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    La explosión de cajeros automáticos

    Sr. Director:

    ¡Feliz aniversario! Por estas fechas se están cumpliendo años de acontecimientos muy importantes: como que el 11 de noviembre hizo 100 años de finalizada la I Guerra Mundial, que el 10 hizo 35 años de que Bill Gates presentara Windows 1.0 o que el 9 fueron 80 años de la Noche de los Cristales Rotos. Pero un poco más atrás, el 3 de noviembre, se cumplió fecha de un acontecimiento mucho más importante para nuestro modesto país: ese día, pero un año antes, explotaba el primer cajero automático. Y desde entonces han sido uno tras otro.

    La modalidad del delito, que consiste en no utilizar explosivos sino gas inflamable, no es nueva. Apareció en 2001 en Italia y en 2005 estaba causando preocupación en varios países, según un artículo de El Observador. Entonces, la técnica se movió a Sudamérica, pasando ya hace ocho años por Brasil y más recientemente por Argentina, Chile y Paraguay. Hace un año llegó al Uruguay.

    En todos lados el delito se redujo notablemente o desapareció con una innovadora solución: el entintado de los billetes, dejándolos sin valor. Pero no podemos olvidar que en todo el resto de los países, en que bien puede haber crisis económicas, políticas o sociales, no tienen tan asentado un problema que nosotros sí: una profunda crisis de estupidez institucional. Por lo tanto, aquí las soluciones no pueden llegar tan rápido.

    A poco más de dos meses después del primer ataque, Jorge Vázquez, quien estaba de ministro interino, firmó un decreto en que se obligaba a las empresas a aplicar el sistema de entintado a sus cajeros. Desde entonces las cosas han sido más o menos iguales. Generalmente los delincuentes escapan con el dinero porque el sistema de entintado no está implementado en ese cajero aún, o bien está y no funcionó o bien funcionó pero no importa, total, siempre se puede probar de nuevo porque en Uruguay nunca se corre el riesgo de ser arrestado. Los responsables de explotar los cajeros tienen un negocio jugoso y casi sin riesgos.

    Entonces, como de costumbre, el Ministerio del Interior no pudo resistirse de decir una idiotez al repecto: ¿y si ponemos algunos cajeros en las comisarías? Al BROU le pareció sensato. Al fin y al cabo, es la institución que más rompe los ojos al no cumplir con el entintado, ya que en la idea de país coherente que vive en nuestro imaginario el Estado es el primero que debería cumplir con la reglamentación oficial. Felizmente, en esto no se avanzó mucho.

    En el medio quedan poblaciones enteras de decenas de miles de habitantes atrapadas en el perverso círculo de la inclusión financiera, que reventado el único cajero en su ciudad deben recorrer kilómetros para obtener su necesario efectivo. Son pocos los cajeros que son sustituidos después de explotados, por lo que cuestan y por la sensación de que una vez repuestos pueden volver a ser destruidos poco después.

    El pasado lunes 5 el Consejo de Ministros resolvió un nuevo instructivo sobre el entintado que da 180 días para implementar el sistema a escala nacional, según informa El País. Es decir, seis meses y ya va un año desde que el fenómeno empezó. En los primeros seis meses fueron 20 cajeros; en los últimos seis meses fueron 51. Pero, incluso suponiendo que la solución será efectiva y definitiva, nos quedan seis meses más. Mientras tanto solo nos queda celebrar el aniversario: a un año de la última vez que fuimos libres de retirar nuestro dinero en el cajero que tuviéramos más cerca y no en el cajero que todavía queda en nuestro barrio.

    Juan Andrés Sainz