eran mucho más cerradas, aunque habían empezado procesos de apertura. Uruguay mismo lo había iniciado para salir de un Estado intervencionista mucho más grande, aunque nada que ver con lo que pasó años después.
—¿Qué destacaría especialmente de los múltiples cambios que hubo en ese período?
—Los fenómenos científicos y tecnológicos cambiaron el mundo. Hoy estamos discutiendo sobre los derechos de la mujer. Pues poco antes de que apareciera Búsqueda, en 1964 había llegado a las farmacias de Montevideo la píldora anticonceptiva. Fue un hecho científico que rara vez se recuerda en los libros de historia. Y, sin embargo, fue el hecho más importante en la historia de la Humanidad en cuanto a la emancipación femenina porque estableció, por primera vez, una independización entre el fenómeno sexual y el fenómeno de la maternidad. Eso operó vigorosamente en todo el período, a tal punto que hoy es evidente la situación laboral de la mujer, sus derechos de reproducción mucho más liberales que lo que habían sido hasta entonces y lo que significa la irrupción de la mujer en todos los planos de la vida social. ¿Y los cambios tecnológicos en la comunicación? Mire el mundo árabe: hay revoluciones sin líderes, sin ideología y sin organización que voltean regímenes que parecían inconmovibles. Yo conocí en aquellos años el mundo oficial egipcio y Hosni Mubarak era una especie de nuevo faraón, tan eterno e inmutable como las pirámides. Y hoy, Mubarak es nada.
—¿Qué es lo que más le llama la atención en cuanto a las transformaciones operadas en la sociedad?
—El ascenso de las clases medias; ha sido sustancial. Ya venía de atrás pero en ningún tiempo se desarrolló tanto como en los últimos 40 años a raíz de la prosperidad y el crecimiento económico. Mi generación se formó en una economía de escasez y de estrecheces. Hoy hay un mundo de abundancia. Y esas clases medias han generado una sociedad de consumo muy rápidamente. Yo llegué a la Presidencia en 1985 y ahí se inauguró el primer shopping. Hoy los shoppings son los nuevos “centros” de Montevideo. La Ciudad Vieja es la ciudad histórica y el Centro es ciudad vieja. La avenida 18 de Julio, a donde antes íbamos a pasear, a mirar vidrieras y a conversar, hoy es la calle central de unos centros comerciales. Todo esto cambió la vida.
—¿Qué opina sobre la “sociedad de consumo”, muchas veces cuestionada en la actualidad?
—Suele hablarse mucho de las revoluciones industriales y muy poco de la revolución comercial que se vivió en este período de cuatro décadas. El comercio cambió completamente y el comercio se traduce directamente en la vida de la gente. Hubo, en este sentido, dos cosas notables: una, que suele no verse, es la democratización del consumo. Los que antes eran productos de elite, hoy son productos masivos. ¿Antes quién podía vivir de la música? La cultura es accesible a grandes masas, los conciertos son productos populares, los modos de vestir... hace 40 años uno claramente distinguía la situación económica de una persona por su vestimenta. Hoy, por A o por B, es mucho más difícil. Uno ve a los jóvenes y no puede distinguir su clase social. Hoy, por ejemplo, el acceso a aparatos de calefacción se ha extendido como reguero de pólvora. En 1972 no había nada de eso. Ese es el lado muy bueno del consumo.
—¿Y cuál sería el “lado malo”?
—El lado malo es que el consumo es embriagador. Una copa de vino está muy bien pero tomarse la botella entera es complicado. El lado democratizador también produce embriaguez. Hoy, familias de clase media se sienten acosadas para comprar. Al hijo no le alcanzan unas zapatillas deportivas cualquiera. Antes nos arreglábamos todos con los Incal, porque no había otros. Ahora, el hijo le pide al padre modesto Nike o Reebok porque no le sirve cualquiera. Y eso pasa a ser un motivo de angustia y de insatisfacción. El consumidor insatisfecho es uno de los fenómenos más complicados de nuestra sociedad. Ese se ve en las clases medias que a veces irrumpen con brotes de enojo inesperados. Mire a Chile: en todos lados, es “el modelito”. Es el mejor alumno de la clase, el que se ha abierto más, el que compite mejor y el que ha progresado más en los aspectos materiales y físicos. Pero las clases medias que ascendieron rápido en Chile, hoy son más demandantes. Entonces, en lugar de vivir la satisfacción que puede sentir la generación de sus padres porque vivió un Chile mucho más precario, hoy los hijos no lo sienten y demandan más. De ahí la rebelión estudiantil que demanda más calidad, precios más accesibles y señala imperfecciones que antes no se veían en la medida en que se iba creciendo. ¿Y España? En estos 40 años pasó de una incipiente modernización en el final del franquismo, asociada a una corriente política e ideológica bastante conservadora como es el Opus Dei, a la España de hoy. ¿Y qué tiene que ver aquella España con esta? Nada. Porque en 1982 asume Felipe González y una generación fantástica produce una aceleración notable que crea una nueva España. Pero hoy, todos los que tienen menos de 40 años, no conocieron la España de la precariedad y malviven mucho esta nueva España, no ya la de la crisis actual; aun antes. Es una generación que se crió en el consumo; la generación de “El Corte Inglés”. Hasta Galicia pasó a ser lo que uno nunca hubiera imaginado: el rector de la moda joven del mundo. ¿Quién iba a pensar que Zara iba a ser la principal tienda de la Quinta Avenida de Nueva York?
—¿Por qué cree que hoy existe más fragmentación social que la que había en 1972, aun con los tupamaros actuando con las armas?
—Eso va a ser cada vez más grave si no se encara. Eso ocurre porque los cambios científicos y de los modos de producción hicieron que desapareciera progresivamente el trabajo no calificado. David Ricardo hablaba del “ejército de reserva” del mundo capitalista: cuando se producía la baja, los pobres, por menos salario, salían al mercado y lo reequilibraban. Hoy eso no es posible. El puerto es el ejemplo más claro. Gardel decía: “No vayas al puerto, que hay mucho laburo”. Era el lugar a donde se iba a cargar bolsas cuando no se tenía para comer. Y siempre había la posibilidad de cargar bolsas. Hoy usted va al puerto de Montevideo y encuentra grandes grúas pórtico, maquinarias de transporte altamente sofisticadas, contenedores manejados por computadora y toda una operativa extraordinariamente moderna. Se acabaron las pandillas de estibadores. El mundo del trabajo es distinto y la sociedad se ha ido dualizando mucho porque los niveles de exigencia y de formación son diferentes.
—¿Eso se arregla con un mejor sistema educativo?
—No es lo único que se precisa, pero es fundamental. La educación fue, en Uruguay, el factor de igualación social que forjó al país y a su democracia. La escuela pública uruguaya fue decisiva. Los gallegos que llegaban antes al país no sabían hablar español; hablaban gallego. Muy pocos italianos hablaban italiano, español ninguno. Y los genoveses hablaban el dialecto genovés, del cual viene todo el lunfardo de los tangos. Ni hablemos de los turcos o de los judíos. Ninguno de ellos hablaba castellano. Y la escuela pública homogeneizó todo eso. Ahora, eso ha pasado a ser lo opuesto. El gran factor diferenciador está en la escuela. Y eso es lo más grave que nos está pasando. Nos está comprometiendo la vida y la sicología. La única salida que está teniendo el “ejército de reserva” de David Ricardo es, entonces, la delincuencia. Como ya no se puede ir al puerto a cargar bolsas, hay que salir a robar porque no hay otro lado a donde ir. Eso es espantoso.
—¿Puede considerarse que ya hay dos Uruguay?
—La sociedad uruguaya ha crecido muchísimo, ha progresado enormemente en confort, en bienes materiales, en calidad de las viviendas, en el transporte, etc. Pero hay una contracara de un submundo que crece, que no se siente parte de la sociedad y que, como consecuencia, la agrede. Este es el mayor desafío que tenemos por delante. Y este es el mayor cambio que experimentó Uruguay en los últimos 40 años.
—¿Qué pasó en estas cuatro décadas para que la enseñanza pública pasara de ser un factor de igualación social a la situación actual?
—Primero, pasó la violencia política que tuvo un enorme escenario de combate en el sistema educativo. Luego vino la dictadura, que, también, generó un enorme espacio de combate en el medio educativo porque echó a 5.000 docentes, con todo lo que eso significó en materia de resentimientos. Cuando llegó la democracia, costaba restaurar la laicidad. Don Juan Pivel Devoto batalló incansablemente con los gremios ya en el primer gobierno democrático porque estos violaban la laicidad de uno u otro modo. Eso fue una corriente espantosamente negativa. Cuando hicimos la reforma educativa en el segundo gobierno, tuvimos una oposición feroz. Los gremios echaron y repudiaron a profesores frentistas y de izquierda porque, por ejemplo, habían colaborado en la elaboración de un programa de matemáticas. Ese fue un factor decisivo que significó una gran caída porque se instauraron conceptos según los cuales hablar de excelencia es “aristocrático”, hablar de calidad es “elitista”, hablar de evaluación de los rendimientos es “neoliberal”, hablar de un mínimo de orden en los centros educativos es “represión” y hablar de autoridad en la educación es un acto de “autoritarismo”. Estos conceptos son fundamentales a la hora de buscar explicaciones a esa degradación. La calidad dejó de ser un valor y ahora tenemos el “pase social” y una caída fabulosa del rendimiento. Todo esto no se hizo en un día. Es el resultado, quizá, de 40 años o más de esa prédica que se instaló, se masificó y se difundió en el sector profesoral y magisterial y, desgraciadamente, nos ha depositado en esta realidad espantosa. El presidente Mujica ha coincidido con la oposición en este diagnóstico, pero él mismo reconoce que no le puede “entrar” al sistema. Y no le puede “entrar” porque ese es el núcleo duro del Frente Amplio como partido de gobierno.
—¿Por qué se vino abajo el Partido Colorado en este período, luego de gobernar tres veces después de la dictadura?
—Cuando terminó la dictadura estábamos en un mundo más abierto. Había que competir. Y entonces, el Partido Colorado vivió la miseria de su propia gloria. El viejo estado de bienestar batllista estaba de tal modo impregnado en la vida social, que pasó a ser una nostalgia. Los partidos que integraban el Frente Amplio, que habían repudiado el reformismo batllista, pasaron a instalarse en esa nostalgia en el momento en que el batllismo tenía que decir “tenemos que mantener los mismos fines y la misma idealidad, pero por otros métodos”. No se podía hacer justicia social repartiendo lo que no existía. Había que generar otras condiciones de riqueza. Y eso llevó al cambio político que vivimos ahora. Mario Vargas Llosa me preguntó hace poco: “¿Cómo es esto de que la izquierda llega al poder y cambia?”. Yo le respondí que es al revés: la izquierda llegó al poder porque cambió antes. Si Tabaré Vázquez no va con Danilo Astori a la puerta del Fondo Monetario Internacional a decir que venía de hablar con los funcionarios, que estaban todos encantados de que Astori iba a ser el ministro si él ganaba y que se proponía tener las mejores relaciones con el FMI, muy seguramente no hubiera llegado. La fuerza revolucionaria que no creía en la democracia ni en la economía de mercado se transformó. Por más que pervivan rezagos, como el sueño de una utopía que nunca llegó a existir. El partido de gobierno hasta hoy sigue santificando al Che Guevara y a Cuba, o adorando a Chávez y su seudo dictadura populista.
—¿Usted puede identificar alguna “política de Estado”, aunque popularmente no se conozca como tal, que haya atravesado estos 40 años, más allá de los enormes cambios políticos que hubo?
—Claramente, en el momento en que se produce el golpe de Estado en 1973 ya había habido un cambio muy fuerte en las ideas en los partidos tradicionales. Yo fui ministro de Industria en 1969, 1970 y 1971, y ya no era defensor de una industria protegida para vivir de un mercado interno cautivo. Al revés: estábamos en una fuerte estrategia exportadora que, incluso, muchas industrias no entendían. El primer viaje que hice como ministro en 1970 fue, entre otras empresas, con Conaprole, que apenas estaba adquiriendo una conciencia de que había una posibilidad de ser exportadora. Hoy, Uruguay exporta el 60% de la leche que produce. En aquel tiempo no había una conciencia exportadora en el país, pero ya habíamos asumido que no podíamos seguir solo con la exportación tradicional de carne y lana. El concepto de producto no tradicional no existía ni por las tapas. Así que el Uruguay exportador comienza en esos años y se mantiene hasta hoy. El equilibrio macroeconómico y la liberación cambiaria también empiezan incipientemente en esos años. Y a ese barco se va subiendo mucha gente. No es que un día todos nos hicimos hinchas de la libertad de comercio. Fue poco a poco. Pero si uno mira hoy estos 40 años, la tendencia fue siempre en esa dirección. Lo fue para nosotros, viejos batllistas; lo fue para los liberales conservadores, partidarios hasta entonces de un mundo rural mucho más arcaico y tradicional; lo fue para todo el mundo. Y a partir de allí podemos identificar esa línea como pro economía de mercado versus economía planificada, pro libertad cambiaria versus tipo de cambio del Estado, pro equilibrio macroeconómico versus desequilibrios fuertes y pro economía exportadora y desarrollo hacia afuera versus economía exclusivamente mirando para el mercado interno. Claro que eso tuvo altibajos, con subidas y bajadas. Pero sí fue y es la corriente general. Cuando yo era adolescente, se hablaba de la inflación como un bien. Se consideraba que la inflación era un mecanismo de ahorro que el Estado usaba y distribuía con finalidades sociales. Nadie advertía que eso era un flagelo, especialmente para los más pobres. Nadie sabía si el PBI subía o bajaba, la Dirección Nacional de Estadísticas difundía los índices de precios con un retardo de un año; ¡no había cuentas nacionales! Todo era al tanteo.
—¿Qué consecuencias tuvo para Uruguay esa tendencia de 40 años?
—Producto de esa marcha hubo políticas de Estado con la forestación a partir de 1987, con las zonas francas y con los puertos desde comienzos de los 90. Ninguna de ellas tuvo unanimidad inicial, pero hoy la combinación de forestación, zonas francas y puertos representa la mayor recepción de inversiones extranjeras directas en el país.
—Es interesante que esas tendencias de largo plazo incluyen gobiernos tan dispares como la dictadura, los cuatro gobiernos de los partidos tradicionales posdictadura y los siete años y medio de los gobiernos del Frente Amplio...
—...sí, pero el Frente Amplio fue llegando muy lentamente a todo esto. Hoy asume lo que antes combatió fervorosamente. Nosotros, partido industrialista históricamente volcado solo al mercado doméstico, empezamos a sostener ya en 1971 y 1972 que eso debía cambiar. Y había liberales muy radicales, como lo fue en su origen Búsqueda, que nos reprochaban que no éramos lo suficientemente liberales. Pero íbamos en ese camino.
—¿Cómo evolucionó el relativo peso de la voz de Uruguay en el escenario internacional? ¿Pesa hoy más, igual o menos que antes?
—Suele decirse que la política exterior es una política de Estado. Pero casi nunca lo fue. Por ejemplo, durante la II Guerra Mundial, el Partido Colorado y el Partido Nacional Independiente éramos partidarios de un país comprometido con los aliados, mientras que el Herrerismo sostenía la política de la no intervención y el neutralismo. De todos modos, algunas líneas comunes a todos hubo. Siempre existió el pluralismo en las relaciones diplomáticas: no condicionar a la ideología y características del régimen de cada país las relaciones internacionales. Y esto no cambió nunca. Ni la dictadura rompió con Rusia. Pero el peso de la voz del Uruguay decayó durante la dictadura. Redujo nuestro prestigio internacional. Éramos “la Suiza de América” y habíamos dejado de serlo.
—Por definición, todas las dictaduras son malas. Pero, mirando con perspectiva histórica, ¿hay algo rescatable de lo que pasó en la dictadura o los militares hicieron todo mal?
—Yo no digo que todo estuviera mal ni que todo estuviera bien. Le voy a señalar un ejemplo de algo que fue bueno. El general Gregorio Álvarez, que ha sido uno de mis principales detractores —y yo de él—, autorizó poco antes de irse la instalación de la Universidad Católica. Cuando llego al gobierno en 1985 me encuentro con esa brasa ardiendo porque tenía a toda la izquierda vituperando y a mis queridos padrinos del viejo batllismo indignados porque la dictadura hubiera hecho eso. Yo lo acepté e hice todo lo posible para que la Universidad Católica empezara rápidamente a funcionar. Me parecía un progreso para el país. Luego, en la segunda Presidencia, dicté un decreto para habilitar a otras universidades privadas. Ahí nacen la Universidad de Montevideo, la Universidad de la Empresa y la Universidad ORT. Cuatro universidades que han enriquecido la educación en el país y que también le han hecho bien a la Universidad de la República, porque la han obligado a no sobrepasar ciertos límites y a no sentirse omnipotente y dueña absoluta de la verdad.
—Cuando nació Búsqueda en 1972, un grupo de uruguayos estaba concluyendo una revolución armada para imponer un régimen distinto al que regía en el país y fracasó. Todos ellos acabaron muertos, exiliados o presos. Los militares asumieron el poder y fueron luego sus carceleros. Ahora, aquellos que se habían sublevado contra el sistema están en el gobierno por haber ganado legítimamente con las reglas del sistema que combatían y algunos de sus antiguos carceleros están presos. ¿Qué reflexión le merece ese asombroso giro histórico?
—El propio presidente Mujica ha dicho que ni García Márquez, en su momento de mayor imaginación, pudo haber pensado que esto pudiera ocurrir. La incorporación de los tupamaros a la vida política les dio esa posibilidad. Han llegado al poder por haber ganado la mayoría del Frente Amplio, a través de un liderazgo personal de Mujica. Sin ese liderazgo, no creo que hubieran llegado. Sin ese liderazgo, no se explica nada. Así que no llegan por razones ideológicas sino por una mayoría que conquistó una figura pública personal, como suele pasar muchas veces.
—Al final del día, ¿termina siendo un triunfo de la democracia?
—Lo es. Y es una demostración de que nuestra transición fue hecha con amplitud y generosidad de espíritu. Nuestro lema durante el período de la transición fue una frase de Mateo López Bravo, un político liberal del siglo XVIII, que decía: “de todo excluido se hace un enemigo”. De las dos amnistías en Uruguay, a tupamaros y militares, se puede decir todo lo que se quiera, pero nadie puede negar que fueron eficaces. No hubo rebrotes guerrilleros ni rebrotes militares, como los hubo en Argentina. Tampoco se puede discutir que tuvieron apoyo popular, porque con 20 años de diferencia fueron ratificadas. Desgraciadamente, subsiste en ciertos sectores del Frente Amplio y en algunos sectores de la Justicia una expresión de un mundo revanchista.
—¿Revanchismo en la Justicia?
—La Justicia uruguaya es sin duda independiente, porque no está condicionada por el poder político en el sentido de manipular las designaciones o de presión constante sobre los jueces, como ocurre, por ejemplo, en Argentina y en Ecuador. Es independiente, pero no siempre es imparcial, porque muchos jueces no responden al derecho positivo sino a particulares criterios de justicia que tienen, influidos por sus propias ideologías. Hablo de doctrinas penales inspiradas, por ejemplo, en el Dr. Zaffaroni, un jurista argentino muy influyente, que horadan las vertientes clásicas del derecho penal liberal. Ha nacido la “responsabilidad objetiva” y entonces, el director de una cárcel no supo ni participó en un episodio que ocurrió en su establecimiento, pero como él era el director, tiene una “responsabilidad objetiva”. Esas aberraciones las hemos estado viendo últimamente. Son expresiones de una Justicia que no actúa con imparcialidad porque responden a doctrinas del derecho penal divorciadas de la democracia liberal o responden a su sentimiento político. Se trata de gente que no cree que el Uruguay haya amnistiado a todos; cree que estuvo mal y, en consecuencia, actúa de ese modo. La Justicia ideologizada es un fenómeno nuevo. Nunca antes había ocurrido.
El golpe de Estado no hubiera existido sin la guerrilla
—¿Cuánto pesó la dictadura militar en este período de 40 años?
—El mayor daño que hizo la dictadura fue transformar en víctimas a los victimarios. Los enemigos de la democracia en los años 60 y en los primeros de los 70, que eran los revolucionarios, los tupamaros, los que secuestraban, los que querían tirar abajo la “democracia burguesa” porque era una “cáscara vacía”, cuando salimos en 1984, como habían sido víctimas ya no eran victimarios. Y, a la vez, como eran “víctimas” tenían buena parte de la razón. Ese fue un cambio cualitativo sustantivo desde el punto de vista político.
—¿Usted cree que si no hubiera existido la guerrilla tupamara, no hubiera habido golpe de Estado?
—No, no hubiera habido golpe de Estado.
—¿No? ¿No venía igual la ola de golpes de Estado por toda América Latina?
—No, no era así la ola. Nuestras Fuerzas Armadas eran pacíficas. Desde 1904 no habían disparado un tiro. Estaban totalmente encuadradas en el sistema y eran producto de una clase media uruguaya típica. Eran Fuerzas Armadas uruguayas que no estaban para ninguna otra cosa que no fuera su vida profesional. Sin la irrupción tupamara y sin la sacada de los militares de los cuarteles, difícilmente se pueda explicar el golpe de Estado. Si uno saca de todo el relato a la guerrilla, no hay golpe de Estado. Claro que no fue lo único que pasó. La guerrilla irrumpe en una situación compleja, donde los partidos políticos estaban debilitados y divididos (habían muerto todos sus principales caudillos —Luis Batlle, Luis A. de Herrera, Benito Nardone, Daniel Fernández Crespo— y estábamos en un momento de relevo), había dificultades económicas en el mundo que se traducían en el estancamiento del crecimiento de Uruguay, la carne y la lana no valían nada (hoy con la soja a 650 dólares somos todos campeones), el deterioro de los términos del intercambio de que hablaba Raúl Prebisch era real, así como hoy es la situación opuesta, el mundo vivía una radicalización ideológica y la revolución cubana había triunfado en 1959. Nada morigera la responsabilidad de los militares que dieron el golpe. Pero, al mismo tiempo, nada excluye la enorme responsabilidad que tuvo el movimiento tupamaro por haber traído la violencia política al país.
Existe una “caída total” de la “ética del trabajo”
—Suele hablarse de una caída pronunciada o de una sustitución de los valores en la sociedad uruguaya. ¿Usted está de acuerdo con eso?
—Los valores no están negados. Los hechos sociales han diluido esos valores. Un valor fundamental es la ética del trabajo: “me tengo que ganar la vida trabajando y el porvenir mío y de mis hijos va a ser el resultado de mi esfuerzo”. Eso, que era la religión de las familias inmigrantes en Uruguay desde la mitad del siglo XIX hasta la mitad del siglo XX, fue decayendo. Y hoy se ha oficializado que no es así. Porque el Mides y todo ese tipo de programas, bendecidos por los organismos financieros internacionales, apuntalan la caída total de uno de los mayores valores de cualquier sociedad si quiere desarrollarse. Hoy hay una generación de uruguayos que se cría viendo a sus padres sin trabajar porque son mantenidos por el Estado. Otra cosa: nadie niega en Uruguay el valor de la familia. Pero hay un incuestionable debilitamiento del valor de la familia. Las grandes familias se redujeron rápidamente y hoy la realidad de la familia monoparental representa un porcentaje enorme, normalmente de una mujer que tuvo maternidad precoz, generalmente pobre e irremediablemente pobre. Porque su embarazo temprano, su necesidad de trabajar y defender a su hijo en las condiciones más adversas, le impide capacitarse como para desarrollarse.
—¿Y el valor de la libertad?
—Nadie se atreve a negar hoy el valor de la libertad. Hemos mejorado en este sentido porque en 1972, cuando nace Búsqueda, todo el marxismo lo negaba en Uruguay porque creía que la libertad, entendida como la define la Constitución uruguaya de inspiración jeffersoniana y de democracia liberal, era despreciable. La “democracia burguesa” era una “cáscara vacía” y las garantías formales no significaban nada. Luego, los militares entendían que la libertad era un valor relativo y que había momentos en que era necesario suprimirla en función de necesidades superiores de orden público. Así que la libertad fue muy agredida y hoy, por suerte, ese valor está vigente. Pero eso no quiere decir que esté consolidado.
—¿Por qué dice que no está consolidado?
—En América Latina votamos en todos lados menos en Cuba, pero eso no quiere decir que en todos lados tengamos democracias buenas. La democracia es muy imperfecta: hay gobiernos que caen, que no terminan sus mandatos, hay gobiernos que agreden la libertad de prensa, etc. Nadie puede decir que tengamos democracias y libertades plenas. En Uruguay, las amenazas contra la libertad son constantes. El desprecio a dos pronunciamientos populares frente a la “ley de caducidad” es un testimonio claro de cercenamiento de la libertad del pueblo a decidir. No digo que el concepto de libertad se haya caído, pero hay eclipses y grietas. Y, en cualquier momento, la “ley de medios” va a ser otra expresión de eso.
Política
2012-11-08T00:00:00
2012-11-08T00:00:00