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El lugar está en plena actividad. Esa noche hay un pequeño pero convocante concierto de música clásica. Hay visitas argentinas, entre ellas una cantante de ópera. Es noche de música a la luz de la Luna en el lindísimo Parque de Esculturas de la Fundación Atchugarry. Llega algún camión con bebidas, hay gente trabajando, grandes bloques de mármol a medio terminar. En la gran sala de exposiciones, la presencia de algunos visitantes rompe la rutina. El periodista se cruza con un artista conocido. De sombrero y bermudas, sonrisa amplia y piel de tono construido por el sol de varios veranos. “Lo hacen funcionar cada tanto para romper algunas maderas”, comenta muy divertido al lado de un extraño aparato, una especie de enorme pistón neumático. Aunque parezca insólito, es una de las obras que se exponen en la muestra Vértigo, en la activa Fundación Atchugarry. Se exponen obras de tres artistas italianos. Son buenos. Muy buenos, ninguno convencional. El del pistón se llama Arcángelo Sassolino (Vicenza, 1967). Trabaja con máquinas de construcción, hormigón, lingas de acero, vidrio, sierras, enormes cubiertas de auto. Trabaja es un decir. Construye y destruye, más bien transforma. Enfrenta materiales, aplica procesos y leyes físicas, hace pelear elementos muy fuertes, casi indestructibles y difíciles de manejar. Es como si se sumergiera en un mundo industrial pero inicial, básico, de gran porte, de materiales primarios y en ese mundo los pone a prueba. Lanza botellas de vidrio, derrite hormigón armado y lo deja lisito y deforme, inventa o reestructura máquinas para incidir en materia inerte. Lo interesante es que todo parece adquirir vida, pelear por ella, intentar sobrevivir. La sensación es muy rara, uno sufre con ellos, padece y desearía ayudarlos en algún punto. O acariciarlos para sentir la extrema suavidad de la materia en proceso hasta que algo o alguien las exprima, las retuerza.
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En este caso, Sassolino presenta solo dos instalaciones en el piso de la sala y tres construcciones en las paredes. Es impactante, brutalmente impactante. Hay dos cubiertas enormes, sin uso. De superficie marcada por las típicas estrías hondas, negrísimas, sin una sola marca o mancha. Tan nuevas que brillan, dan ganas de tocarlas, de pasarles la mano por las sinuosas canaletas. Son cubiertas de camión o tractor. Impresionan, más cuando uno ve que de un lado están apretadas por una especie de prensa de metal, también enorme. Son dos vigas unidas y apretadas por tuercas gigantes. Los neumáticos están inflados. La sensación de asfixia y de tensión es extrema. Las cubiertas están juntas y juntas son apretadas y juntas empujan para su liberación.
El visitante tiene miedo de que en un momento todo salte por el aire en una explosiva liberación. Sería una catástrofe. Está todo calculado. Lo que le importa al artista es la expresiva imagen viva, el continuo proceso mínimo, casi secreto, que se expresa en esa forma, en esa intervención de materia contra materia.
Un poco más allá, la extraña vedette de la muestra. El pistón en el piso, largo, brillante, impecable, sin uso, sin manchas ni rastros de historia. Parece salido de la fábrica. Un cable lo une a una máquina que se enchufa y lo hace funcionar. Al frente, dos lingas gruesas unen el aparato a varias vigas de madera, colocadas juntas. Están rotas donde se les incrustó el pistón. “Las maderas crujían mientras el aparato las forzaba, hasta que se rompieron”, cuenta el artista, que presenció una de las sesiones de enfrentamiento. Ahí quedaron las astillas a la vista, el martillo neumático incrustado, la escena con la mandíbula rota y el luchador tirado en el piso, vencido por su contrincante metálico. Pura ley física aplicada a una materia amable, vital, dura pero tierna por dentro. El ruido de su derrota debe ser un quejido terrible.
En otra sala ya no hay lucha ni enfrentamiento, aunque sí transformación de elementos que uno identifica con la industria. Francesco Candeloro (Venezia, 1974) trabaja con placas de acrílico transparentes, en tonos fuertes de amarillos, rojos, verdes. Les da forma, las junta o las coloca en paralelo en diferentes espacios, las combina y logra que la luz les intervenga. Es otra forma de enfrentar lo industrial con la naturaleza. Pero sin agresión aparente, en juegos interminables de luces y sombras, de reflejos y cálidas sucesión de imágenes que se despliegan por todo el espacio.
El tercero es Riccardo di Marchi (Tarvisio, 1964). La sala está poblada de objetos grises, planos, transparentes, agujereados. Al medio, un enorme cubo de metal. Parece construido con esponjas de aluminio. Todas apretadas, las virutas que forman paredes planas pero al mismo tiempo blandas, con la textura perfecta para meter la mano o intentarlo al menos. No sería buena idea, pero dan ganas. La imagen es tremenda. El cubo perfecto, el tono agrisado del metal, las líneas internas sinuosas como rulos apretados, la materia entre viva y agrietada y ríspida y dura y salvaje. Es otro tipo de tensión y fuerza expresiva. Lo rodean grandes placas de metal con pequeños agujeros como paisajes, en cada placa una superficie trabajada como pequeños mapas o geografías más oscuras sobre la planicie clara. Es una escritura realizada con punzones o artefacto similar, incisiones, tatuaje indescifrable sobre la piel del material duro, fuerte, de la placa de acero o el plexiglás. Y así, una secuencia de pequeños mapas o escrituras que llevan a múltiples y bellísimas lecturas. Un recorrido gratificante, emocional, sensible. Desde la dureza, el golpe, el desgarro y el dolor hasta el despliegue claro y puro, sensual, de una suavidad impactante, del claro metal al arcoiris de colores y formas. Un paseo por un novedoso y originalísimo parque industrial, austero y poderosamente bello.
Vértigo, en Fundación Pablo Atchugarry (Ruta 104, Manantiales). Todos los días de 10 a 22 horas. Hasta el 15 de febrero.