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    La cuestión probabilística

    Sr. Director:

    Aunque creo haberlo expresado en anteriores contribuciones, la multiplicidad de cuestiones cotidianas que jalonan nuestro transcurrir por los eventos del momento suele posponer la consideración de aquellas situaciones permanentes que, precisamente por serlo, son de fondo. En esta última categoría, una de las más citadas y debatidas visiones a propósito de los seres humanos y nuestra interacción con la realidad es la que aparece resumida en el llamado principio antrópico. Según este, el surgimiento en dicha realidad de un protagonista como el humano no podría explicarse si no existiera un diseño que, de alguna manera, previera dicha aparición. Como si estuviera planificada. Me abstengo aquí de elaborar sobre la posible naturaleza ex post facto de esta manera de pensar o aun analizar el probable componente tautológico que pudiera caracterizar a la misma. Sin ser lo mismo, todo esto tiene algo que ver con el concepto del llamado diseño inteligente. Mi gran dificultad para aceptar sin más este punto de vista es que deja de lado la esencia del abordaje darwiniano, según el cual la evolución opera sin un propósito o sea sin un plan que suponga metas preconcebidas. Lo que es, precisamente, su logro intelectual más valioso, dado que describe la acción de la naturaleza sin asignarle destinos a los que supuestamente debe llegar. Sería como concluir que si obtuviéramos una foto aérea del tramo de la Avda. 18 de Julio que va de la plaza Independencia a la plaza Cagancha y pudiéramos conocer la identidad y medir la posición exacta de los peatones que allí circulaban a la hora exacta de sacar la fotografía, concluyéramos que ese orden específico, y no otro, era la única consecuencia posible dada una serie de factores interrelacionados cuya naturaleza unitaria preordenada, aunque se nos escapa dada la complejidad de dicha serie, existe.

    En mi opinión, esta manera de pensar no es sino un reflejo de nuestra gran dificultad para aceptar, incorporándola a la integridad de nuestras vidas, la cuestión probabilística y el grado de incertidumbre con el que ella nos obliga a convivir. Aquí, más de un lector seguramente estará tentado de mencionar la que es la frase más famosa atribuida a Einstein: “Dios no juega a los dados”. Ella fue acuñada por el genial físico en 1927, preocupado por el énfasis que en lo probabilístico ponía la Mecánica Cuántica. Sin embargo, la historia muestra que, al menos en este aspecto, aquella última parece llevar la razón.  Más agradable suele parecernos que lo que va ocurriendo forma parte de un plan en el que cada paso está previsto y es nuestra ignorancia la que no nos permite verlo. Sin duda esto es más tranquilizador, al admitir que la historia ya se encuentra escrita y escapa a nuestra responsabilidad el incidir en ella dado que nos precede, nos incluye y nos continúa. Como siempre, eventualmente tenemos el recurso de atribuir a un dios la confección de dicho plan. Lo cual nos deja la nada despreciable cuota de comodidad que supone aceptar, ya que nada podemos hacer al respecto, que la realidad está preestablecida. En esta forma de interpretar tal realidad, el choque del meteorito a la altura de Yucatán, que podría estar relacionado con la desaparición de los dinosaurios y, como consecuencia de la misma, el desarrollo de los mamíferos y, entre ellos, el humano, sería todo parte de algo diseñado a priori. Aunque ello deba incluir la trayectoria del citado meteorito y su cruce con la órbita de nuestro planeta hace 65 millones de años. Simplemente, nuestras naturales limitaciones cognitivas nos impedirían ver el panorama completo.

    Como mencioné anteriormente, la búsqueda de un propósito detrás de todo evento suele alimentar la idea de una deidad responsable tanto del puntapié inicial como de guiar que los acontecimientos sigan la secuencia programada. Con ello parece satisfacerse la cuestión del porqué. En el entendido —gratuito— de que la condición de deidad la hace quedar fuera de la secuencia de tales porqués. Es como si muchos se sintieran más tranquilos si, al adquirir el problema una magnitud extrema, fuera posible introducir un demiurgo que no necesita explicación. Me parece más humilde, pero por eso mismo más creíble, reconocer los límites de nuestra capacidad intelectual y decir: hasta aquí llegué e ignoro qué hay más allá. Pero siempre desde la modesta posición evolucionista, según la cual, al haber agotado la secuencia habitual de los porqués, es necesario admitir que nuestro intelecto no nos permite progresar más. Pero no porque no haya explicaciones o estas tengan un carácter mágico o sobrenatural, sino porque estaríamos en la misma situación que un animal no humano incapaz de siquiera sospechar que la Luna es un esferoide que gira alrededor del esferoide Tierra, que gira alrededor del esferoide Sol y que todo ello se encuentra a merced de la gravedad en una de los millones de galaxias que integran el Universo. Del mismo modo es seguro que así como ellos no pueden siquiera entrever eso que nos resulta relativamente comprensible, nosotros estamos impedidos de ver hechos, no menos existentes, que escapan a nuestra comprensión por los límites de nuestro propio desarrollo encefálico.

    Dr. Roberto B. García  

    CI 1.053.261-3