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    La democracia enredada

    Sr. Director:

    La democracia siempre ha tenido debilidades y defectos, incluso disfuncionalidades. Como dice Pierre Rosanvallon, es un producto que no está terminado. “In the making”, dirían los gringos.

    Ahora bien, desde hace un tiempo (¿Mayo Francés, para ponerle una fecha?) hay “desperfectos” que se vienen agudizando o quizás se dan mayores impaciencias y fastidios con la percepción de lo que no funciona o no satisface.

    La democracia, grosso modo, se basa sobre dos pilares: legitimidad y eficiencia. Ya sabemos lo que ocurre cuando se sacrifica lo primero para obtener lo segundo, pero es igualmente cierto que con la sola legitimidad, una democracia no se sostiene por mucho tiempo. Y es esto lo que vemos ocurrir. En numerosas democracias, a lo ancho del mundo, vemos insatisfacción (malaise, le dicen los franchutes), variando solo la graduación de la bronca.

    Paralelamente, ha cobrado enorme gravitación el fenómeno de las redes sociales. Para el caso de la democracia, muchas veces con efectos muy negativos. Están atrás de fenómenos de disrupción violenta, como el caso chileno, entre otros.

    Sobre un estado de ánimo entre desinformado, apático, alienado y caliente, las redes han permitido agudizar lo peor del mismo: refuerzan la tendencia a abandonar el esfuerzo por informarse, sustituyéndolo por abrevaderos sencillos, atractivos y afines que, además, permiten canales fáciles donde ventilar quejas, críticas y acusaciones, fogoneando el descontento. El último caso paradigmático fue la salida de escena de Trump con asalto al Congreso americano, organizado y manijeado por las redes.

    Pero ese episodio trae a colación otro fenómeno provocado por este nuevo mundo “enredado”.

    Como se sabe, la asonada en el Capitolio fue la culminación de varios años de uso y abuso de las redes por parte de Trump. No dejó títere con cabeza, ni límite por reconocer y respetar.

    Entonces, ocurre algo muy peculiar: Facebook y “parientes” le apagan la luz. Lo sacan del aire. Lo que, en el instante, podía generar aplausos, pero pensándolo un poquito: cómo es este mundo, donde quien resuelve hasta dónde se toleran barbaridades no es un juez sino un dueño de medios (que, dicho sea de paso, recién “guapeó” cuando el fulano había perdido la elección y estaba de salida).

    La libertad de expresión, abusada por Trump y tolerada durante más de cuatro años, de repente no se tolera más. Por resolución de alguien cuyo poder sobre el derecho a la libertad de expresión no le ha sido dado, ni por la constitución, ni por el voto popular. ¿Quién manda entonces en la democracia americana? Más allá de lo repudiable que resultó Donald Trump.

    El asunto, como suele ocurrir cuando se continúa la deriva a partir de orígenes desviados, ha desembarcado en un punto rayano en el absurdo: quizás para escapar a la acusación de arbitrariedad, Facebook ha construido una suerte de cuerpo judicial propio, casero. Se llama “Oversight Board”, integrado por una serie de capitostes, nombrados por la empresa, que tendrá el cometido (y la autoridad) de juzgar si se le debe restituir o no, a Trump, el gatillo sobre el Twitter.

    El Sr. Zuckerberg va a juzgar lo que se puede y lo que no en los medios de comunicación de mayor difusión en el mundo actual.

    Si puede hacer eso, por qué no podrá el día de mañana resolver otros aspectos del funcionamiento de la democracia.

    ¿De qué democracia?

    Ignacio De Posadas