—¿Qué es lo más importante que, a su juicio, ocurrió en Uruguay, en términos históricos, en los últimos 40 años?
—Teniendo en cuenta las condiciones en que se iniciaron estos 40 años, creo que la recuperación y consolidación democrática es lo más importante. Subrayo la palabra “es” porque mejorar la democracia es una tarea permanente. No subvaloro otros procesos de cambio favorable en lo político, económico, social, cultural, etc. Pero ninguno de ellos hubiera sido posible o sostenible sin convivencia y funcionamiento democrático.
—¿Por qué cree que eso fue lo más importante? ¿Los uruguayos creían en 1972 que, en este país, la democracia no podía caer nunca?
—Sí. Durante el proceso de aquellos años que nos llevó a la desaparición de la democracia, quizá no se pensó que se podía perder así, tan brusca, abrupta y profundamente. Muy al final, cuando la noche se vino encima, sí se vio. La democracia venía en un proceso de descaecimiento que desembocó en la dictadura, en la pérdida de la democracia. Como concepto, deberíamos rescatar lo que dice Zitarrosa en su canción: la democracia es una planta hermosa pero muy frágil. Hay que cuidarla mucho y regarla “desde el pie” para que se consolide. Los uruguayos no debemos perder la memoria de lo que nos pasó para que no nos vuelva a pasar.
—¿Pero qué quiere decir para usted “democracia”? ¿Ya está fuera de discusión qué cosa es una democracia? Porque hubo un tiempo en que se habló de “democracias populares” u otros apellidos.
—Yo creo que eso ya está fuera de discusión. La democracia supone que haya elecciones libres y limpias, separación de poderes, justicia independiente, garantías individuales y derechos humanos. Es más: creo que no solo debe ser tomada como un modelo político sino como un estado de la sociedad, como una actitud de vida. La democracia debe ser asumida como algo que nos integra en la sociedad todos los días y no solamente como un sistema político de organización de la sociedad que, desde mi punto de vista, es el mejor que existe. La democracia es como el aire: no nos damos cuenta de que lo estamos respirando todo el tiempo pero sabemos que sin él no podemos vivir.
—¿La democracia no es “una etapa” hacia otra cosa presuntamente “superior”, como se escucha decir a veces desde algunos sectores?
—No, no es una etapa. Creo sí que se puede consolidar, perfeccionar, mejorar, pero debe ser un estado permanente.
—¿Cómo cree que está el Uruguay respecto a 1972 en esos cinco planos: institucional, político, económico, social y cultural? ¿Mejor, igual o peor?
—Imposible desarrollar en el marco de esta entrevista la evolución en cada uno de los planos anteriormente citados, desde 1972 a la fecha. No obstante, creo que en todos esos planos el Uruguay está mejor. Y, en algunos, bastante o mucho mejor. Se dice que las comparaciones son antipáticas, pero asumamos que a veces son necesarias. Pero le propongo un ejercicio: lea “Los días que vivimos”, uno de los volúmenes publicados por la Cámara de Senadores en 1994 en homenaje al doctor Carlos Martínez Moreno. En este volumen se recopilan 16 notas del doctor Carlos Martínez Moreno publicadas en el semanario “Marcha” entre el 17 de marzo de 1972 y el 23 de marzo de 1973. Luego de leerlos, compare la temática de esas “páginas escritas enseguida y sobre caliente para elucidar un compromiso público de noticia y situación” con los temas más conflictivos del Uruguay de hoy. Las notas, escritas desde un enfoque jurídico riguroso pero accesible a no especialistas en la materia, pintan un paisaje terrible del país de entonces.
—¿Puede identificar alguna “política de Estado” que, aunque no se conozca como tal, se haya mantenido estable durante las últimas cuatro décadas? ¿O no hay ninguna?
—Pienso que sí, pero más que una política de Estado tal vez sea un estado de conciencia o un estado del alma, para usar la expresión acertadamente acuñada por el doctor Jorge Batlle. Me refiero a la valoración de la libertad y de la democracia. Creo que porque 13 de estos 40 años estuvieron signados primero por el descaecimiento de la institucionalidad democrática (1972/73) y luego por la dictadura (1972/85), los uruguayos revalorizamos la libertad y la democracia y aprendimos. Es un buen aprendizaje pero, como todo aprendizaje, hay que mantenerlo y mejorarlo pues de lo contrario corre el riesgo de perderse. Creo que igualar la libertad que tenemos, afirmar la democracia como sistema político y extenderla como estado de la sociedad son formas concretas y posibles de hacerlo.
—¿Qué quiere decir cuando propone “igualar la libertad”?
—Erich Fromm, como usted sabe, escribió “El miedo a la libertad”. Allí habla de la existencia de niveles de libertad. No es igual la libertad de una persona que tiene un grado de educación y una determinada situación social, que la libertad de otra persona que es analfabeta y tiene una situación social muy inferior. No es lo mismo. Esas dos personas no tienen el mismo nivel de libertad. Para ser realmente libres, las personas tenemos que tener una posición de igualdad no solo ante la ley sino también ante la vida.
—Eso es algo que usted ha dicho muchas veces: “igualdad ante la ley y ante la vida”. ¿Qué quiere decir “igualdad ante la vida”?
—Quiere decir que tiene que haber un mínimo común denominador que sea la base para todas las personas. Pero el tema de la igualdad de oportunidades debe ser encarado no solo en el punto de partida sino también a lo largo del camino. También le digo que no es cuestión únicamente de asegurar igualdad de oportunidades sino que también hay que premiar el esfuerzo y el trabajo. Hoy en día, esto último está “liquidificado”. Estamos como el tango “Cambalache”: “todo es igual”; todo vale.
—La economía uruguaya pasó de un modelo cerrado hasta los años 70 a uno abierto al mundo, con diferentes grados de apertura según los énfasis de cada gobierno. ¿Cree que fue un avance o un retroceso haber abierto la economía?
—Fue un proceso de avance, sin duda. Que no ha sido fácil, que no ha estado libre de distorsiones y tensiones internas y externas (pensemos, por citar apenas algunos casos, en nuestras crisis de 1982 y 2002, o en las crisis de México y Brasil en la década de los 90, o en la crisis financiera global de 2008), pero que se inscribe en un proceso global del cual ningún país puede estar ausente. Porque no solo nuestra economía se ha abierto. El mundo se ha abierto a sí mismo en eso que aún no sabemos exactamente a dónde nos lleva, que llamamos globalización. Ante esta perspectiva cargada de incertidumbres, de riesgos pero también de posibilidades, nuestra apertura —al menos desde el año 2005— está en función de una estrategia de país productivo e innovador que conjugue crecimiento económico con justicia social, y pautada por un manejo cuidadoso de los instrumentos de política económica así como un fuerte compromiso del Estado y de los actores económicos y sociales.
—El peso político de Uruguay siempre fue relativamente bajo en el escenario internacional. ¿Cómo cree que evolucionó eso durante los 40 últimos años? ¿La voz del Uruguay pesa lo mismo hoy que en 1972, pesa más o pesa menos?
—Primero hay que plantearse cómo evolucionó el escenario internacional desde 1972 a la fecha. Porque novedades importantes hubo en estos 40 años, como el proceso que llevó al derrumbe del muro de Berlín en 1989 y, con él, al fin del mundo bipolar. En ese 1972, enmarcado en la guerra fría, la perspectiva integradora más factible era el Plan Cóndor, que lamentablemente se concretó y cuyas consecuencias aún padecemos. Hoy la integración regional tiene otros fundamentos y objetivos, y si bien es un proceso lento, complejo y a veces hasta conflictivo en materia de intereses (conviene resaltar la naturaleza no bélica de nuestros conflictos regionales, porque en otras partes del mundo los conflictos se dirimen a bombazos), allí está buena parte de “nuestro lugar en el mundo”. Pesamos más en tanto estamos más integrados. Eso, obviamente, no es incompatible con cierto perfil propio de los países que, en nuestro caso, se expresa en un creciente relacionamiento bilateral con otros países, en tener voz propia en organismos multilaterales, en la participación en misiones de paz de ONU, en el Plan Ceibal, en el país libre de humo de tabaco, en el programa de trazabilidad de animales vacunos, etc. Como en otros órdenes de la política y del gobierno, pesar en el mundo no es hablar ni gesticular. Es hacer y demostrar.
—¿Por qué dice eso? ¿Cree que se habla mucho y se hace poco?
—A veces sí. Yo creo que, en ocasiones, los políticos hablamos demasiado y cansamos a la gente. A veces, la sucesión de reuniones “cumbre” terminan siendo una foto de familia, una cena de amistad y poco más.
—Cuando usted dice que los países, aun en el marco de la integración al Mercosur, deben tener “cierto perfil propio”, ¿está significando que tiene que haber una flexibilidad tal como para que puedan hacer acuerdos bilaterales con terceros países?
—Sí señor. Se lo defino en dos palabras: regionalismo abierto. Esto es: integrarnos en el Mercosur, cumplir —los chicos y los grandes— con las obligaciones que prevé el Tratado de Asunción y tener la libertad para hacer acuerdos bilaterales comerciales, de cooperación cultural o científica con otros países. La integración no puede implicar la pérdida del derecho de cada país para llevar adelante, bilateralmente, negocios o procurar atraer inversiones para el sector productivo. Nosotros lo hicimos durante nuestro gobierno. Logramos, por ejemplo, que la carne uruguaya se comercializara en más de 130 países, mediante acuerdos bilaterales.
—Pero el Mercosur hoy no autoriza a los países, individualmente considerados, a concretar tratados bilaterales de libre comercio...
—...No. El Mercosur no permite, por ejemplo, que Uruguay pueda tener un tratado de libre comercio con Estados Unidos, como se planteó durante nuestro gobierno. Cuando eso estuvo sobre la mesa en 2006 y 2007, surgieron poderosas voces dentro del Mercosur advirtiendo que si Uruguay hacía eso, quedaba automáticamente afuera del bloque. Fíjese que el Mercosur tiene un solo tratado de libre comercio: con Israel. Es el único. Ni siquiera hemos podido avanzar en un tratado de libre comercio con la Unión Europea, que se viene discutiendo desde hace años. Entonces, cuando el Mercosur, como bloque, no avanza en este tipo de tratados comerciales que son bien importantes, debería haber flexibilidad para que los países puedan hacer acuerdos bilaterales. Como la que se le dio a Uruguay en su momento para el tratado de libre comercio México-Uruguay.
—¿Usted plantea modificar el Tratado de Asunción para que eso pueda ocurrir?
—Sí. Hay que llegar a un entendimiento entre los países del Mercosur. Los países de economías pequeñas, como el nuestro, no deberían verse ahogados por el proceso de integración. Por supuesto que la integración regional es importantísima para Uruguay. Aun con todas las dificultades conocidas, Brasil es nuestro principal comprador y Argentina el tercero. Si perdiéramos esos mercados, ¿a quién le vamos a vender lo que les vendemos a ellos?
—El sistema educativo público de Uruguay fue, durante casi un siglo, una “carta de presentación” ante el resto del mundo como un diferencial positivo, especialmente dentro de América Latina. ¿Qué pasó en 40 años para que aquel “ejemplo continental” de igualación social en el punto de partida se haya deteriorado?
—Pasó la dictadura, que demolió las bases de aquel sistema. Pero sería muy cómodo adjudicar la totalidad de los problemas actuales a aquella brutal demolición. Hay que reconocer que aquel sistema ya venía debilitándose (y no solo por cuestiones presupuestales) y que, en los 27 años transcurridos desde la reinstitucionalización democrática, y pese a múltiples propuestas, acuerdos y políticas concretas, no es solo que no hayamos recuperado aquel nivel de mediados del siglo pasado (que por otra parte sería insuficiente en el mundo actual), sino que todavía estamos procesando un proyecto educativo concreto para el mundo que viene. Tenemos aproximaciones e instrumentos muy interesantes (la educación inicial, el Plan Ceibal, programas de formación politécnica media y terciaria, programas para la formación, capacitación y evaluación docente, programas para la inserción laboral, planes de ciencia, tecnología e innovación, etc.), entre otros, que habrá que concretar en soluciones que sean posibles y consensuadas. Salvando diferencias: es como si tuviéramos las piezas del rompecabezas sobre la mesa (la educación es un hermoso rompecabezas), pero nos falta ensamblarlas.
—El presidente Mujica no pudo “consensuar” con los sindicatos de la enseñanza cuando propuso ciertas reformas educativas y, hasta ahora, ha fracasado en sus intentos. ¿Se refiere a eso?
—Ese es un ejemplo. Otro ejemplo es la ley de reforma educativa que se aprobó durante nuestro período de gobierno.
—Pero allí fue que, precisamente, se introdujo la participación de los gremios en la dirección de los organismos de la educación. ¿Cómo evalúa los resultados a la luz de los hechos?
—La ley habilitó la participación social, como la que existe en la Administración de los Servicios de Salud del Estado (ASSE) o como la que funciona de modo muy efectivo en el Banco de Previsión Social (BPS). Yo sigo convencido de que hay que abrir caminos de participación. Le digo más: muchos de los puntos que estuvieron discutiéndose durante este gobierno para la educación ya están resueltos en esa ley de educación. El Instituto de Evaluación Docente, la jerarquización de la enseñanza tecnológica y hasta el doble voto del presidente del Codicen están contemplados allí. Lo que está faltando en Uruguay es un sistema homogéneo y ordenado que englobe a toda la educación: la pública y la privada. Hay que revisar la gestión y la currícula: los elementos que se requieren en este nuevo mundo para llevar el conocimiento a todas las personas, en todas las etapas de sus vidas. La formación tiene que ser continua. Nuevamente: tenemos las piezas del rompecabezas y lo tenemos que armar.
—¿Puede haber una reforma educativa sin el consenso de los maestros y de los profesores?
—El Poder Legislativo puede sancionar una ley excelente y un presidente puede aprobar el mejor decreto. Pero si esa ley o ese decreto no consiguen grandes consensos políticos y, también, sociales, serán solo papeles que terminarán en el cajón de un escritorio y no se aplicarán. ¿Por qué fue un éxito la política de la lucha contra el tabaco? Porque hubo un consenso político permanente —todas las fuerzas políticas la apoyaron— y porque hubo consenso social. La gente la tomó como propia. Esa política tiene una solidez tremenda y es el ejemplo más gráfico sobre cómo hay que hacer las cosas. En la educación pasa lo mismo: los cambios no se imponen; se precisan amplísimos consensos y ejercer la política en el buen sentido del término, como pedía Aristóteles. La buena política es el manejo adecuado de las relaciones entre los seres humanos.
—¿Usted cree que la marginalidad económica y cultural que se observa hoy en sectores de la sociedad es la misma que hubo siempre o cree que ha cambiado? ¿Qué pasó en este período de 40 años para que ese fenómeno se consolidara y hasta avanzara?
—No. No es la misma porque la sociedad no es igual. Y no solo la uruguaya. Reitero: no idealicemos el pasado. Pobreza y marginalidad siempre hubo; violencia callejera y doméstica, alcoholismo y consumo de drogas, también. Que no existiera la TV y las noticias policiales como espectáculo y forma de hacer negocios y política, es otra cosa. ¿O creemos que la degollada de la Rambla Wilson, el drama de Dionisio Díaz, las aventuras de Mincho Martinicorena, el “Varelita” y los porteños del Liberaij son ficción? ¿O que Julio Herrera y Reissig, Horacio Quiroga y María Eugenia Vaz Ferreira solo consumían agua mineral? ¿O que a Delmira Agustini su ex esposo la degolló involuntariamente? No nos hagamos los distraídos... Con esto no intento ignorar la realidad ni eludir problemas ni responsabilidades, pero ni la nostalgia, ni la neurosis, ni el “pesimismo contra reembolso” son buenas herramientas para encarar el presente y el futuro.
—Casi 12 de estos 40 años estuvieron marcados por la dictadura militar. ¿Cuánto cree que influyó ese régimen en la evolución posterior de todas las cosas importantes en el país?
—Mucho. En peripecias individuales pero también en la sensibilidad cultural y funcionamiento de la sociedad. Las heridas provocadas fueron tan profundas que algunas no cierran y otras tardan en cerrar. Créame que es bastante más fácil y rápido subir un punto porcentual el PBI de un país que cerrar las heridas de la sociedad. Los ejemplos están a la vista.
—Las dictaduras son todas malas por definición. Sin embargo, ¿cree que hay algo concreto para rescatar de lo hecho por el gobierno de facto o es todo desechable?
—Sí, es verdad: no hay dictadura buena (ni militares, ni cívico/militares, ni del proletariado, ni del mercado, ni de los medios de comunicación). En el afán por eternizarse, las dictaduras suelen apelar al bronce, al mármol y al cemento. Del mismo modo que la actual red vial italiana es herencia del fascismo, en Uruguay hay obras de infraestructura (represa de Salto Grande, puentes binacionales sobre el río Uruguay) realizadas durante la dictadura. Son realidades que ahí están...En fin: la historia no es blanco y negro.
—Hace 40 años, un grupo de uruguayos recurría a la lucha armada en el país para conseguir la “liberación nacional” y el “socialismo”. Fue derrotado militarmente por las FFAA y sus principales líderes acabaron muertos, exiliados o presos. Hoy, muchos de los militares que combatieron contra aquellos y que usurparon el gobierno durante casi 12 años están presos, mientras sus enemigos de antaño están en el gobierno. ¿Qué reflexión puede hacer respecto a esta histórica “vuelta de tuerca”?
—Que la historia sabe poco de mecánica. No es una “vuelta de tuerca”; es la vocación de libertad y el compromiso democrático de los uruguayos por construir en paz y entre todos un país mejor.
—Pero que un tupamaro, que en el pasado se alzó en armas para imponer un sistema de organización de la sociedad diferente al actual, haya llegado a la Presidencia gracias al sistema que había pretendido derribar al influjo de los vientos de la revolución cubana, ¿qué significa para usted?
—Es una victoria de la democracia y una victoria del Uruguay. Que tengamos este gobierno, en el cual un ex guerrillero como el “Pepe” Mujica esté ocupando la Presidencia, habla muy bien del Uruguay y de su democracia. Habla también de la vocación democrática de los uruguayos porque el camino que hoy siguen todos los actores implica que los cambios que se quieran hacer tienen que pasar por la urna y por el intento de consensuar entre los distintos actores políticos y sociales el país que quisiéramos para el futuro.
—Usted fue el primer presidente del Frente Amplio de la historia. Y eso ocurrió, justamente, dentro del período de los últimos 40 años. ¿Cuál es la importancia que le adjudica a ese hecho desde el punto de vista histórico?
—Los hechos relevantes del siglo XX y los primeros años del siglo XXI fueron, a mi modesto modo de ver, la muerte de Aparicio Saravia en 1904, la llegada de “Pepe” Batlle al gobierno que permitió a Uruguay entrar en la modernidad, el freno al impulso del primer Batllismo en 1917, la derrota del segundo impulso batllista en 1958 con el triunfo del Partido Nacional, el año 1972 que fue un año negro cuya verdadera historia aún no se ha escrito, el golpe de Estado de 1973, la recuperación democrática en 1985, el primer triunfo electoral del Frente Amplio en 1989 y el triunfo del Frente Amplio en 2004 para llegar al gobierno nacional. Este último acontecimiento no fue una mera rotación de partidos en el poder. Fue un cambio cualitativo. Cambió el modelo de país. Ahora el Uruguay es un país productivo y de innovación que busca un crecimiento económico para poder aplicar políticas de justicia social. Para ello, apostamos a la inversión privada y, sobre todo, extranjera. Cuando llegamos al gobierno en 2005, las inversiones extranjeras directas en Uruguay eran un monto marginal. Estábamos penúltimos en la lista, antes que Haití. Había que ganar la confianza del inversor. Nosotros heredamos una muy buena ley de protección de inversiones internacionales porque trata igual al extranjero que al nacional, respeta las ganacias y habilita al inversor extranjero a repatriar esas ganancias. Y nosotros salimos a decir al mundo que Uruguay es un país serio, con separación de poderes y un poder judicial serio e independiente, que respeta las reglas de juego, que no cambia esas reglas sobre la marcha y que conduce seria y responsablemente los fundamentos de la macroeconomía. Y las inversiones empezaron a llegar. Salimos del sótano de aquella lista y ahora Uruguay está en la mitad de la tabla, mejor que Argentina y otros países que antes estaban por encima de nosotros.
“No es un ‘sí’ o un ‘no’ simple”
—¿Usted va a ser candidato presidencial por el Frente Amplio en las elecciones de 2014 o no?
—Voy a tocar madera sin patas, pero por ahora la biología está bien. Pero no se trata solo de la biología para tomar semejante decisión: es la biología y las circunstancias políticas. Entre las circunstancias políticas, es fundamental saber qué es lo que quieren los frenteamplistas. Y después de saber qué es lo que quieren los frenteamplistas, hay que ver qué es lo que quiero yo. No es un “sí” o un “no” simple. Es muy complicado. Cualquiera de las dos respuestas es muy difícil. Y no le voy a decir más nada sobre esto.
“El consumismo desatado es algo absolutamente irracional”
—Mucha gente, de todas las creencias políticas, filosóficas o religiosas, coincide en que Uruguay enfrenta una “crisis de valores” o, en su defecto, una “sustitución de valores”. ¿Usted lo ve así? ¿Cree que valores tales como la tolerancia, la fraternidad, la justicia, la libertad, la solidaridad, el respeto (entre ciudadanos e intrafamiliar) y hasta el de la propia vida decayeron en las cuatro décadas pasadas?
—No sé si decayeron. No soy de los que creen que todo pasado fue mejor. En el pasado también hubo intolerancia, violencia, delitos y delincuentes, víctimas y victimarios, etc. Pero creo que hay cambios que se inscriben en un contexto global de transformaciones. Aun a riesgo de que los libreros me cuestionen por competencia ilegal, le sugiero leer los trabajos de Zygmunt Bauman y Slavoj Zizek sobre la modernidad, la “liquidificación” de las relaciones humanas, el consumo y el papel de la ética en la sociedad y en la política. Son polémicos, pero ayudan a pensar y a entender, dos verbos y acciones que, lamentablemente, no están de moda en estos tiempos.
—El consumo al que usted alude es el producto del crecimiento económico que permite a la gente contar con más dinero en sus bolsillos para gastar. Todos los gobiernos quieren que la economía crezca para que mejoren las condiciones económicas de las personas. Pero una vez que esto ocurre, suele desatarse el consumismo. ¿Cómo cree que debe ser manejado ese delicado equilibrio?
—El consumismo supone que hay compradores compulsivos, frecuentemente inducidos por la propaganda. El consumismo desatado es algo absolutamente irracional; es algo que no resiste el menor análisis lógico. La gente tiene el iPhone 1 y cuando está terminando de aprender sus funciones, ya le imponen el iPhone 2. Y luego el 3, el 4, el 5 y así sucesivamente. Y todos corriendo a comprar. Eso no es racional. Bauman habla, como ya lo he dicho varias veces, de la “liquidificación” de las relaciones humanas. Esto quiere decir que no terminamos de asentarnos en un cambio social cuando ya comienza otro. Ocurre hasta con el amor. Bauman dice que las generaciones anteriores “producían” amor; en cambio, las generaciones actuales “consumen” amor. Los niños, particularmente, están bombardeados por estímulos que no les permiten disfrutar de un juego porque cuando empiezan a hacerlo ya son inducidos a cambiarlo por otro. Eso es acondicionar la mente humana. Por eso es tan importante hablar de la libertad real de las personas, para que no estén siempre condicionadas al impacto de la publicidad que las lleva al hiperconsumismo.
—¿Usted cree que en el mundo moderno el ser humano ha perdido capacidad de discernimiento para decidir lo que le conviene y lo que no?
—Algo de eso hay. Estamos en el mundo de la tentación permanente. Antes, uno podía discernir un poco más, entre otras cosas porque había menos para elegir. Pero ahora tiene múltiples ofertas más o menos accesibles, a la vista y en todos lados. ¿Dónde está el problema? En la incertidumbre que genera este mundo moderno hacia el futuro. Yo no aspiro a un mundo de verdades constantes y reveladas. Yo estoy en contra del dogmatismo. Pero tampoco me gusta esta incapacidad de saber hacia dónde vamos. Cuando a Helmut Schmidt, el ex canciller socialdemócrata alemán, le preguntaron a sus 94 años qué visión del futuro tenía, respondió: “Mire, si alguien dice que tiene una visión clara del futuro, le recomiendo que vaya a un oftalmólogo”.
Política
2012-11-08T00:00:00
2012-11-08T00:00:00