N° 1691 - 06 al 12 de Diciembre de 2012
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáThomas Carlyle nunca pudo reponerse de la larga agonía y muerte de su esposa. Quien discurra por las páginas de sus memorias verá con cuánto dolor, con cuánta melancolía se pierde en hondos recuerdos insustanciales (cocinar el pan festivo, el tipo de mermelada que preparaba en los tediosos veranos rurales, las vacuas conversaciones que mantenía acerca de las minucias sin remedio que ajetreaban a la aldea). El único consuelo que tiene Carlyle en su duelo es visitar a John Stuart Mill, quien lo estimula a seguir viviendo y a seguir escribiendo, quien contribuye a que recupere un sentido de la existencia.
Resultado de esta lenitiva amistad es una interesante y harto interpolada “Historia de la Revolución Francesa” (tres tomos: I. La Bastilla; II. La Constitución; III. La Guillotina; editorial Iberia, Barcelona 1931), que cierta noche Stuart Mill, sin querer, utilizó para encender la estufa frente a la atónita mirada de su desgraciado autor. El texto felizmente se pudo reconstruir; no así el alma de Carlyle, quien interpretó el lapsus de su amigo como un signo de perversión de los tiempos cuya causa debe buscarse precisamente en la Revolución y, por lo tanto, como si no le bastara haber pedido a la aburrida mujer amada, cayó en una depresión que ya nunca lo abandonaría.
He visitado otra vez, pero ahora con indolencia, muchas páginas de esa obra considerable e informada, y confieso que me entretiene más lo que Carlyle piensa que aquello bien ordenado que cuenta. Cuando glosa, cuando opina, cuando suspende el relato y opera exclusivamente sobre la interpretación, cuando se detiene para discutir con los hechos, realmente impacta y consigue envolver mi atención. No es que su relación no sea importante: de hecho está muy bien planteada por cuanto hace comprensible el caos simultáneo de los acontecimientos que definen el fenómeno. Sólo que a mí, lector que a veces busca más las ideas que las cosas, me gusta el trato polémico con la realidad, me gusta confrontar el marco teórico que explica y da sustento a los acontecimientos.
En el séptimo capítulo de la primera parte del segundo tomo, hay, por ejemplo, un apunte que me parece especialmente apropiado tanto para entender la extrema locura de aquellas jornadas como para captar la todavía más extrema y profunda base de estupidez de estos días y de estas noches que estamos padeciendo.
El objeto del apóstrofe es la inexplicable devoción que entre los idiotas y los demagogos de todo tiempo y país produce la funesta idealidad del célebre Jean-Jacques. Dice así Carlyle: “Si todos los hombres fueran de tal manera que un simple contrato hablado o jurado pudiera ligarles, entonces todos los hombres serían hombres de verdad y el Gobierno una cosa superflua. No se trata de lo que tú y yo nos hemos prometido mutuamente, sino de los servicios que la balanza de nuestras fuerzas nos permita prestarnos el uno al otro; porque en un mundo tan perverso como el nuestro, no es esto cosa con la que se pueda contar. Pero figuráos un pueblo y un soberano haciéndose mutuas promesas. Como si un pueblo que cambia de generación en generación, hasta de hora en hora, pudiera de alguna manera llegar a hablar o a prometer, y a hablar con verdaderos solecismos: ‘Tomamos al Cielo por testigo, pero aunque el Cielo no hace ahora milagros; nosotros, millones, siempre cambiantes, nosotros te concedemos a ti unidad cambiante, el que nos obligues a gobernarnos’. El mundo ha debido ver pocas fes comparables a esta. Es así, sin embargo, cómo aquel mundo ha comprendido las cosas. Y si no las hubiera comprendido así, ¡qué diferentes habrían sido sus esperanzas, sus tentativas, sus resultados! Pero las potencias superiores quieren que sea así, y no de otra manera. La libertad por contrato social. Tal fue su verdad, el Evangelio de aquella era. Y todos los hombres lo creían, como se suelen creer las buenas noticias llegadas del Cielo, y a él se adhirieron con el corazón rebosante y desbordamientos de palabras; y con esta fórmula hacían frente al tiempo y a la eternidad” (pag. 56).
Me complace la ironía y la distanciada molestia de este discurso; dicen más sobre la Revolución y sus previsibles fracasos que muchas crónicas de furor y de sangre.