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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl 15 de abril de 2023 falleció en Maldonado una anestesista y médica imposible de olvidar, respetada por absolutamente todos los que la conocieron y a quien los cirujanos o con especialidades quirúrgicas, además de los pacientes, ¡no olvidaremos jamás!
Siempre comprometida con su trabajo, no conocía el cansancio. Las coordinaciones operatorias se extendían por 12 o 14 horas, los cirujanos íbamos cambiando, según la especialidad, pero Nelly Berot era la única anestesista de todos. Y éramos más de 15, entre cirujanos generales, ginecólogos, traumatólogos, urólogos, oftalmólogos, otorrinos, plásticos, etc.
A pesar de semejante actividad, jamás perdía el trato extremadamente cálido y humano, ni con los pacientes ni con nosotros, que le exigíamos jornadas que hoy en día serían impensables
Era el Hospital Marítimo, donde la conocí a fines de 1969, ya haciendo anestesias. Y ya desde entonces trabajaba con una responsabilidad, una dedicación y un juicio crítico tales que no era solamente nuestra anestesista, era nuestra consultante, era quien nos ayudaba a valorar los riesgos de cada paciente en particular y cómo disminuirlos.
Y así nos acompañó durante una vida entera de trabajo, luego en el Hospital “Nuevo” de Maldonado y, en exclusiva, en el Sanatorio Mautone desde su fundación en 1975.
Muchas veces, ante situaciones que a veces se dan en las cirugías muy complejas y difíciles, cuando el cirujano duda y se ve en verdaderas encrucijadas, ahí estaba Nelly animándonos, dando confianza, alentándonos… porque los cirujanos no somos dioses. “Tú puedes”, nos decía, “sigue, que yo lo tengo dominado en la anestesia”. Y uno retomaba coraje y fuerzas y lograba salir de momentos complejos.
Eso también lo aprendimos con ella: solo el estudio y la sana autocrítica transforma al cirujano en algo más que un operador.
Nelly no solo sabía, estudiaba, estaba absolutamente al día, sino que puedo asegurar que jamás, en más de 40 años en su profesión, tuvo un problema anestésico del que pudiera ser responsable y costara la vida de un paciente.
Porque no solo nos enseñó a valorar adecuadamente en el preoperatorio al candidato a cirugía, sino que, una vez en sala de operaciones, jamás se despegaba del paciente, cualesquiera fueran las horas de operación. Y ahí tampoco terminaba su trabajo, al día siguiente pasaba indefectiblemente a ver al operado y seguir con nosotros su evolución. Por eso fue la mejor anestesista que conocí en mi vida.
Con ella, la valoración preoperatoria tomó una obligatoriedad que no era habitual en las década de los 60 y hasta los 70 del siglo pasado.
Fue ella quien nos ayudó a montar el primer CTI del departamento de Maldonado. Y con ella aprendimos a manejar los respiradores automáticos y controlar adecuadamente los monitores.
En todas las operaciones, sin excepción, le gustaba “sentir” en la mano la bolsa de gases anestésicos, no confiaba demasiado en los aparatos automáticos y no dejaba la cabecera del enfermo hasta que no estaba totalmente despierto. No puedo saber las vidas que salvó con ese tipo de actitudes y seguridades no tan frecuentes en aquella época, de las que era casi obsesiva.
Y todo eso siempre con un trato cálido y humano. Con buen humor, animándonos siempre, jamás un reproche, jamás una palabra destemplada.
¡¡Qué amiga!! ¡¡Qué médica!! ¡¡Qué persona!!
Ana Cecilia, su hija anestesista también, tiene mucho mucho para estar muy orgullosa de su madre. Su escuela nos ha dejado a todos “marcados”.
Y sus otros dos hijos varones, sepan que vuestra madre no solo fue una gran mujer y una brillante profesional, sino que además fue una amiga entrañable e inolvidable.
Dr. Conrado Bonilla