N° 2056 - 23 al 29 de Enero de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáPor razones vacacionales esta semana me tocó ir dos veces a la feria. No me refiero a las superferias tipo Villa Biarritz o Piedras Blancas, me refiero a las ferias de barrio, las que te quedan más o menos a un tiro de piedra de tu casa. Y aunque siempre me cuesta arrancar (“ah, qué embole, hace un calorazo” o “uy, no, que frío está y encima nublado”), en cuanto tengo el mate pronto y arranco, está todo bien.
Una vez que estoy en la feria mi cabeza ya dio un vuelco y entonces pienso “debería venir más seguido”, porque descubro que me pone de buen humor todo: los colores de las frutas en los puestos, los aromas de las frutas, las hojas siempre mojadas de los verdes, la gente conversando, los gritos de los puesteros, los amigos que te vas encontrando y el debate con estos sobre dónde son más ricos y baratos los quesos. O si la cámara de frío le saca el gusto a las frutas y verduras. Charlas profundas y relevantes para la vida.
Los vínculos en la feria son específicos: es gente con la que vas a verte un montón de semanas próximas pero de quienes no sabés mucho. Vínculos que, si se tratara de otro ámbito, qué sé yo, un súper grandote, serían la nada. En esos breves intercambios, que a veces son pura cortesía pero que también pueden ser de verdadero interés, podés averiguar que las chicas del camión de los quesos son parte de una familia que se dedica a la quesería en las ferias desde hace tiempo. Lo mejor, sin embargo, es que las chicas de los quesos te dan a probar (a vos y a tu acompañante) todos los quesos que quieras antes de elegir. Así sabes exactamente qué estás comprando y cómo combina con el mate que estás tomando. No sé cuanta plata “pierden” con el gesto, pero los mejores quesos que he comido en este país se los he comprado a ellas después de esos testeos.
Aprendés a confiar especialmente en algunos personajes. Por ejemplo, en el veterano del puesto más grande, que siempre te canta la justa cuando le preguntás cuáles son las frutas que están más ricas. Y que si te ve cara de duda, te las da a probar mientras se hace el ofendido. Que podés dejar al del puesto haciendo la cuenta mientras te vas a la pescadería, sabiendo que no te va a jopear con los números. Entre otras cosas porque, cuando llegás a la caja, el responsable del puesto vuelve a hacer la cuenta adelante tuyo. Averiguás también que el flaco que te pesó las naranjas es vecino del cantante de Los Negroni, pero que le gusta más el rock que la cumbia. O eso es lo que, piadoso, te cuenta.
En la feria aprendés también cómo debe cortarse el pescado para que no le queden espinas a los filetes. Ese detalle es justamente el que me hace elegir el pescadero al que voy. Eso y que, cada vez que tiene, me espera con un par de corvinas enormes enteras y me pregunta si quiero los lomos sin filetear. Y que no para de bromear con todos los que se acercan a comprar, haciendo que ese ratito sea mucho más agradable que la espera en una caja de súper.
En la feria podés conseguir capocuelo que, hasta donde sé, viene a ser el mejor y más accesible fiambre curado que se produce en el país. Y que, confirmando el extraño caso de los españoles que vinieron a Uruguay y en vez de hacer fiambres curados se pusieron a manejar bondis y abrir bares, es de origen italiano, como casi todo lo relacionado con el chancho en Uruguay. Y, si tenés suerte, en esa misma fiambrería te atiende ese cubano jovencito que no para de hacer chistes sobre su “choque” con las cosas cotidianas de su país de adopción.
Si ya estás en el cielo de las ferias, te cruzás con el hombre que les vende café y bebidas calientes a los feriantes y le comprás un cortado, que llega con información sobre por qué tal o cual puesto hoy no vino. O te cruzás con las venezolanas que venden arepas de carne y queso. O con la uruguaya que vende empanadas calentitas de carne y aceitunas. Hablando de aceitunas: las mejores aceitunas negras aliñadas que he probado acá son de la feria.
La feria es una especie de microcosmos que reproduce en escala una parte importante de la diversidad social que tenemos en la ciudad. Pero, de alguna manera que no logro explicar (ni me importa explicar), reproduce todo eso con buena onda, como si los feriantes estuvieran (casi siempre) de buen humor y que ese buen humor se nos fuera contagiando a los que vamos a comprar. Si es por contagio, se le pega también a quienes simplemente pasan por ahí, paseando, y sin darse cuenta ya están llevándose cosas de la feria.
Algo bueno de las ferias es que cada tanto tiempo cambian de lugar, de forma que, los vecinos que las tienen en la puerta de la casa, no las tengan para siempre. Otra cosa buena es que cada vez más puestos aceptan tarjeta de débito. Y otra cosa buena es que la IM manda un equipo de limpieza que arranca a trabajar en cuanto la feria se termina de levantar y te deja la calle limpia de verdad en apenas un ratito. Como la definió un amigo, la feria es un buen resumen de “la diversidad cotidiana, caótica y vital”. Una diversidad real que puede ser coordinada y ordenada por la IM pero que tiene su propia lógica ciudadana dentro, una que la vuelve algo único y apetecible para otros ciudadanos.
Punto de encuentro (in)voluntario, zona de compra con paisaje urbano en vez de muros y chapa encima, lugar en el que hay mejores precios o, como mínimo, uno en donde la experiencia de compra no tenga algo de carcelario, la feria es parte de nuestra identidad colectiva y también de nuestra identidad individual. De nuestra identidad colectiva, porque las ferias han sido parte del tejido comercial de la ciudad desde siempre. Porque las ferias son uno de los micromotores de nuestra economía y porque son, también desde siempre, ese lugar en donde el vínculo comercial se ve reforzado por el vínculo más o menos personal de la compra regular y constante. Por el cara a cara que implica la compra entre dos personas y no entre una persona y una institución. Y es que cuando ese vínculo es agradable, la experiencia de compra termina siempre teniendo beneficios.
Parte de nuestra identidad personal porque es un lugar excelente para cruzarte e interactuar, aunque sea de manera breve y más bien específica (uno va a la feria a comprar, no a hacer amigos), con gente que no siempre está en tu mapa de vínculos habituales. Es una forma, bastante desregulada, de conocer al otro, a los otros. De conocer su charla, su humor, de conocer sus productos y hasta las fotos de sus hijos. Y ta, la dejo por acá. Las críticas para todo lo que está mal en las ferias quedará para otra columna. Ahora me voy a comer un pedazo de la sandía roja, dulce y fría que acabo de sacar de la heladera y que compré hace un rato en la feria. Estamos en mitad del verano y hoy hace un calor pesado.