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    La gracia de estar encarnada

    Tuvo una vida plagada de aventuras y sinsabores: tres matrimonios, cuatro hijos, domicilios en tantos y tantos sitios (Santiago de Chile, México, California, Nueva York, El Paso y más), alcoholismo. Entre otros trabajos fue enfermera, telefonista, limpiadora, profesora de Literatura y más. Y todo eso está en sus cuentos, que hicieron furor con el volumen Manual para mujeres de la limpieza y ahora vuelven a conmocionar con Una noche en el paraíso (Alfaguara, 2019, 282 páginas).

    Lucia Berlin escribe de las familias. De las familias un día de cumpleaños cuando la homenajeada no quiere recibir visitas y en protesta se instala en el techo de la casa con una botella de whisky. De maridos encantadores, cariñosos, que aman el jazz y son escultores y artistas recontrasensibles y también yonquis, y reciben a los camellos en sus casas y todo se va al garete, porque hasta ese momento estaban “limpios”. De los niños que se crían en la naturaleza, en casas donde no estarán más de un año. Una imagen: la madre contempla las camas de sus hijos y le cuesta recordar otras, de tantas y tantas habitaciones y camas que hubo antes.

    Lucia Berlin habla también de veranos pegajosos donde un aguacero puede “caer como una gran ventana de ladrillos de vidrio”. De mujeres que desgranan entre ellas particularidades de sus amantes, con gracia y con filo, como hermanas y como antagonistas. De esposas que beben para sobrellevar sus matrimonios. De casitas agradables en la playa, en el campo y también en la ciudad, casitas que no durarán mucho porque las relaciones familiares se disolverán con la misma velocidad con que el agua se retira de una pileta.

    El tono navega entre la melancolía, el drama tenue (y si es más denso está suavizado por una visión inteligente y compasiva, alejada de cualquier tipo de rencor), la necesaria ternura, el humor. Las frases son increíblemente cortas, saltarinas, brillantes de sugerentes.

    Alguien llega en auto y baja con “una fulana con mala pinta”. Ya está, no se necesita más, perfecto: fulana con mala pinta.

    O “un sonido solitario, como el timbre de un teléfono en una casa vacía”. Más océano no podemos llevar a esa imagen.

    O comparar la muerte con “desparramar mercurio”.

    Hay que volver atrás y releer para ver todo lo que abarcan. Pero uno sigue adelante, porque la escritura de Berlin también es adictiva, con una inercia musical que te envuelve. No te bajás hasta el último cuento.

    En sus historias se mixturan de un modo perfecto, jazzístico, el Chanel, el rímel y el tabaco, las bailarinas improvisadas, el bourbon, un baño en Oaxaca, los dolores en la espalda, las caminatas por la arena, las voces que dicen “son gringas”, un turista en una plaza de toros que cae ante un furibundo síncope, el baile en un club alemán con los acordeones a tope y los tipos en sus trajes bávaros, la confesión de su homosexualidad de una hija a su madre (¡Qué horror!, dice la madre; Berlin le responde: Prefiero eso a que mi hija sea policía o hare krishna), una cara estúpida de adormilada en un autobús, un paseo por el Louvre, otro paseo por el cementerio de Père-Lachaise, pacientes con diálisis que hablan animadamente mientras esperan al médico, un porro en familia (¿fumás delante de tus hijos?), las arrugas que deja el alcohol y sin embargo la felicidad de esos momentos que da el alcohol, espacios para el amor pequeño (el de verdad), para la soledad, para la reflexión, para la desolación. En pocas páginas, con pocos trazos, todo eso.

    Si hay que salir de las historias más intimistas, Berlin nos lleva al hotel donde se hospeda el equipo de rodaje de La noche de la iguana, de John Huston. El lobby del hotel. Las rabietas amorosas de Ava Gardner, que llega al hotel con un zapato de tacón alto en la mano luego de habérselo partido en la cabeza a un señor y llamarle “patán”. Los aplausos de la gente cuando irrumpen Richard Burton y Elizabeth Taylor. Los mozos mexicanos que también son amantes ocasionales.

    Berlin tiene todo: oído para los diálogos, sentido del ritmo, mínima (que en literatura es máxima) precisión descriptiva, saltos temporales sin perder la elegancia, sensibilidad para elegir las palabras, acierto para lograr imágenes poéticas, que solo pueden brotar naturalmente. Y una tremenda sinceridad que se detecta desde el vamos, en las primeras líneas.

    Se la ha comparado con Raymond Carver. Pero Carver es más duro, más tajante.

    Se la ha comparado con Charles Bukowski. Pero Bukowski es más animal y peleador.

    En común, los tres escritores tienen el alcoholismo y la imperiosa necesidad de escribir.

    Berlin es amable, rebosa calma y sobrelleva todos sus demonios con el encanto de lo dado. Así son las cosas y hay que soportarlas lo mejor posible. Al fin y al cabo, es la gracia de estar encarnado.

    Si bien publicó sus primeros relatos a los 24 años y en 1991 fue distinguida con un American Book Award, Lucia Berlin alcanzó el reconocimiento después de su muerte, ocurrida en 2004, el mismo día en que cumplía 68 años. Actualmente, con su redescubrimiento en varios idiomas, los críticos derraman elogios y no son exagerados. Los lectores, para quienes en definitiva está destinada la literatura, agradecidos.