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    La eutanasia I

    Sr. Director:

    Me referiré a la misiva del obispo emérito de Minas, señor Jaime Fuentes, publicada en sección Cartas al Director el 13 de agosto de 2020, relativa al proyecto de ley sobre “eutanasia y suicido médicamente asistido”. Estimo necesario realizar cuatro precisiones previas.

    La primera es que no me anima ningún sentimiento antirreligioso.

    La segunda es que reconozco en las líneas del señor obispo emérito a una persona de profunda y sincera fe, tal vez como la de Abraham, al decir de Søren Kierkegaard un “Caballero de la Fe”( Temor y Temblor).

    La tercera precisión es que mis argumentos pretenden ser filosófico-racionales y no teológicos: “ni la teología tiene que servir a la ra­zón ni la razón a la teología… cada una po­see su propio dominio: la razón, el reino de la ver­dad y la sabiduría; la teología, el reino de la piedad y la obediencia”. (Baruch Spinoza: Tratado Teológico Político)

    La cuarta precisión es más extensa que las precedentes y constituye una advertencia a los posibles lectores. Entiendo no haber sido beneficiado con del “don de la fe”, esa “pequeña o gran luz”. Por el contario, confieso mi provisoria “profesión de fe agnóstica y secu­lar”. Digo “provisoria” porque mien­tras viva la podré modificar. Percibo el agnosticismo como una etapa avanzada de la evolución de los seres humanos gracias a los avances del conocimiento científico, como el resultado de una ma­duración sicológica de los individuos, es­pe­cialmente, a aceptar que cier­tas preguntas permanecen sin res­puesta. Lo entiendo como fuente de serenidad y ple­nitud, debido a la inexistencia de es­peranzas y temores relacionados con la muerte, así como una im­pro­bable su­pervivencia. Tal vez in­fluenciado por Epicuro no logro razo­nar o intuir que puedan existir diferencias entre el antes y el después de la vida: “La muerte no afecta a los vivos ni a los muertos; no existe para aquéllos, y estos no existen para ella... El recto co­no­cimiento de que la muerte nada es para nosotros hace dichosa la mortalidad de la vida, no porque añada un tiempo infinito, sino por­que elimina el ansia de inmortalidad. Nada temible, en efecto, hay en el vi­vir para quien ha comprendido que nada temible hay en el no vi­vir.” (Máximas Capitales). A diferencia del agnóstico, el ateo puede ser un faná­tico o un proseli­tista, y aproximarse a conceptos y ac­titudes to­talitarias o antirreligiosas.

    Pero voy a lo sustancial, el proyecto de ley en cuestión tiene siete artícu­los. Con el mayor respeto a sus redactores, creo que podría introducirse alguna modificación, fundamentalmente respecto del momento de inter­vención de la Comisión de Bioética y Calidad Integral de la Atención de la Salud del Ministerio de Salud Pública.

    La ley prevé en el artículo 1°: “Está exento de responsabilidad el médico que, actuando de conformidad con las disposiciones de la presente ley y a solicitud expresa de una persona mayor de edad, psíquicamente apta, enferma de una patología terminal, irreversible e incurable o afligida por sufrimientos insoportables, le da muerte o la ayuda a darse muerte”.

    El señor obispo dijo al respecto: “Es obvio que detrás del empeño para que se dé licencia los médicos para matar, lo que hay es un completo ateísmo… En consecuencia la vida es mía y solo mía…”. “… pido que respeten lo que creemos miles y miles de mujeres y hombres y que lo tengan en cuenta; así como los legisladores prestan atención al ateísmo, al agnosticismo, y al indiferentismo, pido que atiendan a quienes creen en una religión como el cristianismo, sobre la que se edificó la civilización occidental…”.

    En mi concepto el proyecto de ley en cuestión no falta el respeto a los que profesasen la religión Católica Apostólica y Romana, ni la sustenta una concepción atea. Es una ley que podrá ser usada por quienes no profesan las creencias del obispo emérito, como la ley del divorcio y tantas otras. En todo caso se adecua al concepto de libre albedrío, también reconocido en la Biblia: “Hoy pongo al cielo y a la tierra por testigos contra ti, de que te he dado a elegir entre la vida y la muerte, entre la bendición y la maldición. Elige, pues, la vida, para que vivan tú y tus descendientes.” (Deuteronomio 30:19). También puede decirse que el proyecto de ley se enmarca en el concepto de piedad, entendido como sentimiento de compasión hacia personas que sufren o padecen y ello también está recogido en la Biblia aunque con diferente alcance en el Viejo y en el Nuevo Testamento.

    Me permito concluir estos ya demasiados renglones con una cita de Albert Camus que considero que pueden articular un entendimiento entre un pensar y sentir agnóstico y la fe del señor obispo emérito Jaime Fuentes: “El rebelde no pide la vida, sino las razones de la vida. Rechaza la consecuencia que trae con­sigo la muerte. Nada dura, nada está justificado; lo que muere está privado de sentido. Luchar contra la muerte equivale a reivindicar el sentido de la vida…” (El Hombre Rebelde).

    Ariel Callorda Salvo

    CI 1.206.841-4