N° 2003 - 10 al 16 de Enero de 2019
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa amenaza de la aplicación de la fuerza para inclinar la voluntad está en la raíz de toda organización social. El relato antropológico de Hobbes acerca de las hordas primitivas despedazándose entre sí, cortando las ramas de los árboles de los distintos clanes sin ningún orden ni otro propósito que no fuera la codicia por su espacio de mundo, por su ocasionales bienes y luego mirándose a los ojos y decidiendo que así no podrían seguir a riesgo de desaparecer todos, los propios y los ajenos, es significativo. En ese momento epifánico de la historia posible, surge la idea del Estado, del uso legítimo de la fuerza fundada en una autoridad externa a los intereses de los particulares y a su vez consagrada y defendida por los particulares. Los hombres se pusieron de acuerdo para sufrir sin violencia algún tipo de coacción con el fin de asegurar el goce de sus derechos, para que nadie pudiera tener razón al violentar sus fueros.
Esta lógica necesidad de la coacción la recoge con criterio dinámico Friedrich Hayek, para quien la medida de la coacción es la base de toda la libertad que es dable concebir en la vida social. Hayek dice que la coacción es lo opuesto a la libertad, pero en tanto frontera hay una zona —esa en la que la situó acertadamente Hobbes— donde reclama su pertinencia, que es garantizar la paz, el respeto, los derechos. “La coacción que el poder público aún debe utilizar para dicho fin —escribe en su libro Los fundamentos de la libertad (Unión Editorial, España, 2008)— puede reducirse al mínimo y volverse tan inocua como sea posible mediante su subordinación a normas generales conocidas, de forma que en la mayoría de los casos el individuo no necesite ser objeto de coacción a menos que por sí mismo se coloque en una situación como consecuencia de la cual dicho individuo sepa que tal coacción tiene que ocurrir. Incluso cuando la coacción es inevitable, queda privada de sus más dañosos efectos encerrándola dentro de deberes limitados y previsibles, o al menos haciéndola independiente de la arbitraria voluntad de otra persona (…) La coacción, de acuerdo con reglas conocidas, y que generalmente es el resultado de circunstancias ante las que la persona objeto de aquella se ha colocado por sí misma, se convierte entonces en un instrumento que asiste a los individuos por igual en la persecución de sus propios fines y no en un medio utilizable para los fines de otros”.
Hasta aquí el límite tolerable, la conveniencia de la coacción. Desde ese fin y desde esos exactos contornos se entiende la parte benéfica del fenómeno a la que se ve con nuestra libertad. Lo que viene después de esto es diferente; advierte el autor: “La coacción tiene lugar cuando las acciones de un hombre están encaminadas a servir la voluntad de otro, cuando las acciones del agente no tienden al cumplimiento de sus fines, sino al de los de otro. Esto no quiere decir que el que sufre coacción se vea privado de la facultad de elegir. Si le faltara dicha facultad, no cabría hablar de “su acción”. Si mi mano, utilizando la pura fuerza física, es obligada a firmar, o si mi dedo es presionado contra el gatillo de una pistola, no se puede decir que tales acciones sean mías. Por supuesto, una violencia tal, que reduce mi cuerpo a mera herramienta física de otra persona, es tan mala como la coacción propiamente dicha y debe prohibirse por las mismas razones. Sin embargo, la coacción implica que yo poseo la facultad de elegir, pero que mi mente se ha convertido en la herramienta de otra persona hasta el extremo de que las alternativas que se presentan a mi voluntad han sido manipuladas de tal suerte que la conducta que mi tirano quiere que yo elija se convierte para mí en la menos penosa. No obstante la coacción, soy yo quien decide cuál de las opciones que se presentan a mi elección es la menos mala (…) Por lo tanto, la coacción es mala porque se opone a que la persona use de un modo completo su capacidad mental, impidiéndole, por consiguiente, hacerle a la comunidad la plena aportación de la que es capaz. Aunque el que sufre coacción hará dentro de lo que está a su alcance lo que más le convenga a él mismo en todo momento, para entender plenamente sus acciones será preciso referirse a los propósitos de otra persona”.
La desconfianza del poder es, bajo esta lúcida advertencia, una buena regla para poner a salvo las condiciones de la libertad.