• Cotizaciones
    jueves 02 de abril de 2026

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
    stopper description + stopper description

    Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

    Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

    Suscribite a Búsqueda
    DESDE

    UYU

    299

    /mes*

    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

    La fe de los laicos

    Columnista de Búsqueda

    N° 2038 - 19 al 25 de Setiembre de 2019

    Hay ideas que se expanden como si fueran un credo porque funcionan como uno: cualquier matiz al dogma es percibido como una herejía y quien lo propone, como un hereje. Y, claro, muy pocos están dispuestos a pagar ese altísimo precio social. Nunca sale barato alejarse del calorcito de las ideas sencillas y sin complicaciones, que sirven para explicarlo todo y para enjuagarse las manos de los problemas, que serían siempre resultado de la mala voluntad de “los otros”.

    Al mismo tiempo, son ideas que no aceptan que se cuestione su falta de lógica interna porque saben que si lo hacen, se terminan desmoronando como un terroncito de azúcar, en la nada. Y, ante la posibilidad de la nada, la duda o el vacío, siempre es más confortable tener algo, una doctrina, lo que sea que nos junte con otros en la tarea de intentar aplacar el miedo que todos llevamos dentro, ese miedo no siempre asumido de que nuestra vida no tenga demasiado propósito, mas allá de lo que logramos hacer con ella. Por algo la religiosidad ha acompañado al hombre desde siempre. Por algo vivimos en una época de nuevas religiones de todo tipo, adaptadas para quienes se conciben como laicos. Y que se venden como ideas cuando en realidad son lo del comienzo: un credo.

    El problema de aquella vieja definición marxista de la religión como “el opio de los pueblos” es que olvida por completo la posibilidad de trascendencia que las religiones ofrecen a las personas. Una posibilidad que en los últimos 250 años viene siendo ofrecida por las distintas ideologías, incluida la marxista. Y es que una cosa son las religiones organizadas y otra la religiosidad de la gente, esa casi constante necesidad de sentirse parte de un plan mayor, de algo que dé sentido a nuestra existencia más allá de nuestro breve paso por la vida. Durante miles de años ese plan más grande que nosotros fue el plan de Dios. Pero desde que decidimos que era mejor someter nuestra experiencia en el mundo al proceso de verificación empírica, ese proyecto quedó sin dueño. Y desde entonces ahí andamos, algunos en busca de nuevos mesías o de ideas que cumplan esa función en su capacidad de explicarlo todo de un plumazo, otros aceptando que, como decía la letra de Talk Talk, “la vida es lo que tú haces de ella” y poca cosa más. Pero una cosa es matar a Dios y otra matar esa necesidad de algo que esté “más allá” que anida en la gente.

    Quizá sea como decía mi tío Manolo parafraseando a Borges, que a los humanos “nos une el espanto”, el miedo al vacío, a la ausencia de un plan maestro y que, por tanto, todo dependa de nosotros mismos, de las acciones de cada uno de nosotros. Que es muy probable que no exista ese Dios o esa supraideología que todo lo explique y que nuestra experiencia se reduzca a ir por la vida intentando entender el mundo con herramientas que, por definición, son siempre frágiles y condicionales. De ahí que sea difícil asumir que las más sólidas convicciones que uno tiene pueden (y deben) verse cuestionadas cuando al aplicarlas en la realidad no producen el efecto previsto. Quizá por eso es tentador verlas como parte de una idea mayor, de algo que las haga un poco más ajenas, algo que uno no se atreve a cuestionar como individuo y que asume como parte de ese plan, divino o ideológico, que diluye las responsabilidades individuales en el colectivo, en lo social, en unos “buenos” y “malos” sencillos, operativos.

    En cualquier caso, intentar explicar la lógica que subyace en la expansión veloz de estos credos no me evita el asombro de ver, en vivo y en directo, los efectos de esas conversiones aceleradas en personas de mi entorno. Gente que hasta hace unas pocas semanas no tenía en su vocabulario una sola de las palabras que son norma en su nuevo credo, que jamás había manifestado el menor interés en el tema, de golpe se convierte en portadora de esa nueva verdad revelada, de manera a veces agresiva. Ese es uno de los efectos colaterales de la conversión: más que los antiguos creyentes, el converso necesita consolidar su nuevo dogma y, al mismo tiempo, demostrarles a los demás la convicción y fortaleza de su nueva mirada. De ahí que siempre se haya hablado de “la fe del converso” cuando se habla de la virulencia de algunos discursos sobrevenidos en personas que hasta un segundo antes no demostraban interés por el credo o predicaban otro.

    Tampoco es difícil establecer una conexión entre quienes asumen algunas de estas religiones laicas y el desprecio que quienes las promueven suelen mostrar por el individuo. Si uno es “bueno” o “malo” por ser lo que es y no por lo que hace o deja de hacer, por las decisiones que toma, la idea de responsabilidad personal se diluye. Y una vez eliminada la responsabilidad individual, el paso lógico siguiente es eliminar el derecho individual. ¿Para qué necesitamos derechos individuales si nuestro devenir ha sido y será siempre cuestión de actores colectivos? De dioses o ideas que sirven para explicar tanto un roto como un descosido. De definiciones que se pueden aplicar, sin mucho esmero pero con resultados políticos inmediatos, a cualquier punto de la historia, de las sociedades y que nos ahorran el problema de tener que entrar en detalles y, horror de horrores, cuestionar si tiene sentido la idea que nos guía.

    No hace falta ser sociólogo para constatar que los portadores de estos credos ideológicos totalizantes, a derecha o izquierda, suelen encontrarse entre los más proclives a la descalificación de las democracias liberales. Y ahí aparece un problema añadido que tienen las ideologías que todo lo explican con una batería de categorías sencillas y autoevidentes: es casi inevitable que la ideológica totalizante se vuelva totalitaria. Esto es, cuando se considera que quienes no asumen al credo lo hacen por malvados, malintencionados e inmorales. Solo un inmoral o un malvado sería incapaz de reconocer las virtudes de las ideas sencillas. El disenso es entonces tratado como una cuestión de mala voluntad. O, peor aún, de enfermedad mental o de tara genética, como se supo hacer en el socialismo real y en los fascismos con los homosexuales, los gitanos, los extranjeros y los disidentes políticos, dependiendo del sesgo ideológico de cada uno de esos totalitarismos.

    El credo se extiende de manera mucho más rápida que cualquier pensamiento crítico porque ofrece respuestas sencillas a problemas complejos. Restituye certezas perdidas, calienta con su aliento colectivo, nos aleja del miedo a ser poca cosa, solo personas. Y, sobre todo, ahuyenta la posibilidad de que no exista un plan. La mirada analítica hace justo lo contrario: intenta desarmar la apariencia simple de los procesos para intentar comprenderlos y explicarlos. Y si solo somos lo que hacemos, si no hay plan que nos alivie, pues que así sea. La mirada analítica asume la incertidumbre y lo provisorio como esencia de su método, de su intención de entender. Por el contrario, los credos, aun los credos laicos, solo necesitan de la fe de sus fieles para ser exitosos.

    ?? El difícil oficio de ser ejemplar

    // Leer el objeto desde localStorage