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    La crisis en Venezuela (I)

    Sr. Director:

    La OEA: más vergonzosa que antes. Otrora, Fidel Castro calificaba a la OEA de “Ministerio de Colonias de EEUU”. Fue ocurrente el apelativo, pero esa realidad cambió y el neopopulismo que actualmente guía a la izquierda latinoamericana se adueñó del organismo regional, pese a lo cual —quizás por un reflejo condicionado— no le ahorra invectivas a la OEA en cada ocasión que se refiere a ella.

    Sin embargo, ese neopopulismo autoritario cuyo precursor fue Hugo Chávez domina a la ideología de esta región de tal manera que todas las izquierdas se identifican con él. Y los que no son de esa tendencia, temen que se les señale con el dedo, guardan violín en bolsa y actúan de acuerdo a los parámetros “políticamente correctos”: aplaudir o al menos nunca enjuiciar a un gobierno que tenga el rótulo de “progresista”.

    Prueba de ello: las últimas votaciones en la OEA. La convocatoria de una reunión de consulta de cancilleres para tratar el tema de Venezuela arrojó 30 votos en contra y 3 a favor (menos del 1% osó enfrentar al castro-chavismo). Y la de retirar del orden del día el tema Venezuela para no permitir que hablase la diputada opositora María Corina Machado desde el asiento de Panamá, porque había sido ya impedida de intervenir por sí misma, 22 votos a favor y 3 en contra (13%) y los demás se abstuvieron.

    En las épocas de oro del imperialismo yanqui, la alineación de los países era menor que la ejercida por el populismo autoritario en la actualidad. En aquellos tiempos —y para poner solo dos ejemplos emblemáticos— en 1964 se trató la ruptura de relaciones diplomáticas con Cuba (que ya había sido excluida del sistema interamericano en 1962). Votaron 15 países a favor y 4 en contra: Bolivia, Chile, México y Uruguay, es decir, 26% contrariaba al amo de la OEA.

    Al año siguiente, los EEUU habían invadido la República Dominicana y la OEA respaldaba ese hecho diluyéndolo con la creación de una fuerza interamericana, que votaron 14 países a favor y 5 en contra: Chile, Ecuador, México, Perú y Uruguay, o sea, 35% no siguieron a EEUU. (Para satisfacción personal, tuve el honor de integrar la delegación compatriota en ambas oportunidades). Eran épocas en que el Uruguay mantenía una política exterior independiente de los imperialismos y de las ideologías.

    Del avasallante empuje actual del populismo ya se había apercibido y afiliado a la actitud el chileno José Miguel Insulza, que se desempeña desde el año 2005 como secretario general de la OEA. Y por ello, se dejó ultrajar en dos oportunidades por el presidente Chávez, sin decir esta boca es mía. Hay que recordar que los insultos chavistas se produjeron por manifestaciones prudentes que hizo Insulza en dos atropellos bolivarianos incalificables: el cierre de Radio Caracas Televisión (RCTV), único canal de señal abierta independiente que existía en Venezuela, y posteriormente, por las declaraciones del jefe del Comando Estratégico Operacional de la Fuerza Armada venezolana, Henry Rangel Silva, afirmando que las FFAA no aceptarían una victoria de la oposición en las elecciones del 2012.

    Ser ninguneado por Hugo Chávez y no reaccionar es patético pero más indigno es serlo por Nicolás Maduro y responderle que está dispuesto a conversar con él “cuando él lo crea conveniente” y agregar que “la OEA no va a intervenir si el gobierno venezolano no lo quiere”, para recibir otra andanada de improperios del presidente venezolano, que sigue los pasos de su mentor: cuanto más se rebaje el interlocutor, más hay que pisarle la cabeza (que es la misma actitud del kirchnerismo).

    Tampoco le contestó Insulza en esa ocasión. Mientras tanto, había afirmado que la crisis política y social que vive Venezuela no afecta la democracia, por lo que no se justifica invocar la Carta Democrática Interamericana.

    Esto es el colmo del cinismo, pero es la posición de los gobiernos latinoamericanos en general: empeñarse en ignorar que los elementos esenciales de la democracia representativa, los define esa Carta en su artículo 3º y son:

    - respeto a los derechos humanos y las libertades fundamentales;

    - acceso al poder y su ejercicio con sujeción al Estado de derecho;

    - celebración de elecciones periódicas, libres y secretas;

    - régimen plural de partidos y organizaciones políticas;

    - separación e independencia de los poderes públicos.

    De esos cinco puntos, solamente el tercero —las elecciones— ha sido cumplido por el gobierno de Maduro; los otros cuatro restantes los ha olímpicamente violado.

    Pretender (como el Frente Amplio y otros populistas) que por haber surgido de las urnas un presidente se convalida cualquier acto posterior de ese gobierno elegido, es incurrir en la misma falacia que decirle a una señora que sufre la violencia doméstica por parte de su esposo que al haberse casado, ella lo eligió y lo tiene que aguantar.

    Ninguna mujer elige a un marido para que la agreda, como ningún pueblo elige a un gobernante para que reprima descontroladamente a manifestantes, dentro de un régimen que viola los derechos humanos, la separación de poderes y la libertad de expresión.

    Por eso es inexcusable la posición asumida por el Frente Amplio y el gobierno uruguayo en relación a la gravísima situación en Venezuela, con decenas de muertos y torturados; cientos de presos y de heridos; vergonzosas votaciones en la OEA; autoridades electas por el pueblo, depuestas por el Poder Ejecutivo; la diputada Machado destituida por el presidente de la Asamblea; etcétera.

    Como inexcusable y —además— inexplicable es que esto no se haya convertido en un tema crucial de las campañas electorales de toda la oposición uruguaya. Por ser materia más preocupante que las desprolijidades, contradicciones y errores de la cortina de humo de Guantánamo.

    Adolfo Castells Mendívil