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    La cuestión judía

    En el comienzo, gemidos de placer. Fuera de foco, en un sillón, una pareja hace el amor. Suena el celular. La muchacha lo atiende. Es su madre y quiere saber si asistirá al shiva de un familiar. Shiva en hebreo quiere decir “siete” y alude al período de duelo que se debe guardar ante un muerto. La muchacha confirma que irá al velorio, aunque no sabe quién ha muerto. Esas cosas pasan: la madre quiere guardar las formas, la hija lo acepta. Se despide de su pareja, un hombre mayor que ella, y antes de irse recibe dinero para “sus estudios”. Al llegar al velorio, ese clásico bufet donde los deudos comen, beben y conversan como si fuese una festividad, la muchacha descubre entre los presentes al hombre con quien instantes atrás hacía el amor. Lo que vendrá es la molesta y asfixiante situación que vive la muchacha, primero con la pesada de su madre, que la trata como a una niña, se mete con su intimidad (“Dejate de experimentar”, le dice en alusión a su bisexualidad) y de paso fustiga al padre, a quien cada dos por tres le acusa de padecer Alzheimer. Luego siguen como un azote constante otras señoras que le preguntan por sus estudios, por su futuro y por qué luce tan flaca. Después otra muchacha con quien se intuye que hubo una relación afectiva y las cosas no quedaron bien y finalmente el señor con el que hace un instante intercambiaba fluidos y ahora está en el velorio con su esposa y un hijo. Incomodidad por todas partes.

    Shiva Baby (2020, en Mubi) es el primer largometraje de la canadiense radicada en Nueva York Emma Seligman. Está basado en un corto del mismo nombre que también escribió y dirigió Seligman. En un intercambio de preguntas y respuestas que Mubi ha colgado al final de la película, la cineasta ha dicho que se crio en una cerrada comunidad judía ashkenazi de Toronto y de allí salieron gran parte de los fantasmas que agitan esta, su primera película de ficción, rodada con bajo presupuesto y que transcurre en una sola locación y en menos de 24 horas. Una casa y una tarde de velorio para tratar los usos y las costumbres religiosas, el convulsionado mundo de la sexualidad adolescente, la soledad, la culpa, la desesperanza, el amor y el dolor. Y por si fuera poco, el inmediato, urgente y desesperante micromundo de los celulares y toda la información que contienen de nuestras intimidades. Perder un celular sin contraseña es como dejar los apuntes del psicoanalista al descubierto con tu caso.

    El primer antecedente que surge en cuanto a la cuestión judía y cómo encararla en una comedia es, por supuesto, Woody Allen. Pero el abordaje de Seligman es menos amable que el de Allen y su humor más sombrío. Al cortar, hace más daño, aunque su filo mantenga una necesaria cuota de gracia. Digamos que está más cerca del cine agridulce de Noah Baumbach o del pesadillesco universo judío planteado por los hermanos Coen en Un hombre serio. Cuando uno cree que los recursos para llevar a cabo la historia de una muchacha encerrada en un velorio y rodeada por los prejuicios y mandatos familiares se agotará rápido, Seligman demuestra un tremendo oficio para variar mínimamente las perspectivas con detalles y otros personajes, para cambiar sutilmente las posiciones y de ese modo aportar mayor riqueza a los contenidos. Hay que ver los primeros planos de los personajes, los diálogos que suenan como latigazos y a la adolescente ante la mesa de comidas sirviéndose en un platito y con mano temblorosa un poco de esto y un poco de lo otro, para luego dejarlo todo de vuelta en las fuentes y huir de allí como de la peste, pero tras una puerta se topa con otra señora empolvada —siempre hay una más— que le corta el paso y le pregunta por sus estudios y si tiene novio. Y lo molesto y peligroso que puede resultar un bebé en semejante océano de adultos neuróticos.

    El ritmo frenético de la incomodidad está pautado por una excelente banda sonora capaz de ponerte los pelos de punta. Y por supuesto, los andamios de esta comedia negra, inteligente y puntiaguda se sostienen gracias al talento de la actriz principal, Rachel Sennott, que también encarnaba al mismo personaje en el corto. Cuando el velorio concluye y la cámara sale al luminoso exterior, Seligman nos ofrece una camioneta con la cual realizará un maravilloso remate. Qué poca estructura se necesita para hacer buen cine.

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