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    La gran oferta

    Remate de Costigliolo y Freire en el Conrad

    El remate del cuadro empieza en cuarenta mil dólares. Sí, cuarenta. Es la vedette del verano en Punta del Este. Cuarenta, cincuenta, sesenta y cinco, setenta, setenta y cinco. La sala está en el aire. Nadie respira. El silencio es liviano, se corta con un leve suspiro. El público está tenso, expectante. El momento más esperado llegó y la escena es muy disfrutable. Hay algo extremadamente placentero en pelear por una obra de arte. Se nota en la tensión del rostro, en la postura del cuerpo, en la mirada y la guardia que despliega el comprador. No es fácil observarlo porque les gusta pasar inadvertidos. No necesariamente porque tienen dinero. En el fondo, la experiencia es algo profunda e íntima. Una intimidad que no interesa exponer. Pero en algún punto del remate, algunos se descubren. “Cien mil y vendo”, dice el rematador, joven pero experto en tensar más el hilo del deseo. Al final, es el puro y desenfrenado deseo el que mueve los cuerpos. “Ciento cinco, ciento diez, ciento quince”.

    Es muy difícil saber a cuánto se puede vender una obra como esa. Pero ya es un récord. Todo el mundo presente lo sabe. Esa es la otra parte del juego. Todos o casi, entienden muy bien las reglas. No hay trampas, o, al menos, no se perciben. A esta altura, tener gente que suba los precios sería muy burdo. Sobre todo, en este mercadito en el que nos conocemos todos. La dinámica de lo imprevisto funciona en favor del valor económico de la obra. Llega a 125.000 dólares, momento en que la gente está casi flotando. Es increíble. Uno de los ofertantes desiste. La obra se vende. El rematador golpea con su martillito plateado y dice que es un “récord” de María Freire, la artista uruguaya, autora del cuadro que acaba de venderse.

    Freire murió en junio del año pasado, a los 97 años. La gente afloja y aplaude con ganas. La obra está apoyada sobre una mesa contra la pared del frente de la sala. Es un rectángulo con colores, rayas y figuras. Mide poco más de un metro de alto y está pintada con acrílico. Es un misterio que ese objeto tan prosaico en sus pequeñas partes provoque esta conmoción. No hay explicación posible, salvo la intervención formidable del artista y el logro final de un conjunto intachable de decisiones, seguramente tan irracionales o fortuitas como precisas. El objeto desnudo o inicial llega a un punto donde prima el misterio de la sensibilidad humana, la superación de todo lo físico desde la propia materia. Eso es casi inexplicable. Todo el mundo lo ve y comenta en voz muy baja: la belleza y sutileza de sus tonos, las líneas y las formas desparramadas en un equilibrio asombroso. Es un cuadro con fondo celeste, líneas blancas y negras y figuras en rojo y amarillo. Deja con la boca abierta. Es difícil explicar por qué, sobre todo cuando hay otros cuadros, algunos insignificantes en tamaño y despliegue que provocan una emoción especial en algunos presentes.

    Al final, cada uno llega al arte por sus propios e inescrutables caminos. Cada obra habla, dice o expresa algo a cada uno, al individuo, al alma solitaria y desprendida de todo lo material. También es cierto que este cuadro, Arte concreto, tiene su historia y mucho camino recorrido en varias exposiciones. Es de 1956. Nadie puede decir de verdad cuánto cuesta un cuadro como ese o tantos de los que pasaron por el remate del caluroso viernes de enero en Punta del Este. Pero es una forma que tiene el ser humano de acotar la creación, de aprehenderla, de asirla y embarrarse en algún punto del proceso. Y de tenerla en casa para disfrutarla todo el tiempo, para alimentar el espíritu, para contemplar la belleza tan esquiva, un gesto humano inmortal. Por mirar la parte menos evidente y mercantilista. No es poca cosa en una sociedad tan ansiosa, materialista y con tanto miedo a la muerte. Un remate es una incomprensible paradoja. Solo vale la plata. Solo importa el arte.

    Fue el viernes 15 de enero en el Conrad, en el ya tradicional remate de los Castells, una de las más prestigiosas firmas de rematadores uruguayos. Todos los eneros realizan una subasta de pintura nacional. Este año fue especial, exclusivo para la obra de José Pedro Costigliolo (1902-1985) y María Freire (1917-2015), dos exponentes del arte geométrico y figuras clave de la escena artística nacional de los últimos 40 o 50 años. Muy conocidos en el ambiente. Freire fue reconocida en vida, artista, profesora y crítica. También polémica, por su carácter intransigente y su visión de mujer potente. Costigliolo fue su compañero de ruta durante mucho tiempo. Los dos pintaban, los dos se adhirieron a un estilo que rescataba una visión casi pulcra y esencial del arte. Lo dejaba en líneas, formas puras, colores fuertes, visiones geométricas más o menos cargadas, más o menos livianas y simples. Freire fue más compleja, tal vez, con un lado más elaborado y enigmático. Las formas de Costigliolo eran perfectas, aunque más frías y ortodoxas. Ambos, cuestionados en su época o poco valorados en un país torresgarciano a morir y con poco margen para la incorporación de otras geometrías.

    Fueron tan buenos que no hubo forma de pararlos. El tiempo finalmente hace justicia. Con el arte geométrico y con estos dos monstruos. El país todavía les debe un reconocimiento especial, aunque ya se anuncian dos exposiciones de Freire para esta temporada. Se necesitó años para que este tipo de arte colgara de las paredes de los uruguayos. Poco tiempo después de la muerte de María Freire ya se corrió la voz que se haría este remate. Se alborotó el avispero. Directores de museos, galeristas, coleccionistas, inversores calificados se pusieron en guardia. Cuando un grupo importante de obras salen a la cancha de una vez, es probable que se haga un buen negocio. Se puede llegar a comprar “barato”, aunque nunca está muy claro qué es barato o caro en el mercado del arte.

    Se supone que dos artistas de primer nivel como Costigliolo y Freire solo pueden crecer en su cotización en el futuro. Y si salen 70 obras juntas, es el momento. El promedio se vendió a más de diez mil dólares. Pocas obras por debajo y un montón que llegaron a 15 o 20, algunas a 30 y 40.000. Es posible que funcionara al revés. El impacto de un remate tan especial movió las billeteras.

    Otra compleja trama de factores entran en juego. La cantidad de obra que hay disponible y la diversidad de dueños. Esto podría depender hasta de la actitud del artista en vida, su disposición a vender barato o incluso regalar sus obras. A mayor escasez y menos poseedores, mejor cotización si aparece alguna obra, como cualquier comercio. Pero lo fundamental no es esto o los vaivenes del dólar o la avidez del capital por poseer objetos valiosos y rentables o la expectativa sobre un estilo que empieza a ponerse de moda. En el arte como en la vida, la gran verdad es la calidad de la obra. Es cierto que hay artistas muy valiosos que no se cotizan. Pero no es cierto que la mejor cotización la alcancen artistas mediocres o de medio pelo. Salvo excepciones, la obra más valiosa en términos monetarios es la obra más valiosa en términos artísticos.

    “Basta, mamá, pará acá”. La joven miró a su madre que estaba a punto de levantar la mano una vez más. A veces, apenas movía la cabeza para subir algunos dólares la puja por la obra en cuestión. Su movimiento le costaría unos siete mil dólares. La escena la completan unas doscientas personas y un joven rematador apoyado por un grupo de entusiastas que traen y llevan obras del salón de al lado, hacen algún comentario en voz alta sobre la calidad de la obra y miran atentamente los gestos de la audiencia. En este momento, todos miran a la señora y esperan su respuesta. Hay otro señor, del otro lado de la sala, que a cada oferta suma un par de cientos de dólares. En un rincón, tres chicas que hablan constantemente por teléfono y pujan por el interlocutor que está del otro lado de la línea. Es fascinante ver cómo sonríen o le comentan cómo está subiendo el precio. A veces, el comprador ausente gana. Otras, las jóvenes dicen no con la cabeza y se termina la puja con el exterior.

    El rematador repasa al público y da unos golpes con el pequeño martillo de metal, instrumento que seguramente tenga un valor enorme, testigo de innumerables escenas donde la audacia, la apuesta, el riesgo, el negocio y el arte se enfrentan en el mercado, lejos del artista y su solitario y muchas veces doloroso proceso creativo. Cerquita cantaba Axel y un mundo de mujeres iban y venían nerviosas por el enorme hall de entrada. No es el caso de la joven que mantiene a su mamá a raya. La señora está excitada. No es para menos. El joven Juan Castells, heredero de una de las casas más tradicionales de remates, la mira insistentemente, la invita con solvencia y delicadeza a seguir en el ruedo. Es muy difícil decir que no. Sobre todo, cuando la obra tiene algo que nos conmueve, que nos seduce. Ese es el punto central de este extraño mecanismo que mueve la fuerza del espíritu y la acuna entre millones de dólares. La única verdad es la obra, chica, grande, cara o barata, deslumbrante o abandonada entre sus pares. Esa obra que llega a alguien y lo motiva, lo conmueve, lo desarma. Quién no pagaría por un amor así.

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