La gente está inquieta; percibe que están pasando cosas que no deberían pasar. Algunos culpan directamente a los responsables. Otros se asustan porque creen que estos hechos no pueden ocurrir en un gobierno de izquierda: Allí, dicen, la gente es buena, tiene razón y sabe lo que hace.
Persiste la sensación de que el gobierno o no arrancó aún o lo hizo mal. Que su principal obstáculo está dentro de sus propias filas, con sectores militantes a los que les importa un comino las reglas de juego democrático. Para ellos y para colmo, este mismo gobierno se tornó además en represor y golpeador de estudiantes.
Esto último está por verse. A medida que se conocen más detalles de lo ocurrido en el desalojo de la sede del Codicen, la versiones varían, se atenúan o se exageran. Más cuando emerge esta presencia provocadora de un puñado de sindicalistas taxistas incitados por la agitadora Irma Leites, todos metidos en un baile que no es suyo. Nada indica que tengan la solución perfecta al problema de la educación. Ni les importa tenerla.
En la medida que se aclaren los hechos es probable que algunas cosas se desdramaticen. Otras no: la presencia de los taxistas y del grupo de Irma Leites sigue siendo inexplicable. Se trata de un núcleo de agitadores casi profesionales que buscan sacar de casillas a la Policía para generar un hecho que muestre a un gobierno desbordado, fuera de control y dispuesto a todo. Como si esto fuera el 68.
Estos episodios se sumaron a una lista más larga de cosas que vienen sacudiendo al gobierno y que potencian la legítima preocupación de la gente.
Las perspectivas económicas no ayudan. Empiezan a notarse las primeras señales y si bien los expertos coinciden en que las cosas se van a complicar, no creen que se llegue a algo parecido a lo de 2002. Pero el recuerdo es demasiado cercano.
La caída de precios de materias primas, la situación en Argentina, la devaluación en Brasil (y el complejo panorama que allí se presenta) presionan a Uruguay. Asimismo, van saliendo a la luz situaciones preocupantes en algunas empresas públicas, en especial en Ancap, que dañan la competitividad exportadora. Si para tapar tan inmenso agujero es necesario subir el precio de la nafta, eso incidirá sobre los costos productivos. Al desfasaje con el dólar se suman estos otros ingredientes que encarecen la cadena de producción. En lugar de buscar compensaciones, se incrementan los problemas que comienzan mucho antes de siquiera empezar a hablar del efecto que tiene el dólar.
Otras cuestiones planteadas arrancan con la discusión del Presupuesto. Todos quieren su tajada como si el Estado les pertenciera y para lograrlo, la conflictividad sindical es la herramienta perfecta. En la enseñanza pública puede decirse que este es un año perdido. No solo por la cantidad de días con clases no dadas, sino por la pérdida de la continuidad de los cursos. Cada vez que se retoma después de una interrupción hay que volver a rebobinar desde donde se dejó. Esto no es la Universidad de Salamanca, donde un exiliado fray Luis de León, pudo volver tras una larga y forzada ausencia, diciendo: “Como decíamos ayer”. Los chicos ya perdieron el hilo, ayer no fue ayer sino hace una semana, todo se desconectó, el año se perdió y a nadie le importa.
Esto ocurre con la complacencia y con la complicidad de algunos sectores de la propia bancada oficialista, entre ellos los legisladores comunistas, los de la lista 711 y el MPP.
Es tal su preocupación por dominar el escenario, que no les importa desequilibrar las cosas. Tienen la mayoría de los escaños del Frente Amplio y con ella pueden enderezar o desviar (según quién y cómo se lo mire) al resto de su correligionarios.
No tienen, en cambio, la mayoría parlamentaria. En muchos temas, el resto del Frente podría entenderse con los otros tres partidos representados en el recinto y sumar así mayorías para asuntos muy concretos. Ello implicaría hacer crujir el hasta ahora unido Frente Amplio y de eso nadie quiere hacerse cargo. Es más fácil acomodarse al viento del mayoritario MPP.
Este grupo tiene reminiscencias con la tan denostada “Cámpora” en Argentina. Le gusta actuar como si fuera un comisario del Frente, alineando a algún integrante díscolo como si fuera la Policía ideológica y hasta moral, según su peculiar manera de entenderla.
Se regodea con el uso del poder, al igual que su contraparte argentina, y desprecia los resquicios (propios de una democracia) que les limita un uso más desmedido de los instrumentos que da el Estado, al que empieza a considerar su propiedad privada. Cree que el poder es suyo por derecho propio, no que fue cedido por el soberano para ejercerlo con limitaciones y de modo transitorio. Lo tiene y punto; está para ser usado. Olvida que el convocante de tanta adhesión popular es el seductor ex presidente José Mujica; basta que un día dé un paso al costado para que buena parte de esos votos del MPP se desvanezcan.
Todo esto inquieta a la gente que empieza a preguntarse si tantos desencuentros, que terminan en reculadas presidenciales, seguirán ocurriendo por el resto del lustro.
En el pasado reciente se recuerda al segundo gobierno colegiado blanco, en permanente disputa interna, con el agravante de que al tener un Poder Ejecutivo colectivo (nueve titulares en lugar de uno solo), esa discrepancia constante se replicaba en los dos poderes. Para colmo fueron años de creciente “crisis crónica”. El desgaste terminó contaminando a la propia estabilidad institucional en un proceso que horadó en los años siguientes la salud democrática del país.
El analista político Adolfo Garcé recordó en una reciente columna en “El Observador”, que era lógico que el presidente se alineara con la bancada porque era saludable que un gobierno y sus legisladores trabajaran en sintonía, como hace toda democracia que se precie. El razonamiento de Garcé es consistente. Pero hay un detalle. Vázquez primero anuncia que irá en una dirección y espera que el resto se adhiera a él, cosa que no ocurre porque no lo acordó así. Está decidido a no ceder, trasmite la imagen de ser el que manda. Pero luego, ante la resistencia del resto retrocede. Sí, al final la bancada oficialista y el gobierno sintonizan. Pero no por una estrategia previamente negociada, sino por un juego peligroso y a la vista de todos, de presiones y empujones sin escrúpulos.
En medio de esos tironeos, el gobierno se queja del desorden que le dejó su antecesor. Cuando estaba en campaña, nada de esto decía. Tapaba algunas verdades y aprovechaba la oleada popular que generaba Mujica, con su fuerte imagen personal, más mítica que real, más de ficción que de verdad.
Muchos (y me incluyo) venían observando con preocupación los desastres cometidos por el popular presidente saliente y sabían que inevitablemente estallarían. Como está ocurriendo. Solo que al haberse ido Mujica, cuando haya que señalar a un villano, las culpas se las llevará el heredero y no el que originó el lío.
Ante tanto desorden, nadie pone cabeza. Al contrario, para mitigar los efectos de una incipiente crisis, al MPP se le ocurren las peores recetas, aquellas que nunca dieron buen resultado y solo generaron una espiral de deterioro sin salida, como se ve con claridad en Argentina.
Para pensar tan mal, sería preferible que dejen que el gobierno tome las riendas para conducir con serenidad y paciencia a un país que corre el peligro de entrar, por culpa de estas compulsiones cargadas de ideología e ignorancia, a un verdadero berenjenal.